octubre 2025

El “brete” de la vida

49-El brete de la vida

María Ottaviano

Muchas veces, a lo largo de nuestra vida, nos sucede estar en un momento difícil. Y, con el agregado, de que nos parece que no saldremos de él.

A esa circunstancia solemos denominarla: “Estoy metida en un ‘brete’”, haciendo alusión a una estructura montada en los campos, que se utiliza para aquietar a los animales, a los que se los hace entrar y, en un momento dado, se los inmoviliza —para vacunarlos o bañarlos—, y luego siguen el camino que la misma estructura les marca. Es decir, no pueden hacer marcha atrás. Además, detrás de cada animal, vienen otros, y la posibilidad de retornar se torna aún más improbable.

Lo cierto es que, para los humanos, estar metidos en un brete implica circunstancias penosas, a veces desgarradoras, que, si nos suceden en la adultez, duelen. Claro que duelen. Pero, de alguna manera, seguimos adelante solos. Y, si se presentan en los años de la infancia o la adolescencia, es dificilísimo vislumbrar el destino.

Lo cierto es que venimos al mundo y somos arrojados en alguna parte. En la lotería que nos toca al nacer, puede que sea en un lugar sin problemas religiosos, o sí. Con necesidades de migración, o no. Sin escasez de agua, o sí. Y tantísimos escenarios más, que hacen feliz o infeliz a cada ser humano. Más que nada, y por sobre todas las cosas, esa felicidad depende de si, al llegar, se es amado y protegido por los padres, o no.

Al reino humano, le suceden todas estas cosas. Y, a los reinos vegetal y animal, también.

El reino vegetal precisa de la ayuda humana, en tanto que debe ser cuidado y respetado. Y el animal, al que hice referencia en otros encuentros anteriores, también.

En el caso de los animales, en muchas ocasiones hasta hay que convertirse en mamá de las crías. Porque, a veces y dependiendo de qué animal sea, es preciso alimentarlos para que no mueran, ya que sus mamás los abandonan, debido al instinto de supervivencia o, simplemente, por la inexperiencia maternal.

Tal fue el caso de una becerra que, en la primera semana de octubre, conocimos en Villa La Candelaria Sur, durante una pausa de cuatro días que hicimos con 2 treinta y uno.

Decidimos ir campo adentro. Observar cómo es la vida allí que, para nada se parece a la vida de ciudad, porque en el campo no hay fin de semana, no hay feriados, no hay horarios, no hay cines ni grandes tiendas. Si un animal se enferma, no se le puede decir que espere hasta el día lunes para ser atendido. En el campo solo hay caminos de tierra, grandes distancias, y mucha soledad acompañada de la esperanza de que llueva para que no falte el agua.

Les contaba acerca de una becerra. Tenía dos días. Aún se encontraba hidratada, pero no se paraba. Estaba solita en medio del campo. 2 treinta y uno la revisó como médico (pero no como veterinario, porque no lo es), y utilizó una expresión aplicable a los bebés humanos: “Hay que darle leche a demanda”. Es decir, cada media hora. Porque, seguramente, la estaba requiriendo, pero no sabía cómo comunicarse.

Al día siguiente, fuimos a verla. Ya se había parado y había caminado unos tres metros.

Fue maravilloso alimentarla. Sentir que algo estaba haciendo por ella. En verdad, su situación era la de un ser sintiente, ya que estaba “sintiendo” el abandono de su madre, debido a la falta de estímulo transmitido por ella mediante lamidos instintivos que, en definitiva, es lo que hace que los terneros puedan respirar profundamente, ponerse de pie y mamar.

Todavía falta tiempo para saber si se salvará y vivirá. Está en manos humanas. Y, de vivir —estoy segura de que lo logrará—, tendrá mi nombre…

Solo espero que no decida querer vivir toda su vida a mi lado, porque crecerá y será una vaca de un metro y medio de alto, por dos metros y medio de longitud. Digamos que… cuando salga del “brete” en el que está, será mejor que se una a su rebaño. Y así será.

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