agosto 2026

Los ruidos de la noche

G17-Los ruidos de la noche

2 treinta y uno

Llegaban las vacaciones y, con ellas, el zonda.

Primero se levantaba arena de los campos. Después desaparecían detrás de una nube amarillenta los espinillos, los cardones, los alambrados. Por último, el viento entraba en el Valle Central y encontraba a San Fernando del Valle de Catamarca con persianas entornadas y las calles vacías.

A la siesta, el termómetro pasaba los cuarenta grados. Las paredes quemaban. Las baldosas quemaban. Hasta el agua que salía de las canillas parecía haber esperado durante horas bajo el sol.

El zonda silbaba entre las ramas, sacudía los alambres y se metía por cualquier abertura. Traía arena. Una arena fina que crujía entre los dientes y aparecía sobre los muebles, en las sábanas, en los rincones de las habitaciones.

Cerrar las ventanas era imposible. Abrirlas también. La gente elegía lo segundo.

Los ventiladores giraban durante horas sin refrescar nada. Empujaban de un lado a otro el mismo aire caliente. Uno se acostaba debajo de ellos y esperaba inmóvil, que alguna ráfaga trajera un poco de alivio. Pero no lo traía.

A la hora de la siesta, la ciudad quedaba desierta. Apenas algún perro cruzaba una calle buscando sombra. De vez en cuando pasaba un automóvil y volvía el silencio. El único que parecía dispuesto a recorrer Catamarca era el viento.

Quienes podían, escapaban hacia el río o buscaban alguna villa entre los cerros. Nosotros también.

Mi padre, en cambio, debía quedarse en la ciudad por su trabajo y solo podía reunirse en las sierras con mi madre, mis hermanos y conmigo los fines de semana.

Durante la semana quedaba solo en la casa.

Al caer la noche, el calor no desaparecía. Cambiaba.

Las veredas dejaban de arder, pero las paredes devolvían lo que habían acumulado durante el día. La gente abría puertas y ventanas. Algunos sacaban sillas a los patios. Otros mojaban los pisos esperando que el agua arrancara unos grados a las baldosas.

Mi padre hacía lo mismo. Regaba el patio antes de acostarse.

El agua oscurecía las baldosas y durante unos minutos subía desde el suelo un olor húmedo. Después el zonda se llevaba también eso.

Se acostaba tarde, con apenas el pantalón del pijama, y dejaba que el ventilador le moviera el aire sobre el cuerpo.

En la mesa de luz ponía un vaso de agua. Y un revólver. Pequeño. Cargado.

El revólver había venido con él desde Buenos Aires. Como algunos muebles, unas fotografías y dos trajes que casi nunca usaba. El revólver, en Catamarca, seguía durmiendo a su lado.

De joven vivía en San Telmo y dormía en una habitación al fondo de la casa familiar. Cuando volvía tarde del trabajo o de alguna salida con amigos, atravesaba la casa sin despertar a nadie.

Antes de entrar levantaba una punta de la alfombra. Debajo guardaba el revólver.

Una noche regresó más tarde de lo habitual. Levantó la alfombra. Tomó el arma y entró.

La casa estaba oscura. Avanzó por la galería procurando no hacer ruido. Entonces vio a un hombre a pocos metros.

El hombre también llevaba un arma. Mi padre levantó la suya. El otro hizo exactamente lo mismo. No hubo tiempo para pensar. Disparó.

El estampido atravesó la casa y detrás del fogonazo estalló algo enorme.

Durante unos segundos quedó inmóvil, con el revolver todavía apuntando hacia adelante, y vio que no había ningún hombre.

Frente a él quedaban el marco y algunos fragmentos de vidrio. El resto del espejo estaba en el suelo.

Años después todavía contaba aquella historia. A veces se reía al hacerlo. Otras veces simplemente decía que se había confundido. Pero nunca dejó de tener un revólver cerca cuando dormía solo. En Catamarca lo dejaba sobre la mesa de luz.

Algunas noches abría los ojos y distinguía su forma sobre la mesa de luz. Después volvía a cerrarlos.

Los fines de semana, cuando iba a las sierras, algunas veces lo llevaba hasta el río. Colocábamos unos tarritos en la otra orilla y practicábamos tiro al blanco. Después guardaba el arma y la volvía a llevar a Catamarca.

El zonda movía las ramas contra los techos, hacía vibrar alguna chapa, golpeaba una puerta mal cerrada. Los pájaros se acomodaban entre los árboles. Los gatos atravesaban los tapiales. Y estaba Claudio, a quien también el calor derrotaba.

Claudio era un gallo viejo. A esa altura del verano le quedaban más ganas que plumas.

Había perdido buena parte de las plumas y caminaba por el gallinero con una dignidad que su cuerpo ya no justificaba. El cuello mostraba zonas desnudas; las alas, ralas y vencidas, apenas conservaban restos del plumaje que alguna vez habían tenido.

Durante el día buscaba la sombra, abría el pico y separaba las alas del cuerpo. Permanecía así durante horas, respirando, mientras las gallinas escarbaban sin entusiasmo la tierra seca.

A veces parecía muerto. Después movía una pata. O un ojo. Y seguía allí.

Por las noches recuperaba cierta actividad y mi padre lo oía moverse en el gallinero.

Pero había otro ruido que no reconocía. Se trataba de los golpes. Como dos manos que aplaudían en el patio.

La primera vez abrió los ojos y esperó. Nada.

El ventilador continuó girando.

El zonda silbó entre las ramas.

Volvió a cerrar los ojos.

Entonces:

Plas, plas.

Se incorporó. Miró hacia la ventana. El patio estaba oscuro. Estiró la mano hasta la mesa de luz y rodeó con los dedos la culata del revólver.

Esperó. Nada.

Se levantó y miró desde la ventana.

La parra se sacudía. Las ramas de los árboles iban y venían. Mas allá, el gallinero era apenas una mancha negra. Volvió a acostarse.

Otra noche ocurrió lo mismo:

Plas, plas.

Esa vez tomó el revólver antes de incorporarse. Se acercó a la ventana. Nada. El patio estaba vacío.

Otra noche.

Otra.

Siempre aquellos dos golpes. Nunca una voz. Nunca unos pasos, nunca una sombra atravesando el patio. Solo las palmas.

Al acostarse, miraba el revólver. Después miraba la ventana.

Antes de dormir comprobaba el arma y la dejaba exactamente en el mismo lugar. Cuando sonaban las palmas, buscaba la culata con la mano. Después se acercaba a la ventana.

Una noche no se quitó completamente el pijama. Dejó el revólver preparado sobre la mesa de luz y esperó.

No pasó nada.

A la noche siguiente tampoco. Ni a la otra.

El calor continuaba. El zonda entraba por las ventanas y el ventilador empujaba un aire espeso que no refrescaba. Mi padre daba vueltas sobre la cama. Bebía agua. Volvía a acostarse. Afuera, la parra raspaba contra la pared.

Claudio permanecía en el gallinero. Quieto.

Pasaron varias noches, hasta que, en una, cuando ya estaba por dormirse:

Plas, plas.

Abrió los ojos. Esta vez no esperó. Tomó el revólver. No encendió la luz. Avanzó despacio.

El suelo todavía conservaba el agua que había arrojado antes de acostarse, pero ya no quedaba frescura alguna. El aire caliente le rozaba el pecho desnudo. Una gota de sudor le bajó por la espalda.

Sostuvo el revólver con las dos manos. Miró hacia la parra. Nada.

Hacia los árboles. Nada.

Se acercó al fondo. El gallinero estaba quieto.

Esperó.

El viento levantó tierra junto a la pared. Unas hojas corrieron por el patio.

El cañón tembló. Apretó las manos alrededor de la culata.

Nada.

Después de unos minutos comenzó a retroceder hacia la casa. Un paso. Otro. Estaba por alcanzar la puerta cuando, a sus espaldas, sonaron las palmas:

¡Plas! ¡Plas!

Se volvió con el revólver levantado. El corazón le golpeaba en el pecho.

¡Plas!

Esta vez pudo distinguir de dónde venía. Del gallinero, y avanzó.

Algo se movió en la oscuridad. Levantó un poco más el arma. Y entonces apareció Claudio. El viejo gallo estaba de pie. Casi desnudo.

Separó sus alas desplumadas y las golpeó contra los costados:

Plas.

Volvió a hacerlo:

Plas

Mi padre bajó lentamente el revólver. Claudio sacudió el cuello, dio un par de pasos y volvió a acomodarse como si nada hubiera ocurrido. Mi padre permaneció mirándolo.

Después miró el arma que tenía entre las manos. Fue hasta una de las sillas del patio y se sentó debajo de la parra. No encendió la luz.

Claudio seguía allí.

El zonda continuaba recorriendo el patio, caliente, cargado de tierra. Las hojas se agitaban sobre su cabeza. El sudor le corría por el pecho.

El revólver todavía temblaba entre sus manos. Esta vez no había disparado.

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