diciembre 2025

Preludio

G7-Preludio

2 treinta y uno

No dejaba de dar vueltas en mi mente, e ilusionarme con el viaje a La Cumbrecita, en la provincia de Córdoba, un lugar al que había ido en mi juventud y al que no había regresado nunca más, pero al que ahora volvería junto a mi esposa, María, para celebrar su primer cumpleaños junto a mí. Después de preparar todo, partimos en nuestro auto que nos marcaba cuarenta grados de temperatura ambiente.

En el camino, mientras el paisaje cambiaba y nos acercábamos a la zona serrana, la vegetación se volvía más verde. Así también, al aproximarnos a los primeros pinos, con su frondosa copa y su intenso verdor, la temperatura ambiente descendía, disfrutando con María, el fresco aire que penetraba por las ventanillas.

Al llegar a nuestro destino, anochecía. Nos detuvimos frente al hotel “La Cumbrecita”. Al descender del auto, la temperatura era de once grados. Parados frente al hotel, tomados de la mano, lo vimos majestuoso, enorme, con ornamentación en madera. Una construcción al estilo alpino. Besé a María diciéndole: “Amor, un sueño”.

En realidad, no lo pudimos apreciar en su total dimensión por nuestro cansancio. Además, se aproximaba una tormenta.

Dejamos todo en nuestra habitación y nos vinieron a buscar para llevarnos a cenar a un restaurante pequeño, en la parte alta del pueblo, sumamente romántico. Había comenzado a lloviznar y esto acrecentaba la sensación de frío. Cenamos tomados de la mano, pero con María no veíamos la hora de descansar. Y, por mi parte, acostarme abrazado a ella, disfrutando del calor de nuestra piel, en tan paradisíaco lugar, cosa que hicimos al regresar del restaurante, no tardando en ser vencidos por el sueño.

Esa noche, como siempre, soñé. Se me aparecía una niña, muy delgada, de unos doce años, aproximadamente, con un vestidito a cuadros, cortito, una blusa blanca y zapatillitas rosas y blancas. Su cabello largo, rubio y dorado caía sobre sus hombros y espalda, llegando hasta su cintura. Sus ojos celestes me miraban fijamente, mientras me sonreía dulcemente.

Fue una aparición fugaz, que me impactó a tal punto que me despertó. Miré a mi lado a María. Dormía con su cabellera rubia sobre la almohada. Acaricié su tibia piel, la arropé un poquito y apagué la luz del velador. No me pude dormir. Me pregunté: Esa muñequita rubia del sueño ¿en qué oportunidad la vi alguna vez?

Al despertar, me sentía feliz por lo soñado. Pero del sueño, no dije nada. No me arrepentía de haber elegido tan maravilloso lugar para estar junto a mi esposa. Para, como dije, festejar 24 horas más tarde, su primer cumpleaños estando a mi lado.

Hacía frío. Desayunamos en la calidez del amplio comedor del hotel, sentándonos en una mesa junto a un amplio ventanal. Después del desayuno, salimos a caminar, disfrutando de la belleza del paisaje.

El sol comenzaba a brindar su tibieza. Caminamos por el parque del hotel, sembrado por blancas margaritas silvestres, la flor preferida de María. Entre el verde del pasto y todas las flores, divisamos unas hermosas flores de loto amarillas, que flotaban en una lagunita de aguas cristalinas, y a las que María acarició arrodillándose en la orilla.

Continuó nuestro hermoso caminar por la calle principal de tierra, entre la frondosa vegetación de pinos, y múltiples flores como amapolas multicolores en sus orillas, floridas y aromáticas rositas rococó y perfumadas enredaderas en los cercos de las casas. Blancas ligustrinas, contrastando con el amarillo reluciente de las retamas en flor.

Cansado, le propuse sentarnos en un banco junto al río de aguas cristalinas, siempre tomados de las manos. Y en mi mente, se me presentaba a cada instante la niña del sueño, que me sonreía y acrecentaba mi felicidad.

Almorzamos junto al río, y volvimos al hotel, caminando lentamente bajo el sol, para descansar. Porque realmente la topografía del terreno, con sus subidas y bajadas, a la vez de disfrutarlas, nos producían cansancio.

Mientras regresábamos, María estaba tan feliz que a mí me parecía que hasta las flores le sonreían respondiendo al amor con que ella las miraba a su paso, despertando cierto sentimiento de celos en mí. Pero tenía a mi esposa siempre tomada de mi mano, y a la niña del sueño prendida en mi corazón.

Al anochecer, nos sentamos en el balcón de nuestra habitación, como viviendo el preludio del día siguiente, el primer cumpleaños de María, juntos.

Toda la noche la estuve acariciando en silencio. Y, en mi sueño, volvió a aparecer la hermosa niña del sueño anterior, pero, esta vez, corría por el parque del hotel, sobre el verde césped y las blancas margaritas silvestres, mientras hacía sonar una vieja campana, que pendía del balcón de una ventana. Esto último me sobresaltó. Era ella. Era mi amor.

Bien entrada la noche, me vestí rápidamente, en silencio, para no despertar a mi esposa. Salí corriendo al parque. Hacía frío. Junté unas margaritas y volví a la habitación, acostándome rápidamente para sentir la tibia piel de María, quien dormía. Esperaba que se despertara. Cuando lo hizo, la besé apasionadamente, entregándole el ramito de margaritas.

Era su cumpleaños. La abracé fuertemente junto a mi pecho, para sentir el latido de su corazón. Aproveché el momento para contarle lo de la niña del sueño, tan parecida a ella, tan dulce como un ángel, que había llegado a llenar los momentos tristes de mis días de soledad.

María no lo podía creer. Con lágrimas en los ojos, mientras la mimaba, me dijo: —Esa niña era yo. Así era a mis doce años. Y tú, mi amor, pensaste en un ángel, pues ¿sabes una cosa? La primera noche que cenamos juntos, el restaurante donde nos llevaron, se llamaba “El ángel”, y tenía un enorme ángel blanco en su entrada —de eso, yo no me había percatado. Y María continuó—. Y hoy, sin querer, la reserva para cenar que nos hizo el hotel, es el mismo restaurante.

Le tapé los labios dulcemente con mi mano, y le dije emocionado:

—No me digas nada más, Amor —y pregunté—. Es el restaurante “El ángel”, ¿sí?

—Sí, mi Amor —contestó María, apretando las margaritas entre sus manos, y besándome.

Pude desahogarme para decirle que, por fin, sabía quién era esa niña del sueño:

—Eras tú, que desde niña estabas destinada a ser el ángel que la vida tenía reservado para mí, para acompañarnos en las noches y días del resto de nuestras vidas.

P/D: Mientras escribía esta reflexión, María leía en la hermosa biblioteca del hotel. Antes, sin saber lo que yo había escrito, me dijo, mirando la ventana de la biblioteca, que también daba al parque, con sus blancas margaritas:

—Amor, ¿viste la planta de alas de ángel que está en la ventana? ¡Qué hermosas flores tiene!

Eso completó mi felicidad.

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