noviembre 2025

Lloraba cuando llovía

52-Lloraba cuando llovia

María Ottaviano

No encontraba la razón de por qué se sentía mal algunos días. Más tarde comenzó a darse cuenta de que entraba en ese estado de malestar cada vez que estaba por comenzar a llover. Y de lo que siempre se percataba era de que lloraba cada vez que llovía, y el llanto se iba con la misma lluvia.

Tulia vivió así durante casi cinco décadas, sin encontrar los motivos que le hacían atravesar tan triste malestar. O, si se quiere, sin comprender cuál era la emoción que le despertaba el agua caída del cielo.

Ante esta situación, que se repetía, una “amimana” le propuso participar de un encuentro que dirigía un sacerdote español:

—Tulia —le dijo cariñosamente su “amimana” llamada Serena—. No sé si tus padres eligieron tu nombre sabiendo su significado…

—Sé que significa “lluvia” —respondió Tulia—. Pero lo supe hace poco. Siempre me quedé con la explicación de mi madre, quien me decía que había elegido ese nombre porque había sido el de su madre.

—A ese malestar que sientes cada vez que está por llover, y durante la lluvia también… ¿Será que, quizá, tu nombre te incomoda porque significa “lluvia”, y eso te hace llorar en esos momentos? —preguntó Serena.

—No. En verdad no. Te repito: el significado lo supe después. Mis angustias son desde que tengo memoria —y prosiguió—. Lo he tratado con dos psicólogos. Y, al momento de planteárselos, me miraron con una cara… Como diciendo: “¿Qué me estás preguntando?”.

—Evidentemente, no han sabido cómo encarar el tema —dijo Serena—. Yo tampoco sé qué te puede estar sucediendo. Pero… Quiero proponerte que participes de un encuentro dirigido por un sacerdote. Yo ya lo hice. No es necesario que seas creyente. Se trata de otra cosa. Da la casualidad que lo está dictando él. Y no puedo contarte de qué se trata. Pero sí puedo decirte que te servirá para cosas de tu vida. Es un solo día.

—Todo lo que viene de ti, Serena, es bueno —dijo Tulia con tranquilidad—. Así es que iré. Dime dónde y cuándo.

Serena le entregó un folleto. Tulia viajó desde Tanti, provincia de Córdoba, hasta Villa General Belgrano, también en la provincia de Córdoba, pero en otro valle. El encuentro se produjo un domingo de agosto del año 2018.

Tulia llegó, pero no conocía a nadie. Eran unas veinte personas. El sacerdote español, llamado Santiago, comenzó a hablarles sobre las cosas que sentíamos los seres humanos, mientras estábamos siendo gestados.

El tema, de por sí, era interesante, pero Tulia no comprendía qué tenía que ver con ella.

Las horas fueron pasando. Todos estaban atentos a lo que Santiago explicaba. Y, aquellos presentes que tenían hijos, comenzaban a preguntarse qué habían hecho, qué habían vivido, mientras esperaban a sus hijos. Pero no era, justamente, la situación de Tulia, porque ella no tenía hijos.

En un momento en que Santiago propuso un recreo con merienda, Tulia se acercó a él para hablarle y decirle que aún no entendía cómo relacionar lo que a ella le sucedía con lo que él estaba hablando:

—¿Y qué es lo que te sucede, “Lluvia”? —la miró como diciendo que sabía muy bien el significado de su nombre—. ¿Qué sabes de tu madre cuando estaba embarazada de ti?

—Lo único que sé es que se estaba volviendo loca —habló por primera vez sobre esto—. Uno de mis hermanos había muerto hacía tres años antes de que me encargaran. Y estoy convencida de que, quien buscó tenerme, fue mi padre. Seguramente, habrá pensado que le haría bien a mi madre.

—¿Y por qué dices que tu madre se estaba volviendo loca? —inquirió Santiago.

—Porque visitaba la tumba de mi hermano todas las semanas. Le llevaba autitos, juguetes, y los dejaba allí.

—Y en esas visitas al cementerio, ¿ya te estaba esperando a ti?

—Sí. Pocos días antes de que yo naciera, se cumplieron los cuatros años desde la muerte de mi hermano —y allí se acordó de algo más—. Y, como en los días que estuvo mi madre internada, por mi nacimiento, no pudo ir al levantamiento de la tumba de mi hermano, fueron mi padre y mi abuela. Ellos, al regresar, le dijeron que no habían encontrado ni los restos de los huesitos.

Santiago comprendió lo que el padre de Tulia había hecho, para salvaguardar la salud de su esposa. Pero no se quedó en eso, sino que le preguntó algo más:

—Y dime… ¿Sabes si tu madre, en esas idas al cementerio para visitar la tumba de su hijo, mientras te llevaba a ti en su vientre, habrá ido también en días de lluvia?

Tulia entendió todo. Por fin entendió qué le pasaba. Su llanto, antes y durante las lluvias, era una repetición de la triste emoción que había experimentado su madre cuando iba al cementerio, mientras la gestaba.

—Santiago… No la puedo culpar —reflexionó Tulia—. Tal vez, de haberme pasado a mí, el hecho de que se me muriera un hijo… Quiero decir… de haber estado en su lugar, tampoco habría pensado que esas tristes emociones se las transmitía a mi bebé.

—Claro que no la puedes culpar —dijo Santiago—. Pobrecita, transitó el duelo como pudo.

Ese día, Tulia descubrió por qué lloraba antes y durante la lluvia. Era la emoción que su madre le había transmitido mientras la gestaba. Pero, al entender, pudo abrirse a un cambio porque, a partir de ese día, aunque a veces, todavía hoy, le brotan algunas lágrimas ante la lluvia, puede entender qué le pasa y, entonces, puede parar de llorar.

Es cierto que todo lo que rodea a una mamá gestante lo absorbe su bebé. Y de esto hay que hablar…

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