julio 2026

La vida que no fue

77-La vida que no fue

María Ottaviano

Yo era mozo de la confitería de la calle Rivadavia, la que está frente a la plaza 25 de Mayo, en Catamarca.

A fuerza de años, uno aprende a reconocer a los clientes habituales antes de que crucen la puerta. Y aquellas mujeres, sobre las que relató María Ottaviano en “Culpas y mandatos”, eran de las más conocidas.

Elegantes. Con perfumes suaves. Collares discretos y saludos sonoros, que obligaban a todos a girar la cabeza hacia ellas.

Aquella tarde, habían reservado una mesa grande. Serían nueve.

—Hoy cumple años Ángela Justina —me informó una de ellas, apenas se sentaron, como si yo tuviera la obligación de saberlo.

En cierto modo, sí lo sabía porque, cada tanto, celebraban el cumpleaños de alguna.

Habían encargado una torta para cierta hora de la tarde. Cuando la llevé, según el momento preindicado, todas se pusieron de pie para cantarle el “Feliz cumpleaños”.

Observé que la mujer del centro sonrió apenas. Bajó la vista un instante antes de agradecer los aplausos.

Después, llegaron las fotos, los abrazos, los regalos. Y, recién entonces, me permitieron servir el té.

Yo iba y venía entre las mesas. No era mi intención escuchar, pero, cuando un grupo habla tan fuerte, resulta imposible no enterarse de algunas cosas.

Escuché mencionar un esposo, hijos, nietos, viajes, joyas y buena salud. Empecé a entender por qué todas la miraban con admiración, de acuerdo con las palabras de sus amigas. Porque tenía esposo, hijos y nietos. Había viajado por el mundo. Tenía joyas, buena salud y una familia unida.

Mientras retiraba los platos vacíos, escuché como una tras otra enumeraban sus viajes, sus hijos, sus nietos, su matrimonio y su salud. Nadie mencionaba otra cosa.

Pero, a medida que avanzaba la conversación, empecé a notar algo.

Las amigas hablaban como si estuvieran repasando una lista:

Casarse.

Tener hijos.

Comprar una casa.

Ser abuela.

Mantener el matrimonio.

Aguantar infidelidades.

Aguantar abandonos.

Aguantar decepciones.

Y cada una defendía su propia historia.

Cada vez que regresaba con la tetera, alguna dejaba de sonreír antes de hablar.

Una había sido abandonada.

Otra, nunca se había casado.

Otra, había soportado amantes de su esposo.

Otra, seguía justificando a un marido muerto.

Y, entonces, ocurrió algo que me obligó a quedarme unos segundos más de la cuenta, junto a la mesa.

Ángela Justina, la mujer que supuestamente lo tenía todo, dijo que aquellas conversaciones eran propias de mujeres a las que no les había ido bien en la vida.

Recuerdo que una cucharita cayó contra un plato. No sé quién la soltó, pero todas quedaron inmóviles. Incluso, yo.

Entonces, si a ella no le había ido bien, ¿qué quedaba para las demás?

Las respuestas comenzaron a aparecer, lentamente. No fue una confesión de golpe. Fue como ver abrirse una grieta.

Primero, habló de sus hijas. Después, del matrimonio. Seguidamente, de su trabajo. Y, por último, llegó a una frase que hizo callar a toda la mesa: “Yo quería ser médica”.

Después de esas palabras, nadie volvió a mencionar esposos ni nietos.

La línea de la conversación había cambiado. Ahora trataría sobre otra cosa. Sobre las vidas que uno no había vivido.

Yo seguía trabajando, pero, cada vez que pasaba cerca de la mesa, veía cómo las expresiones cambiaban.

Las mujeres que habían llegado convencidas de conocer a Ángela Justina, empezaban a descubrir a una desconocida.

Escuché hablar de Córdoba: de un padre que la apoyaba; de una madre que no permitió que se fuera de casa; de una época en que una hija debía esperar el matrimonio para poder abandonar el hogar.

Vi cómo la mujer más admirada del grupo se convertía, poco a poco, en una muchacha de dieciocho años, quien todavía lloraba una oportunidad perdida.

Cuando mencionó los quirófanos, advertí que sus ojos brillaban.

Y, cuando dijo que habría entregado toda la vida que le había tocado a cambio de ser médica, ninguna de sus amigas respondió enseguida. Ni siquiera las más “habladoras”.

Hubo un silencio distinto.

Nadie buscó otra taza. Nadie acomodó el plato. Yo también evité acercarme.

Después de ese silencio, la merienda tomó otro rumbo, gracias a la picardía de Graciela Rodríguez, una de las invitadas.

Finalmente, la tarde terminó entre risas más suaves que las del comienzo.

Cuando se levantaron para marcharse, ayudé a correr las sillas.

Ángela Justina fue la última en salir. Pasó junto a mí y me agradeció el servicio.

La vi alejarse hacia la plaza, junto a sus amigas. Seguía caminando despacio, como quien todavía conversa con la muchacha que había querido entrar a Medicina. La vi cruzar la plaza sin mirar a nadie.

Durante toda la tarde, ellas habían repetido que Ángela Justina era la mujer que había conseguido todo. Sin embargo, después de escucharla, me pareció que no. O quizá, sí. Solo que no por las razones que ellas creían. Porque aquella mujer había llegado a los setenta y dos años conservando intacto su sueño.

Terminó mi turno, acomodé el bar y me retiré.

Mientras volvía a mi casa, seguía pensando en aquella mujer de setenta y dos años que todavía caminaba junto a la muchacha que había querido estudiar Medicina.

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