septiembre 2026

Sopla antes

80-Sopla antes

María Ottaviano

—Mire. Mire, mamá. Su hija nació con una manchita café con leche —dijo la enfermera mientras entregaba la niña recién nacida a su madre.

—¿En la cara?

—No. En la rodilla derecha.

—¿Dónde la ve?

—Es muy chiquita. Pero en unos meses se le verá bien.

—¿Hay tratamiento para quitársela?

—Usted, mamá, quédese tranquila. Estas manchitas no traen complicaciones.

Magda acababa de tener a Milena por parto natural. Era su sexto parto y la primera de sus hijas que nacía con una mancha color café con leche.

En cada control volvía a preguntarle al pediatra:

—¿Está creciendo?

—Lo mismo que ella —respondía el médico.

—¿Y no hay que hacerle nada?

—Nada.

La manchita permanecía plana y lisa y aumentaba de tamaño a medida que crecía la niña.

Una tarde, cuando Milena ya tenía edad suficiente para reparar en ella, se quedó mirando su rodilla.

—Mamá.

—¿Qué?

—¿Por qué tengo esto?

Magda se acercó.

—¿Qué cosa?

—Esto —dijo mientras señalaba la mancha.

—Ah. Eso te salió por mi culpa.

Milena levantó la cabeza.

—¿Qué hiciste? —preguntó con aire de reclamo.

—Cuando estabas en mi panza, una tarde me dieron unas ganas terribles de comer frutillas.

—¿Y comiste?

—No.

—¿Por qué?

—No conseguí por ningún lado.

Milena volvió a mirar la rodilla.

—¿Y?

—¿No la ves?

Milena inclinó la pierna hacia un lado y después hacia el otro.

—Parece una frutilla —se percató la niña.

—¿Viste?

—¿Porque tú no comiste una?

—Por eso.

Milena abrió grandes los ojos.

—¿Y si hubieras querido comer chocolate?

Magda se rio.

—Menos mal que quería frutillas.

Desde entonces, Milena mostraba la rodilla cada vez que podía.

—Mira lo que tengo.

Se levantaba el vestido, estiraba la pierna y esperaba a que su público dijera algo:

—Una manchita.

—No. Una frutilla.

De sus hermanos, Oscar, el mayor, siempre aceptaba:

—A ver.

Milena levantaba la pierna.

—¿Creció?

Oscar acercaba la cara y le respondía:

—Un poquito.

—¿Cuánto?

Él separaba el pulgar y el índice.

—Así.

—Mentiroso. Ayer me dijiste lo mismo.

—Entonces creció otro así.

Milena se reía.

Cuando Oscar se sentaba a hacer los deberes, ella se instalaba a su lado. A veces dibujaba; otras, solamente lo miraba escribir.

—No me molestes.

—No te estoy molestando.

—Me estás mirando.

—Mirar no molesta.

Oscar seguía escribiendo.

—Bueno. Pero callada.

A los pocos minutos, Milena apoyaba la cabeza sobre su brazo.

—Así no puedo escribir.

—Pero estoy callada.

Oscar acomodaba el cuaderno un poco más lejos y continuaba.

Los otros hermanos entraban y salían de la casa, discutían, jugaban, se perseguían. Milena jugaba con ellos también.

Los abuelos vivían enfrente.

Todos los días Milena iba a visitarlos sola. Salía de su casa, miraba hacia un lado y hacia el otro, cruzaba la calle corriendo y entraba de la misma manera.

Una tarde no llegó hasta la puerta.

Oscar escuchó el llanto desde adentro.

—¡Milena!

Salió y la encontró sentada en el suelo, con las dos rodillas raspadas.

—¡No me toques! —le advirtió a Oscar.

—Déjame ver.

—No.

Oscar se agachó.

—Tenemos que limpiarte eso.

—No quiero.

La alzó.

Milena le rodeó el cuello con los brazos y siguió llorando hasta que llegaron a la casa.

Oscar la sentó sobre la mesa y buscó alcohol y unas gasas.

—Va a arder un poquito.

—¡No!

—Yo te soplo.

—No me pongas eso ahí.

—Tengo que limpiarlo.

—Ahí no, Oscar.

Él apartó con cuidado la sangre.

Milena miró su rodilla.

—Mi frutilla…

—Quédate quieta.

—¡Rompí la frutilla! —Y lloraba más.

—No rompiste nada.

—Sí.

Señaló la herida. El corte atravesaba la mancha.

—Justo ahí.

Oscar pasó la gasa con cuidado y sopló.

Milena apretó los dientes.

—¿Está?

—¿Qué cosa?

—Mi frutilla.

Oscar miró.

—Sí. Sí está tu frutilla.

—¿Toda?

—Toda.

Milena dejó de llorar.

Oscar volvió a mirar la herida.

—Esto tendría que verlo un médico.

Milena retiró la pierna.

—No.

—Puede haberte quedado tierra.

—No quiero.

—Te va a curar.

—Me va a operar.

Oscar sonrió.

—¿Quién te dijo eso?

—Nadie.

—¿Entonces…?

—Y me va a sacar la frutilla.

Oscar dejó la gasa sobre la mesa.

—Ah… Bueno.

Milena se cubrió la rodilla con las dos manos.

—No quiero que me la saque.

—Bueno.

—¿Bueno qué?

—No vamos.

—¿No?

—No.

Al día siguiente, cuando Oscar regresó de la escuela, dejó los útiles y fue a buscarla a su cuarto:

—Arriba.

Milena levantó los brazos.

Él la alzó y la sentó sobre la mesa.

—¿Alcohol?

—Un poquito.

—Poquito.

—¡Y sopla!

—¡Todavía no te toqué!

—Sopla antes.

Oscar sopló. Después pasó la gasa despacio.

—¿Arde? —le preguntó con cariño.

—Un poco… ¿Y la frutilla?

Milena se inclinó para mirarla.

—Está —respondió su hermano.

Al día siguiente volvieron a hacer lo mismo.

Y al otro también.

Cada tarde, Oscar regresaba de la escuela, dejaba los útiles, buscaba las gasas y el alcohol, alzaba a Milena y la sentaba sobre la mesa.

—¿Está?

—Está.

—¿Toda?

—Toda.

La herida comenzó a cerrarse. La piel nueva fue juntando los bordes del corte hasta que una línea clara atravesó la mancha de lado a lado.

Una mañana, Milena la descubrió.

—Oscar.

—¿Qué?

—Se rompió.

—¿Qué se rompió?

—Mi frutilla.

Oscar acercó la cara.

—No.

—Sí. Mira.

Milena pasó el dedo por la línea.

—Está cortada al medio.

Oscar observó la rodilla.

—Ah.

A Milena le brotaron las lágrimas.

—Te dije que se iba a borrar.

—No se borró.

—Sí.

—No, Milena.

Oscar volvió a mirar.

—Ahora tienes dos.

Ella dejó de llorar.

—¿Dos qué?

—Dos frutillas.

Milena miró la rodilla.

—No parecen.

—Porque son chiquitas.

A un lado de la cicatriz había quedado una parte de la antigua mancha; del otro, la otra.

—Antes tenía una grande —dijo Milena señalando las manchas.

—Sí.

—¿Y ahora tengo dos?

—Claro.

—¿Por qué?

Oscar pensó un momento.

—Cuando te caíste, la frutilla se partió y cada pedacito se convirtió en otra.

Milena tocó una mitad. Después la otra.

—¿Van a crecer?

—Sí. Contigo.

—¿Las dos?

—Las dos.

Milena sonrió.

—Entonces tengo más que antes.

—El doble.

Desde ese día ya no mostraba una.

—Mira.

Estiraba la pierna y señalaba primero un lado de la cicatriz y después el otro.

—Tengo dos frutillas.

—¿Dos?

—Sí. Antes tenía una, pero me caí y nacieron dos.

Si alguien se reía, Milena buscaba a Oscar.

—Diles, Oscar. Esta gente no comprende cómo se reproducen las frutillas en la piel.

—Tiene dos —aclaraba Oscar.

—¿Viste?

Los años fueron cambiando sus piernas. La cicatriz se hizo más fina y las dos partes de la mancha crecieron con ella. Ya no tenían forma de frutilla. Ni siquiera se parecían entre sí.

Milena dejó de levantarse el vestido para mostrárselas a todo el mundo.

Pero seguían siendo sus frutillas.

También dejó de sentarse junto a Oscar mientras hacía los deberes. Él terminó la escuela y comenzó a trabajar. Milena también fue creciendo, pero siguió buscando a su hermano mayor cada vez que necesitaba una respuesta.

Había preguntas que Milena seguía haciéndole a Oscar.

—¿Qué te parece? —preguntaba Milena a Oscar.

—No sé.

—Oscar…

—¿Qué?

—Te pregunté qué te parece.

Y Oscar terminaba contestando.

Cuando murió el padre, Milena no preguntó quién ocuparía su lugar.

 

Años después anunció que se casaba.

Una tarde fue a buscar a Oscar.

—Necesito pedirte algo.

—Pídeme.

—Quiero que me lleves al altar.

Oscar tardó en responder.

—Tienes otros tres hermanos.

—Ya sé.

—Podría llevarte cualquiera.

—Ya sé.

—Entonces, ¿por qué yo?

Milena lo miró.

—¿Me vas a llevar o no?

Oscar sonrió.

—Sí.

El día del casamiento, antes de entrar a la iglesia, Milena se tomó del brazo de Oscar.

—No camines rápido.

—Tú eres la que siempre corre.

—Hoy no.

Oscar acomodó la mano de su hermana sobre su brazo.

—¿Lista?

Milena asintió, pero no avanzó.

—¿Qué pasa?

Ella levantó apenas el vestido y miró su rodilla.

—¿Qué haces?

—Quería verlas.

Oscar bajó la mirada.

La cicatriz era apenas una línea clara entre las dos manchas.

—Siguen ahí —dijo.

—Claro que siguen ahí.

—Hace mucho que no me las mostrabas.

Milena sonrió.

—Ya estoy un poco grande para andar levantándome el vestido.

Oscar se rio.

Desde el interior de la iglesia comenzó a escucharse la música.

—Tenemos que entrar.

Milena volvió a tomarlo del brazo.

Caminaron despacio.

Al llegar al altar, Oscar besó a su hermana en la mejilla. Ella le apretó la mano antes de soltarlo.

—Gracias.

—¿Por traerte?

Milena negó con la cabeza.

—Por soplar antes.

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