María Ottaviano
El día trece del contrato, Hester volvió a marcar el número de Ernesto Figueroa. Escuchó el tono de llamada hasta que la voz de la secretaria respondió con la misma promesa de siempre: “Le dejaré el mensaje”.
Colgó sin decir nada más. Abrió la aplicación del banco. Otra vez, el saldo era el mismo. Cerró el teléfono y miró la casita desde la ventana. El portón estaba entreabierto, la moto ocupaba media sala y las telarañas colgaban de las paredes exteriores.
Hester estaba jubilada. Cada mañana, abría las mismas persianas que había visto abrir a su madre cuando ella aún era una niña.
En su época de esplendor laboral, compró un pedazo de terreno a su vecino. Él la esperó a que juntara el dinero. Dijo que ella merecía ayuda y él, una buena vecina.
En ese terreno de cien metros, construyó, a lo largo de diez años, una casita cuyo destino era tenerla para alquilar.
Cada vez que entregaba una llave, se quedaba unos segundos mirando cómo desaparecían los muebles detrás de la puerta. Después regresaba lentamente a su casa, preguntándose cuánto tiempo durarían aquellas voces nuevas.
Vio entrar parejas con colchones atados al techo de un auto viejo; muchachos nerviosos, cargando la primera heladera; hombres que llegaban solos, después de un divorcio. Cada vez que la casa cambiaba de inquilino, ella esperaba detrás del portón.
Uno de ellos fue Jacobo. Llegó solo, después de divorciarse. Y terminó quedándose más que todos los anteriores.
Jacobo, el inquilino “más longevo”, solía decir que vivía tranquilo en el lugar porque la gente de alrededor no lo molestaba con ruidos. De ese modo, podía trabajar en su casa. Salía y regresaba sin inconvenientes. Y adoraba que Hester le acercara pastas caseras, que ella hacía.
Pero Jacobo, después de un tiempo, se fue a vivir a España debido a una oferta laboral de su área.
Unos días después de que fuera a despedir a Jacobo al aeropuerto, Hester buscó la forma de publicar un anuncio de alquiler.
La nieta del vecino, que le había vendido el terreno, le habló de las ventajas de hacer ese menester a través de profesionales en el área:
—Hoy es preciso alquilar con una inmobiliaria, Hester. Así se olvida de averiguar los antecedentes de “inquilino” y “garantes” —le explicó—. Mi novio tiene una inmobiliaria. Si usted quiere, le digo que venga o que la contacte.
Hester aceptó. Y, al día siguiente, el inmobiliario Ernesto Figueroa fue a ver la “casita”.
Ernesto recorrió el jardín, pasó la mano por la pared recién pintada y miró el piso de mosaicos:
—Señora, se nota que la cuidó durante muchos años.
—Esto es lo que tengo. Está entera. Nada roto. Sin humedades. Seguramente encontrará un cliente al que le guste lo que ofrezco.
Pasaron tres días de aquella conversación y Ernesto Figueroa la llamó para avisarle que ya había conseguido cliente:
—Es un hombre solo.
—¿Y los garantes?
—Despreocúpese. Todos los meses, en su cuenta bancaria, tendrá el pago del alquiler, menos el diez por ciento de mi comisión.
—Primero, quiero conocerlo. Si me gusta la persona, le doy el sí a usted para que siga con los trámites de alquiler.
—Hester, ya se firmó el contrato. Solo falta que firme usted. Nosotros sabemos cómo hacer esto. De hecho, estudiamos para poder tener una inmobiliaria. Usted debe dejar que nosotros hagamos el trabajo.
Hester miró la casita una última vez antes de tomar el contrato. Hasta Jacobo, ella misma había elegido uno por uno a todos los inquilinos que habían vivido allí. Esa vez, por primera vez, un contrato esperaba su firma antes de conocer a quien ocuparía la casa. Abrió el cajón donde guardaba las boletas. Las acomodó una encima de otra, contó los billetes que quedaban dentro del monedero y volvió a cerrar el cajón con cuidado.
Dejó el contrato sobre la mesa, una vez que el cadete se lo había entregado. Caminó hasta la ventana. Miró otra vez la casita. Volvió. Tomó el contrato y permaneció largo rato sin firmarlo, hasta que lo firmó.
Durante un año, el día 11 o 12 de cada mes, llamaba a Ernesto Figueroa para avisarle que el dinero del alquiler no estaba en su cuenta. Y, de paso, para informarle que la vereda estaba llena de yuyos; las paredes, con telarañas, y la entrada de la casa rota, debido a que ingresaba una enorme moto a la sala.
La respuesta del inmobiliario siempre era la misma:
—Quédese tranquila. Ya me ocupo de que el dinero esté depositado. En cuanto a las demás cosas, comprenda que cada persona vive a su gusto. Lo importante es que, el día que se vaya el inquilino, devuelva la propiedad en las condiciones que usted le entregó.
Al mes 13 del contrato, Hester volvió a llamar al inmobiliario por el motivo de siempre. Pero esa vez Ernesto Figueroa no la atendió. Y de ahí en adelante, dejó de hacerlo. La secretaria le tomaba el mensaje con la promesa de avisarle a su jefe.
Todos los días, a cada momento, revisaba su cuenta bancaria. Y nada.
Pasaban los meses, y nada.
Ya no compraba sus remedios. Tampoco compraba carne ni frutas. Hester, como lo había hecho toda su vida, primero pagaba las deudas y después compraba la comida.
Una amiga la visitó. Y volvió a visitarla al jueves siguiente, llegando con dos bolsas del supermercado.
Hester agradeció la acción a su amiga, como también el tiempo que le había dispensado y sus palabras de contención.
A la noche, leyó el contrato que había firmado. Tomó nota de los nombres y apellidos de los dos garantes. Leyó otra vez los nombres. Detuvo el dedo sobre el apellido “Vivas”. Lo comparó con el del inquilino. Permaneció inmóvil unos segundos antes de cerrar lentamente el contrato.
Al día siguiente, muy temprano, salió de su casa y se dirigió a la dirección que aparecía en el contrato, que era donde vivía el garante Walter Vivas.
Viajó durante una hora y media hacia la otra punta de la ciudad de Córdoba. Tomó dos ómnibus y caminó siete cuadras.
Llegó a la dirección y se encontró con que se trataba de la inmobiliaria Walter Vivas. Es una persona que tiene inmobiliaria. Entonces, ¿por qué no le alquiló él a su hermano?
Entró. La atendió una chica joven:
—¿En qué la puedo ayudar?
—Necesito hablar con el señor Walter Vivas, por favor.
—¿Por qué tema?
—Disculpe. Es personal. Solo deseo hablar con él.
—El señor Vivas no se encuentra.
—Anote mi teléfono, por favor. Y dígale que me llame. Soy Hester Bianchi.
Mientras Hester se disponía a retirarse, sonó su teléfono:
—Atienda, señora Bianchi. La está llamando el señor Vivas —dijo la secretaria.
Hester abrió la cartera y buscó el celular. Se sentó y atendió la llamada:
—Mi secretaria me acaba de avisar que usted está en la oficina. ¿En qué puedo ayudarla?
—Buenos días, señor Vivas. Soy Hester Bianchi, dueña de la casa que alquila su hermano…
Vivas la interrumpió:
—¡Impertinente! ¡Maleducada! ¡Cómo se atreve a ir a mi oficina sin cita previa! ¡Retírese ya! ¡Váyase!
Hester, con calma, solo dijo:
—Bueno. Puedo ver el orillo.
—¡Váyase! —cerró la conversación Walter Vivas.
Hester guardó su celular en la cartera. Se levantó de la silla y se dispuso a irse, no sin antes dirigir una mirada de sorpresa a la joven secretaria. Y salió para emprender el retorno a su casa.
Cuando por fin llegó, cerró la puerta de su dormitorio. Dejó la cartera sobre la cama, sin abrirla. Se sentó en el borde del colchón y recién entonces el llanto comenzó a sacudirle los hombros.
Llegó su amiga y le habló por la ventana:
—Abre la puerta, Hester. Soy yo.
Hester abrió la puerta y su amiga la abrazó:
—Te dije que no valía la pena pensar que tu inquilino estaba pasando una situación difícil. Hace más de un año que no paga un peso.
—Lo llamaste “Cafaro»… —recordó Hester.
—“Cafishio”, Hester, “Cafishio”.