2 treinta y uno
A Silvina y Alejandro, la vida los había marcado con procesos negativos. Ya con sus graves problemas de visión, todo les resultaba difícil. Sin embargo, no bajaron los brazos y lucharon por lograr lo que se proponían, alcanzando ambos los respectivos títulos universitarios en las carreras que emprendieron, y desarrollándose profesionalmente en la provincia de Catamarca.
Asimismo, Alejandro y su esposa tuvieron serios problemas para lograr su primera hija, Lucía, quien, a su vez, nació con graves trastornos genéticos en sus ojitos, por lo que tuvo que pasar por numerosos tratamientos en las provincias de Córdoba y en Buenos Aires.
Antes de intentar un nuevo embarazo, Silvina y Alejandro realizaron un estudio genético que arrojó como resultado la posibilidad de que se presentara un 50% de probabilidades de malformaciones embrionarias en gestaciones futuras.
La tristeza los embargaba, no obstante, no se dieron por vencidos y dejaron abiertas las puertas de su corazón, por si se daba la posibilidad de que un bebé, sin contención de sus progenitores, llegara a sus vidas.
Así sucedió. A Alejandro, un día de 1993, lo llamaron de Córdoba para que se hiciera cargo de un bebé, con horas de nacido, quien esperaba el amor y el calor de un ser sensible, que lo contuviera sin averiguar nada de su pasado ni de su llegada a este mundo.
Alejandro lo tomó en sus brazos, temblando. Lo arropó y, apretándolo contra su pecho, le transmitió todo su calor. Hasta una lágrima de sus ojos cayó sobre su cuerpito, aún mojado, a modo de bautismo. Y de la boca de Alejandro, brotó un susurro: “Te llamarás Gabriel”.
Grande fue la felicidad en la casa de Alejandro, debido a la franca mejoría, en la vista de Lucía, y a la llegada de Gabriel.
Decir lo que significó el desarrollo de Gabriel, desde pequeño, es realmente escribir un poema de amor, ternura y dulzura, a la vez. Todo lo hacía fácil. No se negaba nunca a lo que se le solicitaba, recibía las órdenes con alegría, y crecía en amor y cariño.
En cuanto a su crecimiento físico, fue tal, que superó en estatura a Alejandro y a todos los de la familia. A sus 13 años, ya jugaba al básquet y corría en bicicleta, con el tamaño de un hombre, pero con la mentalidad y el corazón de un niño.
Era querido por todos. Por su tamaño, Alejandro y toda la familia comenzaron a decirle “Tanquito”.
Todo era felicidad. Tanquito iluminaba, con su luz, la vida de su familia y la de todo aquel que se relacionaba en su vida. Pero un día, a la salida de una misa, en la puerta de una iglesia, se acercó a su tío médico, con la bicicleta de la que no se separaba nunca y, rengueando, le dijo frente a Alejandro:
—Tío, me duele mucho la rodilla izquierda.
—¿Desde hace mucho? —preguntó el tío.
—Sí, tío. No quería que se preocuparan, por eso no le dije a papá, pero cada vez me duele más.
El tío, como no se le notaba nada al inspeccionar la rodilla, le dijo:
—Toma un calmante, Tanquito —le aconsejó su tío. Y, dirigiéndose a su hermano Alejandro, le dijo que, en cuanto pudiera, le hiciera un estudio radiográfico.
Pasaron los días y, al efectuar el estudio, apareció, sorpresivamente, una imagen compatible con las que produce el sarcoma óseo.
Tanquito y Alejandro, solos (ya que Silvina no tenía la fuerza necesaria para soportar tanto dolor), con desesperación, se trasladaron desde Catamarca a Córdoba, y junto a su tío fueron a un centro especializado donde se confirmó el diagnóstico. Así fue que tuvieron que comenzar el tratamiento quimioterápico, por consejo de los especialistas.
Durante un tiempo, y mientras se realizaba el tratamiento, todo lo que a Tanquito se ofrecía, para mejorarlo, se hacía. Por ello fue llevado hasta un curandero que vivía en Traslasierra.
El día de camino a Traslasierra, sin que se esperaran nevadas, nevó copiosamente, para alegría de Tanquito, quien no conocía la nieve y hasta se bajó para jugar con ella. Para él fue un manto blanco que le caía desde el cielo, llenándolo de felicidad. Así, sonriendo como siempre, llegó a la casa del curandero. Este, viendo los estudios, salió al campo cercano y regresó con una hoja de la penca de tuna. El curandero hizo unos pases con su cuchillo, sobre la hoja de cactus, y se la dio a Tanquito para que la colgara en la cabecera de su cama. Le dijo que, cuando la hoja se secara, se iba a curar.
Lo que pasó fue que dicha hoja no se secó, sino hasta, incluso, brotó. A lo que Tanquito, riéndose, dijo: “Debo tener otro tumor”.
La terapia no dio el resultado esperado. Los gorgojos que debía comer en ayunas, por recomendaciones de algún amigo, y que él lo hacía siempre con alegría, tampoco. Así, llegó el momento de tener que amputarle la pierna, aceptando todo, sin quejarse; más aún, alentando a su padre y a toda la familia.
El tratamiento quimioterápico, no obstante, proseguía sin resultados positivos. Aparecieron metástasis en el pulmón y en el tobillo de la otra pierna. Sin embargo, cuando regresaba de la ciudad de Córdoba a su provincia de Catamarca, concurría sin faltar nunca —con la ayuda de sus muletas—, a la escuela.
Un día, tuvo el valor, ante la falta de respuesta del alumnado a una propuesta de donaciones para ayudar a un compañero con serios problemas económicos, de solicitar permiso a las autoridades de la escuela para pararse al comienzo de las actividades del día, y después del saludo inicial frente a sus compañeros, cuando estaban todos formados, y les dijo, con lágrimas en los ojos, tomando la alcancía transparente, casi vacía, las palabras que surgieron de su corazón y tocaron la sensibilidad de todos, logrando que esa alcancía resultara “chica”, en solo una semana, sin que nadie pudiera comprender semejante respuesta a Tanquito, un alumno de primer año.
La enfermedad siguió su proceso con dolores que él no transmitía. Siempre sonreía. Un día, llegó a probarse una pierna ortopédica, debido a su gran fe y su esperanza. Alejandro y su tío jamás se separaban de su lado.
Y como todo proceso de este tipo, llegó el día en que, estando en Córdoba, se decidió suspender la quimioterapia. Casi no podía respirar. No obstante, soportó su regreso a Catamarca y, en cama durante 48 horas, no recibió ninguna medicación.
Alejandro no soportaba verlo sufrir en silencio. Llamó a un médico amigo, quien quiso colocarle un calmante. Tanquito, sonriendo y casi con solo el aliento, alcanzó a negarse a que se lo hicieran, diciéndole que no tenía sentido y que ya estaba cansado.
No pasaron dos horas, el médico aún no se había ido y Tanquito, sin expresar ningún sonido, solo el de un profundo suspiro, estando junto a su padre y su tío, emprendió, con tan solo 14 años, el viaje a ese lugar en donde solo lo habitan los seres puros, como él.
Al día siguiente, mientras lo llevaban a su morada final entre las montañas de Catamarca, lo acompañaron en su vuelo, más de cinco kilómetros de autos, motos y todo tipo de medios de movilidad, con sus luces encendidas, algunos orando y otros en total silencio, respetando su partida.
Existen seres como Tanquito que vienen a nuestras vidas, cargados de una luz de fe y esperanza, tan fuertes, que nos movilizan a ver de una manera más optimista nuestra propia vida, en este mundo, cada vez más frío y oscuro en que vivimos.