julio 2026

La riqueza de Antonio

76-La riqueza de Antonio

María Ottaviano

La siguiente historia está relatada por Lidia, la madre de Antonio, dueño de la casa donde sucedió “La fiesta inolvidable”.

 

Cuando una es madre, cree que ya ha visto todo de sus hijos. Los ve nacer, crecer, enamorarse, equivocarse, volver a levantarse. Pero hay hijos que, aunque tengan canas y nietos, siguen siendo capaces de sorprender a quien les dio la vida.

Mi Antonio fue toda la vida así.

Alcira, una de mis sobrinas, siempre le decía a Antonio que nunca había madurado. Y Antonio siempre le respondía que la madurez era una enfermedad de la que se había cuidado para no contagiarse. Si bien ellos hacían este contrapunto con asiduidad, al mismo tiempo, se divertían.

Mi hijo, desde chico, tuvo facilidad para hacer amigos y para convertir, cualquier reunión, en una fiesta. También cultivó el talento para el desorden. Yo creo que, de haber ordenado una habitación, alguna vez, Antonio se habría perdido.

Por eso, cuando se casó con Julia y me pidió que fuera a vivir con ellos, acepté con gusto después de saber que mi nuera tenía apenas 17 años. Alguien tenía que vigilar que la casa no se convirtiera en un galpón ferroviario.

Vivíamos todos juntos: Julia, las niñas, yo, la madre de Julia y Patricia, la menor de las hermanas de Julia, dos perros y un loro que pronto aprendió a hablar. Era una familia grande, con la radio o el tocadiscos Winco encendidos siempre a todo volumen; sin horarios, desprolija; aunque mi Antonio nunca lo admitió.

Una tarde, Antonio llegó de la casa de Alcira. Entró riéndose, solo. Cuando mi hijo se reía solo, significaba “problemas para la casa”.

—¿Qué pasó ahora? —le pregunté.

—Nada grave, mamá. El sábado vendrá Alcira con su familia, más la familia de Buenos Aires, a comer asado. Así es que prepararé la casa.

—O sea, no la prepararás —le respondí—. ¿Qué estás tramando con Alcira?

—Nada. Bah, nada grave. Solo inventamos que seremos una familia aristocrática.

Me dejó pensando. No entendí esa última palabra. Pero sí me di cuenta de que la había dicho de forma sospechosa.

Después me enteré de los planes y me sumé para llevarlos a cabo. No habría podido negarme.

Alcira, sus hermanos Dolfi y Pichi, y Antonio, se encontraron. Ellos habían convencido a las cuñadas de Alcira (Marina y Luisa), recién llegadas de Buenos Aires, de que nosotros, la familia de Antonio, vivíamos en una mansión.

Según sus dichos, yo ocupaba un ala completa del segundo piso de la casa y dirigía un ejército de empleadas domésticas. Mi consuegra hacía lo mismo desde otra ala. Había salones, terrazas, lujos y hasta una pileta escondida bajo el piso del living.

Cuando escuché semejante disparate, me eché a reír.

La verdad es que la casa era sencilla. Tenía habitaciones para todos, sí. Pero también tenía herramientas tiradas por cualquier parte, muebles que esperaban una reparación desde hacía años y una colección de objetos, imposibles de clasificar, que Antonio guardaba porque, según él, algún día podrían servir para algo. Claro que ese “algún día” jamás llegaba. Salvo para un cartel enorme hecho sobre lata.

Durante toda la semana, escuché hablar de preparativos y de qué función cumpliría cada uno para la concreción del plan “aristocrático”. Mis nietas, como las hijas y la sobrina de Alcira, estaban muy entusiasmadas.

Yo sospechaba que las visitas llegarían esperando encontrar un palacio. Y no me equivoqué.

Finalmente, la tan ansiada noche del sábado, llegó. Vi entrar a Marina y Luisa. Parecían actrices preparadas para una entrega de premios. Vestidos elegantes, peinados impecables, maquillajes perfectos. Caminaban observando todo a su alrededor, con una mezcla de curiosidad y desconcierto. Y, claro, repararon en la gran mesa, que no era otra cosa que el cartel de lata. De aquí, en lo sucesivo que vieran, sería toparse con nuestra verdadera realidad.

Vieron el patio, la parrilla improvisada sobre el piso. Ninguna silla era igual a la otra. Es decir, el desorden y la heterogeneidad habituales.

No me hizo falta escuchar nada para comprender lo que pensaban. Pero debo reconocer algo en favor de aquellas mujeres: se rieron. Podrían haberse enojado, y mucho. Podrían haberse sentido humilladas. Sin embargo, eligieron reírse junto a todos. Y eso me cayó bien.

Nadie dejó el plato a medio servir. Entre bocado y bocado, las conversaciones se cruzaban de una punta a la otra de la mesa y las risas no daban tiempo a que el silencio se acomodara.

Las empanadas desaparecieron enseguida; las ensaladas, también. El asado parecía no terminarse nunca. Y cuando todos creíamos que el encuentro había terminado, mi Antonio decidió que era momento de bailar.

Lo observé desde mi silla. Cada vez que lo veía zapatear, me recordaba al muchacho que había sido. Aquel joven que pasaba, horas y horas, practicando pasos imposibles del zapateo americano y que regresaba a casa con las chapas de los zapatos gastadas.

Los años habían pasado para todos, pero su alegría seguía intacta.

Después vinieron las canciones de Louis Armstrong. Y entonces ocurrió lo que nadie se esperaba venir: Antonio quería parecerse al cantante, por lo que desapareció unos segundos.

Regresó. Y, antes de que nadie entendiera nada, ya había embadurnado de hollín la cara de Mónica, sobrina de Alcira. Inmediatamente, las risas se escucharon en toda la casa y en las casas de los vecinos, también.

Lo peor fue que aquello no terminó allí. Sino que, uno tras otro, comenzaron a sacar hollín del calefón para pintarse. Parecían niños con témperas. Niños grandes, con hijos propios, con responsabilidades y preocupaciones, pero niños, una vez más.

Durante un buen rato, no hubo edades. No hubo diferencias. No hubo jerarquías. Solo hubo risas.

Cuando el hollín se terminó, mi hijo me miró y me dijo:

—Mamá, no puedo permitir que ya se termine la aristocracia del hollín. ¿Qué otra cosa hay?

Sin decir palabra, señalé mi habitación. Yo sabía lo que estaba buscando.

Pocos minutos después, regresó con dos latas de betún. Y la fiesta continuó.

Al final, ya nadie conservaba el aspecto con el que había llegado.

Algunos tenían el betún en las orejas y seguían riéndose cada vez que descubrían una nueva mancha en la cara del otro. Incluso Marina y Luisa, quienes al principio se habían refugiado en el dormitorio para proteger vestidos y pelucas, finalmente se rindieron ante tanta algarabía.

Cuando la noche terminó y cada familia volvió a su casa, permanecí sentada en silencio.

Comenzaba a amanecer. La mesa, las sillas, los platos vacíos. Las huellas negras en todos los rincones… El patio seguía igual de desordenado que al comenzar la noche. Sin embargo, nunca lo había visto tan lleno. Una casa perfecta jamás habría producido los recuerdos que nacieron esa noche.

 

Los años pasaron…

 

Varios de los que estuvieron allí ya envejecieron. Otros, ya no están. Sin embargo, cada vez que alguien menciona aquel asado, todos vuelven a reír. Y yo, también. Porque, aunque fui testigo de innumerables reuniones familiares, ninguna se pareció a aquella.

Y sigo pensando en esa capacidad de Antonio, tan suya, de abrir la puerta, reunir a la gente y hacer que una noche cualquiera terminara convirtiéndose en un recuerdo para toda la vida…

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