octubre 2025

Sedantes

46-Sedantes

María Ottaviano

Tiqui, tiqui, tiqui... Así es el sonido que producen las patitas de Sansón, al caminar. Y se escuchan más fuertes cuando corre, que es lo que sucede con más frecuencia.

Sobre Sansón les conté en “Unos cuantos Sansones”. Y en “Picachu”, les hablé, justamente, sobre Picachu.

Son nuestros compañeros en casa. Y, en muchas oportunidades, de viaje, también.

Sansón es un Dachshund, más conocido como “Salchicha”; Picachu es un Jack Russell Terrier. La diferencia entre ellos, además de sus razas, es que Sansón tiene apenas cinco meses, mientras que Picachu, unos diez años. Es decir, Sansón llegó a la vida de Picachu, justo cuando este último ya estaba en la etapa de reposo…

Hay que reconocer que Sansón lo persigue por toda la casa, le muerde la cola cortada y muchas partes más de su cuerpo. Quiere jugar y jugar.

Picachu, al principio, estaba permanentemente buscando a cuál sillón o silla subirse, para ponerse a salvo. Ahora, ni siquiera eso puede, porque Sansón ha crecido y ya da saltos que le permiten subir a casi todos los lugares donde quiere, incluyendo sobre Picachu. Tanto es así que, por las noches, cuando les doy sus respectivas camas, para que se acuesten a dormir, si Picachu llega primero a la cama circular, Sansón se acuesta encima de Picachu, para recordarle que la cama redonda es para él, para Picachu. Pero si Sansón llega primero y toma posesión de la cama circular, Picachu se sienta sobre la cama rectangular —que es la de Sansón— y me mira para que ponga orden.

Sucede que Sansón no puede dormir en la cama redonda, porque le resulta chica. Él es más largo que Picachu. Es un cilindro con cuatro patitas cortas.

Increíblemente, todas las noches, tengo esta tarea de acomodarlos. Los tapo. Les canto “Noni-noni”, les digo que cuiden la casa, nos cuiden a nosotros y entre ellos dos, y les hablo sobre lo que pueden y no pueden hacer dentro de la casa: pis y caca. Luego de mis consejos, se duermen rápidamente.

Sus días suelen ser muy largos. Con mi esposo, nos ocupamos de que estén entretenidos y no descansen tanto, para que a la noche sí duerman y no molesten a nadie con sus ladridos… mucho menos a los vecinos.

No obstante, sufren la distancia desde la sala hasta el dormitorio. Es una distancia que les duele, porque no nos ven. Y, cuando ya están descansados, cuando ya han dormido lo suficiente, nos buscan. El problema es que lo hacen… ¡a las seis de la mañana!

Al comienzo, tratábamos de no escucharlos. O nos levantábamos a esa hora y desayunábamos. Pero una mañana, empujaron tanto la puerta del pasillo, que lograron abrirla, pasaron al dormitorio y se subieron a nuestra cama. Claro que, de todo esto, nos enteramos unas cuantas horas después, cuando vimos la cabeza de Sansón, apoyada en nuestra almohada, además de panza arriba y entre nosotros dos. Y a Picachu, hecho un rollito, detrás de mis rodillas. Ya eran las once de la mañana.

Fue nuestro tema de conversación ese día. ¿Por qué no nos dimos cuenta de que Picachu y Sansón se habían subido a nuestra cama? ¿Por qué dormimos tanto? También dialogamos sobre los “pros” y los “contras”. Porque deben estar limpios, vacunados, es decir, sin enfermedades. Todas cuestiones que atendemos desde el comienzo. Es más, Picachu hacía escándalos cuando lo bañábamos. Pero al llegar Sansón, a quien comenzamos a bañar en la pileta del lavadero, Picachu empezó a pedirnos que lo bañáramos, también. ¿Cómo lo advertimos? Bueno… Cada humano conoce a su mascota y se da cuenta de lo que quiere y lo que no.

A pesar de tener cubiertas todas las atenciones primarias hacia ellos, la preocupación subsistió por razones de cuidados hacia nosotros, por lo que continuamos haciendo consultas con el veterinario.

Mientras tanto… lo volvieron a hacer. Nos despertamos y vimos a Picachu a los pies de 2 treinta y uno, y a Sansón, entre nosotros dos, panza arriba, con la cabeza apoyada en nuestra almohada. Ellos dos encontraron la forma “manada” en la cama para dormir: Picachu, como buen hermano mayor, cede el espacio común entre sus papás a su hermano más chico, Sansón. Y Picachu se acuesta en ciertos espacios más “abiertos”, como si fuera el jefe de la manada, más alerta para cuidar a sus padres y a su hermanito.

Claro que tuvimos que despertarlos de sus profundos sueños. Pero esta vez ya eran las once y media de la mañana. ¡Otra vez! No sabíamos si desayunar o esperar para, directamente, almorzar.

—¿Qué nos está sucediendo? —le pregunté a 2 treinta y uno—. Tengo la sensación de haber dormido muy bien durante la mañana. El otro día me pasó igual.

—Siento lo mismo —me respondió.

Que los perros se sientan más seguros a nuestro lado, durante el sueño, es comprensible. Porque son horas en que están vulnerables (como les ocurría a sus antepasados, los lobos, que se turnaban para dormir). Y si están a nuestro lado, lógicamente, pueden descansar tranquilos. Pero… ¿qué sentimos los humanos en la misma situación?

Evidentemente, tenemos una relación con ellos de mucho apego, porque son nuestra compañía. Porque nos divierten. Confiamos en ellos y ellos confían en nosotros.

Nos consideran una fuente de calma, y viceversa. Entonces, actúan como sedantes, porque dormimos totalmente entregados al descanso. Despertamos sin sueño, sin somnolencia.

Pienso que la naturaleza nos brinda muchos mensajes beneficiosos. ¿Será que también nos dice que puso a las mascotas para evitar la utilización de medicamentos para dormir?

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