María Ottaviano
No recuerdo el día en que nací. En nuestro caso, no guardamos los recuerdos de esa manera. Pero escuché al pasar que fue un 10 de abril.
Lo que sí regresa a mi mente es el día en que llegué a la casa donde hoy vivo. Apenas crucé la puerta, resbalé sobre el piso brillante, corrí detrás de un olor desconocido y terminé intentando subir a una cama demasiado alta para mí —porque aún era bebé—. Cuando no pude, mi mamá humana me tomó entre sus brazos y me acomodó sobre su pecho. Me acarició hasta que me dormí. Desde entonces, nunca busqué otra cama.
También recuerdo al otro perro de la casa, llamado Picachu, que me observaba como si yo hubiera llegado para arruinarle la vida…
Al principio, pensaba que mi nombre era “No”. Porque cada vez que intentaba morder una zapatilla, una prenda, o investigar alguna maceta, alguien decía: “¡No, Sansón!”. Y me exiliaban al patio.
Con el tiempo, descubrí que mi nombre era Sansón. Y también descubrí algo extraño para mí: cada vez que pronunciaban mi nombre, sonreían.
—¡Mira lo que hizo Sansón!
—¿Dónde está Sansón?
—Ay, Sansón…
Lo decían de forma especial, como si ese nombre trajera recuerdos…
Una tarde, mientras fingía dormir debajo de una silla, escuché una historia: mi mamá humana les contaba a unos niños que, cuando ella era una niña, cantaba una canción sobre un tal Sansón y una tal Dalila. Después, les hablaba de sus hermanos, de un libro antiguo y de una historia que había aprendido hacía muchos años.
También les habló sobre un relato, escrito hacía poco tiempo, sobre mí, llamado “Unos cuantos de Sansones” —que yo no puedo leer, porque no sé leer—. No sé si en nuestro caso, algún día, aprenderemos.
Yo, callado, levanté una oreja. Ahí supe que existió otro Sansón. Uno que tenía una fuerza extraordinaria. Uno que derribaba cosas enormes y pesadas, y que no se rendía fácilmente.
Incliné la cabeza. Moví una oreja. Seguí escuchando sin apartar la vista de mi mamá humana. Pensé que era una coincidencia. Pero luego escuché algo más que dijo ella:
—A todos mis perros salchicha los llamé Sansón.
Conté uno… después otro… y después otro más. Todos se llamaban igual que yo. No era el primero. Quizá, tampoco sería el último.
Una vez, la escuché decir mi nombre mientras levantaba una bolsa demasiado pesada. Me miró, sonrió y pensé que quizá esperaba algo de la fuerza de aquel otro Sansón. Si fue así, creo que no la he decepcionado: tengo fuerza suficiente para arrastrar una media desde el lavadero hasta el comedor; tengo fuerza suficiente para subir a una mesita de luz, aunque me digan que no; tengo fuerza suficiente para insistir, durante treinta minutos, hasta que alguien me alce en brazos. Pero, sobre todo, tengo fuerza suficiente para abrirme paso entre las mantas, los almohadones y las personas, hasta encontrar exactamente el lugar donde quiero dormir.
Picachu sigue pensando que aparecí para complicarle la existencia. No obstante, yo sé que no. Vine para otra cosa. Desde que llegué, nadie permanece mucho tiempo sentado. En algún momento corro hacia el patio, desaparezco debajo de una cama o robo alguna media. Mi papá humano corre detrás de mí, se ríe y empieza a buscarme. Sin proponérmelo, la casa vuelve a llenarse de movimiento. Ando y ando, hasta que mi mamá humana vuelve a pronunciar mi nombre, que conoce desde hace toda una vida.
Algunas noches me acomodo junto a sus pies y escucho las conversaciones que tiene con mi papá humano. Hablan de recuerdos; de personas que ya no están; de canciones antiguas; de hermanos; de padres; de épocas que yo nunca conocí. Y, entonces, comprendo algo: yo no soy el Sansón de la canción. Tampoco soy el Sansón de la Biblia. Ni siquiera soy el primer Sansón de esta familia.
¿Saben que Sansón soy? Soy el Sansón de ahora: el que corre por el pasillo; el que se mete entre la ropa para que lo carguen; el que provoca los celos de Picachu; el que pesa ya casi ocho kilos y cree que pesa treinta…
Y mientras ellos se ríen de mis travesuras y me llaman por mi nombre, pienso que, quizá, la verdadera fuerza de un Sansón no está en su cabello. Tal vez esté en algo simple y sencillo, como es lograr que una casa sea más feliz.