María Ottaviano
A algunas personas les pasa que, luego de hacer algo que no es correcto, sienten culpa y buscan remediar lo hecho. Entonces les sobreviene la pregunta retórica: ¿Por qué lo hiciste, si sabías que no lo debías hacer?
Mejor, vamos a la historia de algunas de estas personas, a quienes vi de cerca su accionar, durante las vacaciones de julio, en 1981.
Para ser más precisa, esto sucedió en Lanús, que queda en la zona sur del Gran Buenos Aires. Yo estaba pasando unos días en la casa de los abuelos de mi amiga Juliana, compañera en la escuela secundaria.
La casa de los abuelos de Juliana, José y Alba Ortiz —más conocidos como “los Ortiz”—, tenía un zaguán que hacía las veces de entrada de la casa, seguido de un patio interno lleno de plantas, que servía de distribución de todos los ambientes de la casa: dos cocinas, un baño, dos comedores y seis habitaciones.
Esa distribución y repetición de ambientes, como cocina y comedor, se debía a que, en 1954, año en que llegaron de España los abuelos de Juliana a Argentina, hicieron más divisiones a la casa —que compraron en Lanús con el dinero de la venta de la casa de los padres de Alba en Madrid—, para poder rentar cuartos a personas solas. De esa manera, podían generar ingresos para mantener a la familia, ya que eran de condición muy humilde.
Al llegar a Argentina, ya tenían a sus tres hijos: Juan, Antonio y Pedro. Este último, el padre de Juliana.
Pedro, como había conseguido un trabajo en Córdoba siendo muy joven, se mudó y allí conoció a quien luego se convirtió en su esposa y con quien tuvo a Juliana.
Pero los otros dos hijos se fueron quedando y quedando en casa de sus padres. Y, como la casa era grande, al casarse se quedaron a vivir allí mismo. Luego nacieron sus hijos. Es decir, en 1981, ya eran diez personas las que vivían allí, contando a los nietos de José y Alba.
José le repetía a Alba, cada vez que le molestaba algo de sus hijos y respectivas familias:
—No sé qué ha sido peor en nuestras vidas. Si haber dividido la casa para alquilarle cuartos a desconocidos, o convivir con estos, que son muy conocidos (refiriéndose a sus dos hijos y familias).
De mi estadía en esa casa, con esa gran familia, recuerdo que se respiraba cariño en cada rincón, permanentemente. Todas las noches, antes de acostarse, cada uno saludaba a todos con un beso y un “Que duermas bien. Te quiero”. Los nietos abrazaban a sus abuelos con tanta dulzura que, si José ese día se había quejado de cualquier cosa, se olvidaba ante los besos interminables de sus nietos.
También recuerdo un evento muy puntual que ocurrió mientras estuve con los Ortiz. Sucedió el día domingo, durante la tarde. Y fue que, de repente, se escucharon gritos de aviso que daba Adelina, la nieta más chica de José y Alba:
—¡Llegaron los de Pilar! —y repitió—. ¡Llegaron los de Pilar!
Espontáneamente, se produjo un despliegue de movimientos rapidísimos consistentes en dejar la menor cantidad de cosas al alcance de las manos de cualquiera. Las nueras de José y Alba levantaron todos los adornos de la casa y los llevaron a sus dormitorios, a los que cerraron con llave. Los hijos de José y Alba entraron al baño y vaciaron el botiquín dejando solo una toalla y el papel higiénico. Al patio interno, llevaron todas las sillas existentes en la casa. Juan y Antonio se dispusieron a estar parados, en señal de vigilancia. Y, José y Alba, se sentaron en ese patio, haciendo de cuenta de que hacía mucho que estaban ahí, tomando mates.
Todo ese despliegue se produjo entre el momento en que esas personas de Pilar estacionaron su auto en el frente de la casa de los Ortiz, y entraron a la casa. Es decir, en unos cuatro minutos.
“Los de Pilar” —así los llamaban, porque vivían en ese lugar— habían sido la excepción de inquilinos en la casa de los Ortiz. Porque, en vez de alquilarle una habitación a una persona, se la alquilaron a un matrimonio con dos niños pequeños. Sucedió que, a los abuelos de Juliana, cuando esa familia se acercó para alquilar una habitación, les dio tanta pena que anduvieran rodando, quien sabe por dónde, con dos niños pequeñitos. Entonces, accedieron a rentarles la habitación por el mismo precio que a las personas solas, en 1956.
Esa familia vivió en la casa de los Ortiz durante seis meses, hasta que Alba les consiguió en otra parte una habitación más grande en otro lugar:
—Van a estar mejor en el inquilinato que está a diez cuadras de acá —les dijo en ese momento—. Allí, incluso, los niños tendrán a otros niños para jugar.
—Pero… señora Alba, con Mimí acá nos sentimos muy cómodos —respondió Hugo, el inquilino que Alba quería que se fuera de su casa llevando a su esposa y dos hijos— Además, nosotros salimos a trabajar y usted nos cuida a los niños.
Esto último, en su momento, le había pesado mucho a Alba. Por un lado, no entendía para qué se había comprometido a hacerse cargo de los niños de Hugo y Mimí. Por otro lado, la había dominado el sentimiento solidario de ayudar a las personas en lo que necesitaran. Y por esta misma razón le habían alquilado a esta familia.
Hugo y Mimí habían llegado a Buenos Aires desde la provincia de Formosa. Según Mimí, le habían ofrecido un trabajo de empleada doméstica. Pero, ella no había hablado de que se mudaría con esposo e hijos. Simplemente, imaginó que la recibirían con sus condiciones. Y no. La familia que la iba a emplear, no le dio el empleo.
Hugo y Mimí comenzaron a rodar por Buenos Aires. Ni siquiera tenían el dinero para regresar a Formosa… tampoco querían hacer eso. En ese rodar y rodar, durmiendo cada noche en una plaza distinta, llegaron a Lanús. Cuando se enteraron de que los Ortiz alquilaban cuartos, se acercaron para meterse de alguna manera bajo un techo. Ya Hugo era peón de albañil, y podía pagar el alquiler.
José y Alba, en esos primeros años en Argentina, les hacía falta cada peso que podían lograr alquilando habitaciones de su casa. Lo hicieron durante doce años. Entre tantos inquilinos, tuvieron a los venidos de Formosa.
Pasaron seis meses y Alba se decidió a hacerles la propuesta de que se mudaran.
Finalmente, la familia inquilina aceptó la sugerencia. Se mudaron al inquilinato. Y siempre quedaron muy agradecidos con los abuelos de Juliana, por el buen trato recibido.
Hugo y Mimí trabajaron mucho. Hugo aprendió el oficio de albañil y Mimí trabajó como empleada doméstica en varias casas (pero no duraba mucho tiempo en ninguna). Y también lograron mudarse a Pilar, donde construyeron su casita. A partir de ese momento, pasaron a ser llamados “los de Pilar”
Amén de ser una familia atenta, los de Pilar tenían un problema: robaban sin necesidad. Robaban de manera impulsiva cosas que ni siquiera les hacía falta. Y, cuando los abuelos de Juliana se daban cuenta, con mucha suavidad les pedían que se los devolvieran.
Los de Pilar sentían culpa, remordimiento y mucha vergüenza. Pero no lograban corregirse.
—Esta gente es buena —decía Alba, allá, por 1956—. Y tienen que aprender que hay cosas que no se hacen.
Pasaron los años. La familia de Pilar creció, y cada integrante que se sumaba, hacía exactamente lo mismo. Y esos integrantes sumados, escuchaban hablar de lo bien que habían sido tratados por la familia de Lanús. Por ese motivo, los nuevos integrantes de la familia de Pilar, también visitaban a los de Lanús, aunque nunca hubiesen vivido en esa casa. Era amor puro lo que sentían. Un amor heredado.
Ese domingo en que yo estuve, todos tomamos mates. A los niños les sirvieron leche con chocolate, y para todos hubo galletitas dulces y facturas.
Después de dos horas, se despidieron y subieron al auto. Alba se acercó a ellos para hablarles. Le pidió a Hugo que bajara el vidrio de la puerta, y les solicitó que, por favor, devolvieran la bombilla del mate, el plato donde les había servido las galletitas y el papel higiénico. Le devolvieron todo sin titubear y con lágrimas de arrepentimiento.
Rápidamente, me contaron la historia de “los de Pilar”. Y Juliana explicó que sus abuelos estaban convencidos de poder ayudar a cambiar de forma de ser a sus históricos inquilinos. Y que tardaron años en comprender que era imposible, porque se trataba de una familia de cleptómanos. Que jamás lograrían alcanzar el cambio, salvo, que hicieran tratamiento:
—La bondad de mis abuelos no alcanzaba —explicó Juliana—. La cleptomanía es un trastorno psicológico. Si bien ahora lo comprenden, también sienten pena por ellos. Por ende, sienten amor hacia ellos, porque no roban de manera intencional.
Esa noche emprendimos el viaje de regreso a Córdoba. De mi parte, además de conocer Lanús, aprendí sobre este trastorno. Y jamás olvidé ni olvidaré esa tarde, porque lo que primó fue la comprensión y el amor hacia personas que, después de hacer lo que no debían hacer, se sintieron muy mal.