2 treinta y uno
Al doctor René Gerónimo Favaloro (La Plata, provincia de Buenos Aires, 12 de julio de 1923 – Buenos Aires, 29 de julio de 2000), in memoriam.
Corría junio del año 1980. Yo, joven médico de 34 años, me desempeñaba en las Guardias del Hospital Materno Provincial, de la Ciudad de Córdoba, cuando la señora Norma –esposa de mi Jefe de Guardias y excelente profesional y formador personal en la especialidad, doctor Julio Bailón Baldomar– me comunicó que mi Jefe se había infartado, y que viajaban al Sanatorio Güemes de Buenos Aires, para una interconsulta con el doctor René Favaloro.
Al mismo tiempo, me comunicaba que dejaba su Clínica Santa Rita, especializada en Ginecología y Obstetricia, a mi cargo; como también, la Dirección del Hospital me informaba que, a pedido de mi Jefe, me proponía que asumiera la jefatura de las Guardias, que él presidía. ¡Tamaña responsabilidad a mi edad y en tan poco tiempo!
Pasé varios días comunicándome con la señora Norma, hasta que me avisó un viernes que, habiéndole realizado los estudios a su esposo, el doctor Favaloro había propuesto realizar su operación de bypass el martes de la semana siguiente. Inmediatamente, solicité el permiso correspondiente en el Hospital, y el lunes –un día antes de la operación– viajé a Buenos Aires, para estar al lado de la señora Norma, quien se encontraba sola, y, además, para estar acompañando a mi Jefe, con quien tenía una entrañable amistad.
Tras haber llegado al aeropuerto, al atardecer, fui directamente al Sanatorio Güemes, de noche, y no me hicieron ningún problema de acercarme a la habitación, donde estaba internado mi amigo, el doctor Julio Baldomar. Se encontraba con su esposa, solos. Se emocionó al verme, porque no me esperaba.
Estábamos charlando, cuando un grupo de tres médicos, vestidos con sus ambos verdes, entraron a la habitación. Saludaron y, al darme vuelta, estaba ante mí, nada más y nada menos, que el doctor René Favaloro, con dos residentes. Me sorprendió. Me saludó con sencillez. Y se interesó por saber algo de mí, de mi corta carrera como médico, y de mi solidaridad con mi Jefe, para estar en ese momento, junto a él. Luego dio algunas indicaciones para el día siguiente y, con toda naturalidad, se despidió con un “Hasta mañana, nos vemos”. Yo quedé estupefacto. Acababa de conocer personalmente a un doctor Favaloro, súper sencillo.
Esa noche, a pesar del cansancio, la espera de la operación y el contacto sorpresivo –y hasta inesperado– con el doctor Favaloro, no podía conciliar un sueño reparador en la pensión cercana al Sanatorio, donde estaba hospedada también la señora Norma.
El martes, a primera hora, nos levantamos y nos trasladamos al Sanatorio. Al llegar, fui hasta Mesa de Entradas, para saber el horario de la operación, y allí aconteció mi tercera sorpresa:
—¿Doctor Martínez? —preguntó la señorita secretaria.
—Sí —respondí, con cierto aire de preocupación, pensando en el estado de mi amigo. Y la secretaria continuó:
—El doctor Favaloro lo espera en la Sala de Cirugía.
—¿Yo…?
Me acompañó un guardia, hasta llegar al Área Prequirúrgica. Al entrar a ella, observé un mundo de profesionales, cambiándose y, entre ellos, el doctor Favaloro quien, además de saludarme, le dijo a una enfermera:
—El equipo, para el Doctor.
Ante lo que escuchaba, pensé ¿¡Yo, cambiarme!? Y, palmeándome en el hombro, me explicó:
—Vas a estar al lado de tu Jefe y observarás la operación. ¿Viste alguna vez un bypass coronario? —me preguntó, sonriente.
—Por supuesto que no —le respondí.
¡Los nervios me embargaban! Al entrar a la sala de operaciones y ver tal movimiento, quedé más asombrado, ya que hacían varias al mismo tiempo: con conexión a bombas de circulación extracorpórea, a la que conectaban la circulación sanguínea en el momento en que paraban al corazón para realizar el paso más importante del acto quirúrgico.
El doctor Favaloro caminaba tranquilo entre las mesas quirúrgicas y controlaba todos los equipos médicos de cada mesa, para intervenir directamente, en caso de ser necesario, o darles algún consejo. Allí vi que a mi Jefe lo operaba, como jefe del equipo, un doctor de apellido Amor, supervisado, como todos, por el doctor Favaloro.
Fue una experiencia alucinante, que duró más de dos horas. Cuando ya estaban cerrando la operación, le avisé que me retiraba y salí del quirófano. Me cambié y corrí a encontrarme con la señora Norma quien, nerviosa, esperaba en el hall del Sanatorio. Tomamos un café, mientras le contaba todo lo vivido, además de que, hasta el momento, todo había andado muy bien.
No me había repuesto de lo vivido, cuando por los parlantes del Sanatorio anunciaron mi nombre, diciendo que el doctor Favaloro me esperaba en su despacho. Un guardia me acompañó al lugar. El doctor Favaloro, sonriente, me esperaba en la puerta y me dijo en tono campechano: “Pasa”, invitándome a entrar a su oficina y sentarme. Cerró la puerta. Antes, pidió un café para cada uno y se sentó. Yo no sabía qué decir. Estaba solo, frente a, nada más y nada menos, que el doctor Favaloro. Solo deseaba escucharlo. Me explicó toda la operación haciendo dibujos con un lápiz en un papel. A cada rato, me preguntaba si lo entendía. Al terminar, me dijo:
—Ahora, escúchame, ya que eres muy joven y veo que tienes un porvenir muy importante.
Me habló de la medicina, de lo lindo, de lo duro, de lo doloroso –que muchas veces tiene– pero también de lo gratificante que es para el alma cuando se la vive con entrega, pasión y, sobre todo, amor al prójimo. Mis ojos se humedecieron al abrazarlo. Había vivido un gran momento, frente a un gran hombre quien, sin conocerme ni yo solicitarle nada, había abierto todo su ser y su propio corazón para brindarse a mí, con total humildad.
Ese pasaje de mi vida nunca lo olvidé ni lo olvidaré. Gracias a esa eminencia, mi Jefe volvió totalmente recuperado.
Por ello, quizá siempre recuerdo el 29 de julio del año 2000, día en que el doctor René Favaloro decidió parar su propio corazón, al verse sobrepasado por los avatares de injusticia, falta de solidaridad e intereses mezquinos de la vida médica, a sus 77 años.
Yo, que estuve a su lado y supe algo de su interior, no me cabe ninguna duda de que lo hizo por amor. Como tampoco dudo de que, al momento de conocer la tristísima noticia de su muerte –y las razones de la misma–, muchos corazones se pararon por un instante en el mundo, incluso el mío, en señal de respeto a un grande que tanto hizo, por los corazones y por y la vida.