julio 2026

Doña Zoraida

G-15-Doña Zoraida

2 treinta y uno

Entre los años 1956 y 1960, mis padres, para el verano, alquilaban una casita de adobe en una localidad de las sierras catamarqueñas, llamada “El Tala”.

Eran muy pocos los que veraneaban allí, debido a la lejanía con respecto de la Capital y a las dificultades del camino para llegar. No obstante, ya instalados en El Tala, se podía disfrutar del río de aguas cristalinas y frías, que descendían de los deshielos y vertientes de las montañas.

En una oportunidad, mi hermana se vio afectada por un proceso respiratorio; unos pueblerinos nos dijeron:

—Llévenla a doña Zoraida.

Se trataba de una anciana, que vivía sola en un ranchito ubicado en la cima de una loma, acompañada por dos perritos.

Al ranchito, se llegaba por un estrecho senderito de tierra, entre matorrales, el que se transformaba, durante los días de lluvia, en una acequia de agua y lodo.

¿Quién era doña Zoraida? Una “leída” en hierbas con propiedades curativas, a la que acudían todos los vecinos de la zona, no solo por enfermedades de los habitantes del lugar, sino también de los animales.

Subí el sendero corriendo y llegué primero. Allí estaba ella, tomando mates, sentada junto al bracero.

—¿Cómo le va, m’hijo? —me gritó al verme.

Sonrió antes de alcanzarme un mate. Sin conocerme, me habló como si me hubiera esperado desde siempre.

—Abuela, venimos con mi hermana que no para de toser —le dije.

—Ay, m’hijo. Eso no es nada. Voy a buscarle una hierba para que le hagan un té.

En cuanto se paró de su silla, le pregunté si podía ir con ella, y su repuesta fue inmediata:

—Venga, m’hijo.

Caminamos sobre la loma hasta una planta que tenía unas hojas con espinas, y que la llamaba “sombra de toro”. Cortó un gajito y me lo dio.

Regresamos y nos explicó cómo mi hermana tomaría el té.

Esa misma noche, su tos comenzó a espaciarse. A la mañana siguiente, volvió a correr detrás de nosotros.

Desde entonces, empecé a subir la loma casi todos los días. Allí, a pesar de mi corta edad, me enseñó sobre las propiedades de todos los “yuyos” y para qué se usaban. Estos crecían de forma silvestre, en las cercanías de su rancho.

Así me explicaba como el “ajenjo” era muy bueno para los ataques del hígado; la “barba de choclo” para los dolores del riñón, y así muchos más.

Cuando llegaba al rancho, ella ya tenía un mate preparado para mí. Hasta mates de leche de cabra llegué a degustar, pues tenía una cabra y la utilizaba para dar consejos sobre la alimentación para los bebés.

Doña Zoraida nunca levantaba la voz. Es más, en alguna reunión, las voces de los integrantes empezaban en volumen alto, pero a medida que ella iba cebando los mates, todos terminaban hablando más bajo, respecto de cuando habían llegado.

Algunos la trataban como la curandera del pueblo. Nunca escuché que cobrara por una consulta. Algunos llegaban apurados. Al irse, ninguno volvía a mirar el camino. Todos aquellos que sufrían una dolencia, en un pueblo sin médicos, sabían de Doña Zoraida y no dudaban en visitarla. Incluso si tenían una mascota, que la veían decaída, también terminaban en Doña Zoraida.

Durante tres años, no regresamos al lugar. Y, cuando volví, pasé por el frente de la loma donde vivía. Me bajé del auto para verla. Ya no estaba. Solo encontré el rancho abandonado y sus “yuyos” rodeando las ruinas, como cuidando el legado de la abuela Zoraida.

Años después, cada vez que alivio el dolor de un paciente, vuelvo a percibir el humo del brasero, el mate tibio entre las manos y aquella loma cubierta de “yuyos”, de quien también eligió el servicio al otro, como parte de su vocación.

Facebook
Twitter
Reddit
WhatsApp
Telegram