2 treinta y uno
Tuve en mi grado a 43 varoncitos.
Cursaba quinto año de Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba.
Antes de ir a Córdoba me había recibido de Maestro Normal Superior en la Escuela Normal «Fray Mamerto Esquiú», de Catamarca.
Estudiaba lejos de mi familia y buscaba la manera de tener ingresos propios para ayudar a mis padres con los gastos. Los sacerdotes del Colegio San Buenaventura me conocían y, cuando se presentó la oportunidad de una suplencia por un año, me ofrecieron Primer Grado Superior.
Acepté.
Volvía a ser maestro.
El primer día distribuí a los chicos en los bancos. Entre ellos había uno que llamaba la atención: Gabriel. Estaba súper engominado, con el pelo en su lugar y el guardapolvo impecable.
Su mamá permanecía en la puerta del grado, sin moverse.
La invité a retirarse.
Se retiró, pero fue directamente a la dirección a quejarse.
Al día siguiente me llamó el padre Bustos, director del colegio. Allí estaba ella. Supe entonces que criaba sola a Gabriel y que trabajaba en casas de familia. Trabajaba en casas de familia y Gabriel llegaba cada mañana con el pelo engominado, el guardapolvo sin una arruga y todo lo necesario en el portafolios.
Hablamos. El padre Bustos me conocía desde Catamarca y dejó en claro que, mientras Gabriel estuviera en la escuela, debía cumplir las mismas normas que sus compañeros.
Desde aquel día, su mamá lo esperaba en la puerta de salida.
En los recreos tirábamos tres pelotas de fútbol al patio.
Cuarenta y tres varoncitos detrás de tres pelotas. Se levantaba una polvareda. Y Gabriel estaba entre ellos.
Corría, pateaba, se despeinaba. El guardapolvo impecable con el que llegaba por la mañana volvía al aula cubierto de polvo.
Aquello provocó más de un reclamo de su madre y algún nuevo llamado a la dirección. El padre Bustos la escuchaba.
Después sonaba la campana del recreo y Gabriel volvía a correr detrás de una pelota.
Pasaron los años.
Terminé mis estudios, me recibí de médico, me casé y aquella experiencia de maestro quedó entre tantos recuerdos de mi juventud.
Mucho tiempo después, un 11 de septiembre, fui a pagar unas cuentas de la casa a un centro de pagos.
Al salir del local, un muchacho más alto que yo me detuvo.
Me abrazó.
—¡Feliz día, Maestro!
Lo miré unos segundos.
—¿Sabe quién soy? —preguntó.
Debí de quedarme con la misma cara porque enseguida agregó:
—Gabriel. Aquel de Primer Grado Superior.
Y allí estaba otra vez aquel chico: súper engominado, el guardapolvo impecable, su madre en la puerta del grado.
Y el patio.
Las tres pelotas.
La polvareda.
—Quería agradecerle muchas cosas, Maestro, pero una muy en especial. Usted le hizo entender a mi mamá que, mientras yo me portara bien, tenía que dejarme ser libre.