María Ottaviano
¡Qué importante es poder hablar con todo el mundo!
“Con todo el mundo” es una manera de decir. En realidad, me refiero a hablar con las personas: sin tener prejuicios; sin presuponer quién sabe más o sabe menos. Esta es una regla de oro para poder conocer la cultura de cualquier lugar.
Lo confirmé en diciembre de 2025, durante un viaje desde Santo Domingo, República Dominicana, hacia una de sus 32 provincias, cuya capital se llama Santa Bárbara de Samaná, la llave del Caribe, que se fundó en 1756 y sus primeros pobladores europeos fueron familias españolas provenientes de las Islas Canarias. Al menos, es lo que sabía hasta el momento de llegar.
También sabía que, al anclar Cristóbal Colón en 1492, había cinco “cacicazgos” taínos, llamados Marién, Higüey, Maguana, Jaragua y Maguá, (en este último, hoy, se ubica Samaná). Y siguieron llamándose así, cuando a todo ese territorio se lo denominaba “La Española” y estaba unido a Haití. De qué manera fueron cambiando los nombres hasta llegar a los actuales, es tarea que les dejo a los curiosos, porque la lista es larga.
Cada cacicazgo era una región que estaba bajo el mando de un cacique, una autoridad indígena, que era el señor responsable, o autoridad sobre los hombres.
Y la autoridad del cacicazgo de Maguá, era el cacique Guarionex, a quien le respondía otro cacique, muy leal, llamado Xamaná. Nombre que los colonizadores fueron transformando en Samaná.
Hubo algo que me inquietó: la mayoría de los dominicanos tienen muy buen dominio de la lengua inglesa. Me sorprendió, porque sus colonizadores fueron españoles, no ingleses.
“A toda costa”, buscaba hablar con el chofer, que nos llevaba hacia Samaná. Pero él estaba atento a la ruta y, también, abstraído por la música dominicana. Tanto era así que sus manos envolvían fuertemente el volante; sus brazos no estaban estirados sino, más bien, doblados en los codos. Así, llevaba despegada la espalda del asiento y eso le daba la libertad para bailar mientras conducía, sin perder el control y sin olvidar la responsabilidad de llevar a dos pasajeros a su destino.
Intenté hacerle preguntas mientras atravesábamos el Parque Nacional Los Haitises. Pero solo respondía con un “sí” o con un “no”. Entonces le decía a 2 treinta y uno:
—¡Mira los helechos a los costados de la ruta y en las montañas! —2 treinta y uno se sonreía, porque entendía a qué me refería—. En Córdoba, los riego y los riego. Cuido que no se sequen. Pero en cada temporada solo logro tener dos ramitas más. ¡Dos ramitas!… ¡Acá son endémicos!
Es que la majestuosidad del lugar… Formaciones rocosas. Manglares. Una ruta acompañada por arrozales, por casas antiguas pintadas con diferentes colores vibrantes y, además, adornadas con herrería de gusto exquisito.
Mis ojos no sabían qué mirar primero. Y las preguntas hacia el único interlocutor que teníamos quedaban truncas, ya que él estaba ocupado, exclusivamente, en conducir bien y en mover maravillosamente su cuerpo, demostrando que el ritmo estaba en la sangre dominicana, lo cual era innegable.
2 treinta y uno no paraba de mirarme y sonreír, porque adivinaba lo que yo quería y no lograba. Hasta que llegamos a la entrada de Santa Bárbara de Samaná. Allí el conductor habló:
—En veinticinco minutos llegaremos a destino —dijo—. Este es el centro de Samaná. Acá tienen para ver muchas cosas lindas. No se pierdan la “chorcha” …
—¿La qué? —pregunté, inquisitivamente.
—La “chorcha” —volvió a decir— Yo no les sé explicar bien, por qué es importante. Muy importante. Traten de venir a verla.
Seguimos el tramo final del viaje, con la satisfacción de haber logrado que un dato interesante hubiera salido de sus labios. Solo nos restaba averiguar de qué se trataba.
Llegamos a nuestro destino y las personas del lugar nos dijeron que estaban a disposición nuestra, para todo lo que necesitáramos. Y yo, a pesar de que eran las cuatro de la tarde y habíamos comenzado el viaje en el aeropuerto de Córdoba a las diez de la noche del día anterior, en vez de hambre, tenía una meta a alcanzar desde hacía menos de una hora: saber qué era la “chorcha” y conocerla:
—Por favor, queremos conocer la “chorcha”. ¿Quién nos podría llevar? —pregunté a nuestro anfitrión.
—Bueno… Déjenme ver y les aviso.
A esas alturas, ya no paraba de preguntar. Y, en respuesta, recibía una mirada que indicaba satisfacción por mi inquietud. Comprendí que estaba mostrando signos de respeto a los habitantes de Samaná, pero no sabía por qué.
En el desayuno de la mañana siguiente, mientras el cocinero me preparaba un omelette, él me dijo:
—Muy buena elección señora. Nos honra que se interese en ir. El domingo pasado presenté a mi hijo allí —expresó, muy emocionado.
—Pero ¿qué es? —pregunté con mucha curiosidad—. Todavía, con mi esposo, no logramos saber de qué se trata…
—Es la construcción más antigua de Samaná. Es nuestra iglesia —y le brillaron los ojos.
¡Por fin un paso hacia adelante! Ahora solo faltaba saber todo el resto.
Mientras esperábamos que alguien nos llevara y nos oficiara de guía, disfrutábamos de toda la belleza natural del lugar.
Finalmente, el tan ansiado día, llegó. Nos pasó a buscar un señor muy amable. Nos dijo que ya sabía lo que queríamos conocer, y que él nos haría introducir en la cultura del lugar. Así fue.
Nos condujo directo a ver la “chorcha”. Y nos encontramos con la sorpresa, al estacionar, de que estaba al frente de una parroquia católica llamada Santa Bárbara.
Primero entramos allí. Y, nuevamente, observamos lo mismo que habíamos advertido en la Catedral de Nuestra Señora de la Victoria, en el centro histórico de São Luís, estado de Maranhão, Brasil, que conté en nuestro encuentro “In excelsis”: la gente estaba vestida de fiesta. Y esto sorprende, porque en Argentina hace muchísimo que no se ve, salvo que se trate de la celebración de un casamiento, donde todos están preparados para ir a la fiesta. Por cierto, bellísima Catedral.
Como estaba repleta de gente, incluso había personas paradas, decidimos ingresar y caminar por los costados. Estaban en plena misa, que oficiaban tres sacerdotes juntos.
Salimos de la Catedral y cruzamos la calle para, por fin, llegar a mi destino inquieto: la “chorcha”.
La “chorcha” se trata de la Saint Peter’s Church, que fue traída desde Inglaterra en 1824 y ensamblada en Samaná. Además de ser de madera, por fuera está envuelta con otros materiales con la finalidad de protegerla y que no se deteriore.
De 1837 a 1931 fue una iglesia metodista wesleyana. Y, desde 1931, pasó a ser la Iglesia evangélica dominicana.
Sucedió que el presidente de Haití (1818), Jean-Pierre Boyer, invadió poco después a la isla La Española unificando lo que hoy es Haití y República Dominicana (no obstante, hoy son dos países distintos). Y, en 1824, permitió el ingreso de esclavos libertos venidos desde Estados Unidos que hablaban lenguas de origen africano. También llegaron franceses. Y todos fueron ubicándose en la llave del Caribe.
Fue tanta la “mixtura” de lenguas de origen africano, mezcladas con el inglés, francés, español, e influencias del taíno (lengua indígena), que crearon el idioma “creole”, que después fue abolido por el dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina. Nuevamente digo a los curiosos que, pueden buscar más información acerca de los gobernantes de la isla a lo largo de su historia.
Una vez que comprendí la composición de la población, pude entender por qué los dominicanos tienen dominio de la lengua inglesa y mucha facilidad para aprender otros idiomas como francés y alemán. Está en la sangre. Sus generaciones anteriores los hablaban. Los padres de los jóvenes de hoy, hablaban en inglés con sus padres.
Y no solo fue llegar a la isla con sus propios idiomas, sino también, con sus creencias. Por eso instalaron la Saint Peter’s Church (antes que la parroquia católica) y la celebración del culto era en inglés. Actualmente es en español, pero cantan en inglés.
Con toda esta información, comprendí que “chorcha” viene de church (iglesia, en inglés). Seguramente no pronunciaban bien church. Y, ya que estamos en suposiciones, como la palabra iglesia es femenina (la iglesia), no les salía “Vamos a la church”, entonces, decidieron llamarla “churcha” y luego “chorcha”: “Vamos a la chorcha”.
También comprendí que este es el primer edificio de Samaná que hay que conocer, porque es el más antiguo, y porque reúne las razones de la idiosincrasia de la gente del lugar.
Luego de haber recibido tanta información en tan poco tiempo, seguimos andando. Conocimos otras bellezas construidas por el hombre, y las hechas por la naturaleza.
De regreso, me sentí en paz. Había alcanzado mi meta. Y recordaba a aquel conductor callado que supo cuándo pronunciar algunas palabras. Pocas, pero las suficientes, como para provocar en mi mente un vendaval de necesidades e inquietudes.
Ahora puedo decir que, si vas a algún lugar desconocido, busca averiguar su origen. Si lo descubres, entenderás por qué la gente es de determinada manera; actúa de cierta forma; ama cosas que tú no amas y toma decisiones que tú no tomarías. Eso te enriquecerá y, al mismo tiempo, como huésped, estarás dando un guiño a ese pueblo que espera que lo respetes.
Y, por supuesto, disfruta de lo bello que has ido a ver.