2 treinta y uno
Un día entré al Banco de Boston.
—¿Qué desea? —me preguntó una mujer.
—Me dijeron que aquí se pueden conseguir créditos para construir.
Me miró.
—Así es.
Todavía estaba terminando mis estudios. Ella me entregó unos formularios que ni siquiera había pedido.
—Lo espero —me dijo.
Me los llevé.
Por entonces terminaba mis estudios y todavía no tenía una casa que construir.
Poco después adquirí, casi de regalo, un pequeño trozo de tierra en un barrio casi despoblado.
Las calles de tierra estaban marcadas, pero los yuyos habían crecido tanto que, en algunos lugares, ni siquiera se podía caminar.
Entre las plantas se alcanzaban a ver algunos cimientos abandonados.
Para llegar había que abrirse paso entre los yuyos. Yo volvía una y otra vez a aquel lugar con unos planos bajo el brazo.
Me quedaba mirando cimientos abandonados de otras casas y después mis planos.
Siempre llevaba en el asiento de al lado de mi autito los formularios del banco.
Durante días no escribí una sola línea en ellos.
Una tarde llegué a mi consultorio. Tenía pocos pacientes y una mujer me esperaba.
Al verme, preguntó por el médico. Era yo.
La invité a pasar. Se sentó frente a mí.
La miré un instante.
—¿Su nombre?
—Norma.
La miré otra vez.
—¿Puedo conocerla de algún lado?
—Sí. Del banco. Yo lo atendí.
Hizo una pausa.
—Y me lo recomendaron.
Le tomé los datos. Me temblaban un poco las manos.
Conversamos, le solicité unos estudios y, antes de que se fuera, le agradecí la atención que había tenido conmigo en el banco.
Aquella noche volví a mirar los formularios.
Puse al lado los planos que un compañero de la pensión de estudiantes me había dibujado tiempo atrás.
Hasta entonces habían sido solamente eso: unos planos.
Volví al banco.
Busqué a Norma, pero no estaba en el lugar donde la había conocido. Me hicieron esperar en la oficina de créditos.
Cuando se abrió la puerta, apareció ella.
Norma era la gerente. Me saludó con una sonrisa y hablamos durante un rato.
—Veo que volvió —me dijo—. Veremos qué puedo hacer.
Pasó el tiempo. También volví a verla como paciente y terminé operándola.
Un día sonó el teléfono. Era Norma. Quería que fuera al banco.
Cuando llegué, me comunicó que me habían otorgado el crédito: veinticuatro meses para construir mi casa.
No me salieron palabras.
Así apareció una casa más en aquel baldío. La mía.
Los años fueron cambiando el barrio. Los terrenos se poblaron y los yuyos desaparecieron.
Frente a mi casa construyó la suya el subgerente de aquel mismo banco. Años después se marchó a otro país y otros vecinos fueron ocupándola.
Las caras frente a mi casa fueron cambiando.
Los saludos, en cambio, siguieron cruzando la calle.
Mucho tiempo después, una de las mujeres que vivió allí también se llamó Norma.
Hoy sigo viviendo frente a esa casa. Algunas noches miro hacia ella.
El portón de la cochera tiene dos pequeñas ventanas que pronto se abren, y detrás aparecen las caras de mis nuevos vecinos.
Me miran.
Y sonríen.