María Ottaviano
Matilde quería un hijo. Pero su naturaleza no la acompañaba. Ya le había planteado a su esposo la separación, tras haberse enterado de que ella no podría tener bebés. Le dijo que lo dejaba libre para que se uniera a otra mujer, que sí pudiera tenerlos. Sin embargo, la respuesta de él fue que, en el momento de casarse, había prometido estar a su lado en todas las circunstancias en que la vida los pusiera. Y esta era una de esas circunstancias.
Corría abril de 1986. Matilde había hecho todos los tratamientos posibles. Sus posibilidades de quedar embarazada eran nulas. Su esposo, Domingo, había accedido a realizar también estudios médicos. Él era fértil. Y fue él quien le propuso a Matilde adoptar un bebé.
Comenzaron los trámites. Y empezó también el agobio, porque todo era lento y complejo. Vivían en Avellaneda, Buenos Aires, y se les sumaba que las distancias en kilómetros para hacer los papeleos, también eran complejas. Pasaron dos años desde la decisión de adoptar, pero no conseguían su propósito.
Ambos estaban muy angustiados. Temían volverse viejos para criar un hijo. Y, esto, justamente, le dijeron al médico.
—¿Por qué no me hablaron de sus planes de adopción antes? —expresó el doctor Luna—. Yo les habría facilitado las cosas.
—¿De qué manera, Doctor? —preguntó Domingo.
—En los hospitales, hay bebés abandonados por sus madres —respondió el Médico.
—Y esos bebés son puestos en adopción…—completó Matilde, rápidamente.
—Miren… Den una vuelta cada tanto, acá en la Maternidad. Hablen con las enfermeras. Comenten que están buscando adoptar un bebé…
—¿Y…? —dijo Domingo.
—Paciencia, Domingo. Hagan lo que les propongo. Y vengan luego a verme.
Matilde y Domingo salieron del consultorio del doctor Luna, algo desconcertados:
—¿Que vengamos a la Maternidad a dar una vuelta…? —le dijo Domingo a Matilde—. No comprendo. Además, ¿en qué tiempo? Si no voy al trabajo, me van a echar.
—Yo tampoco entiendo bien. Pero si él dice que hagamos eso, se hará. Y no te preocupes. Vendré sola.
Al día siguiente, Matilde hizo lo que le aconsejó el doctor Luna. Es decir, fue a la Maternidad para recorrerla, sin saber qué hacer.
Llegó, y sus piernas la llevaron, lógicamente, hacia donde estaban los bebés. Se quedó mirándolos detrás del vidrio. Algunos estaban en incubadoras. Otros, en cunitas.
Las enfermeras no descansaban ni un minuto. Esto llevó a que Matilde golpeara el vidrio, y le hiciera seña a una enfermera, para hablarle. La enfermera salió para preguntarle qué precisaba:
—¿Usted es la abuela de uno de los bebés y quiere saber cuál es? —le preguntó la enfermera.
—No, no. Ojalá fueran mis nietos, o mis hijos —respondió Matilde—. Mire. No sé si es que se puede… Es que… ¿cómo le explico?
—Usted quiere ayudarnos —sonrió la enfermera—. Vaya a hablar con mi jefa. Es aquella que está hablando con esa señora de abrigo azul. Pregúntele a ella, a ver qué le contesta.
Matilde se acercó a esa enfermera y le expuso lo mismo que a la anterior:
—¿Usted dispone de tiempo? Porque, a veces, se ofrecen a venir, pero no lo hacen con constancia —le explicó la jefa de enfermeras.
—Puedo venir todos los días, a la hora que usted me diga —respondió Matilde.
—Y hoy, ¿podría quedarse?
—Sí, claro.
La jefa de enfermeras la llevó a un sector para que dejara su abrigo y cartera. Le pidió que se lavara bien las manos y los brazos, y que se pusiera un barbijo. Matilde siguió todas las indicaciones.
—Aquí hay bebés prematuros, que están en incubadoras. Los atienden las enfermeras —le explicaba la enfermera jefa—. Y también hay bebés cuyas mamás no sabemos dónde están… —la miró a Matilde que se estaba poniendo blanca y le colocó sus manos sobre los hombros— ¿Cómo te llamas?
—Matilde.
—Matilde, yo me llamo Susana. Mira, no te pongas mal. Aquí hay bebés que quedaron solos. Sus mamás se fueron. Los abandonaron. Pero nosotras no estamos para juzgar lo que hicieron. Si no que nos abocamos a cuidarlos hasta que la Justicia determine qué hacer con cada uno.
En ese instante, Matilde comenzó a comprender lo indicado por el doctor Luna.
—Tu tarea será, cada vez que llegues, que nos acompañes. De cambiarlos y alimentarlos, se ocupan solo las enfermeras. Pero no tienen posibilidad de quedarse al lado de cada uno porque, como ves, en este momento son setenta y cinco bebés para cinco enfermeras.
Matilde se quedó toda la mañana. Hasta que las enfermeras le dijeron que ya tenía que volver a su casa.
A la mañana siguiente, regresó. Y al otro día. Y al otro día.
Pasaron dos meses. El número de bebés cambiaba diariamente. Ella se aferraba a encontrar un hijo o una hija.
Una mañana, en que apenas había doce bebés en la sala donde siempre la enviaban, escuchó a un bebé llorar. Pero no estaba en ese lugar, sino en la sala contigua.
Caminó guiándose por el sonido del llanto, hasta llegar a esa cuna. Era un varón. Su llanto era desgarrador.
—¿Por qué llora tanto? —le preguntó a la enfermera que estaba allí—. ¿Está enfermo?
—¿Quién? ¿El “teléfono”? —respondió la enfermera, al mismo tiempo que aclaró— Lo llamamos “teléfono”, porque es negro, como los teléfonos fijos que tienen nuestros padres en sus casas. De esos viejos. Míralo. Es de carita redonda y chata.
—¿Cuánto hace que está aquí? ¿Por qué llora tanto? —preguntó Matilde, casi desesperada.
—Hace veintidós días que nació. Su madre se fue sin que le dieran el alta, y lo dejó. Llora día y noche, porque está solito. No ha tenido, ni tiene contacto piel a piel. Ya sufre de “síndrome de hospitalismo”.
—¿Por qué no me hablaron de él? —dijo Matilde, casi enojada.
—¿Vas a adoptar a un niño así, que es un “teléfono”? —le respondió la enfermera, con total honestidad.
—Si Dios puso a este niño en mi camino, es porque será mi hijo.
En la sala, se produjo un silencio total y una mirada de respeto hacia ella.
Matilde salió de la sala y fue corriendo a buscar al doctor Luna, con quien procuró hablar en privado.
—Doctor Luna, encontré a quien será mi hijo. Enseguida llamo a Domingo para que venga y vemos qué hay que hacer para adoptarlo.
—¿Sabes que te será complicado al principio? Ha estado solo mucho tiempo.
—Será mi hijo, Doctor.
—Bueno. Llama a Domingo y no hagas nada más. Deja que el resto lo haré yo. Porque saldrás de esta maternidad con el niño en brazos y los papeles como si quien lo hubiera parido, fuiste tú.
Matilde no razonaba, debido a la emoción. En lo único que pensaba era en que acababa de convertirse en mamá…
Efectivamente, el doctor Luna, médico obstetra y jefe de guardia, firmó el certificado de nacimiento. Si bien había nacido hacía veintidós días, el niño salió de la Maternidad como nacido ese día: 10 de mayo de 1986.
Después de ese gran día, Matilde no regresó a la Maternidad como voluntaria. Se abocó al cuidado de su hijo. Andaba por la casa con el torso desnudo y el bebé desnudo, también. Esperaba darle todo el contacto piel a piel posible, para que Sebastián —así lo llamaron— dejara de llorar.
Fue una misión casi imposible. Pasaban los meses y Sebastián seguía llorando sin parar. El pediatra les había dado todos los consejos para ayudar a Matilde y a Domingo, para que pudieran calmar ese dolor del niño que se llamaba, simplemente, “abandono”.
Claro que, un día, Sebastián comenzó a parar de llorar. Estaba en un seno familiar, en donde los afectos eran primordiales a toda hora. Era amado por sus padres, abuelos, tíos y primos.
Sebastián crecía, pero siempre sufría. Le costó estudiar. Apenas logró cursar la escuela primaria. Fue un niño triste, un adolescente triste y un joven triste. Hasta que un día se planteó el por qué se sentía así y no sabía cómo contestarse. Estaba rodeado de amor y no había motivos para tanta tristeza.
Falleció a los 32 años, debido a un paro cardíaco. Tiempo después, sus padres se plantearon si es que habían hecho bien o mal en no contarle el comienzo complicado de su vida. Porque todo aquello que a cada ser humano se le oculta, creyendo que así no se le producirá un dolor, de alguna manera, lo presiente y no puede identificar de qué se trata.
Sebastián fue un caso. Pero hay miles de casos así. Tal vez, si tomamos conciencia de que estas cosas suceden, habría más mamás a las que se les llama “abrazadoras” o “mamás canguros”, en cada maternidad y clínica. En definitiva, voluntarias que dedican horas de sus días a abrazar a los bebés que, por diferentes causas, nacen y están solitos, aunque no se trate de bebés abandonados.
La piel de un ser humano pegada a la piel de otro ser humano siempre salva vidas…