febrero 2026

Busca la raíz

58-Busca la raíz

María Ottaviano

Cada vez que tenía inquietudes de juventud, allá, por los años 80, por suerte contaba con un muy buen amigo con el que nos visitábamos asiduamente, y hablábamos “largo y tendido” sobre temas que versaban en cómo mejorar la existencia humana.

En una ocasión, en 1985, acudí a él para hacerle una pregunta. Le pregunté a Rubén Darío, —quien era cinco años mayor que yo, y cursaba la carrera de filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba— algo que me venía quitando el sueño desde hacía tiempo. Le dije:

—Rubén Darío ¿Qué debo hacer para ser feliz?

—Busca la raíz. Serás feliz cuando la encuentres —respondió de manera tranquila—. Al menos, así lo dice Tagore —agregó.

Él conocía mi naturaleza. Sabía de mi curiosidad por saber. Y, de esa manera, con mucho tacto, me introdujo en la literatura oriental, porque comencé a averiguar quién era Tagore.

Varios años después, me di cuenta de que, para responderme aquel día, había citado parte de un poema de Kabir (1440-1518), traducido al inglés por Rabindranath Tagore (1861-1941).

Por supuesto que su respuesta había sido muy acertada: “Busca la raíz. Serás feliz cuando la encuentres”. Porque todas las personas buscamos respuestas a los interrogantes más importantes de la vida: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Cuáles son mis fuerzas? ¿Cuáles son mis debilidades? Y, si conozco mis fuerzas, cultivo lo que está bien, y puedo ir en dirección a mi felicidad. Es decir, si logramos comprender esto, nos damos cuenta de que estamos parados sobre nuestras respuestas, y que no precisamos salir a buscarlas por ahí.

Luego de haber masticado bien esta idea, corrí a hablar con Rubén Darío, quien estaba por irse a vivir a Perú:

—Amigo, ya comprendí esa cuestión de Tagore que, en realidad, no es de Tagore, sino de Kabir.

Rubén Darío soltó la risa sin parar. Y, como pudo, me dijo:

—Sabía que te inquietaría. ¿Qué tal la experiencia? —preguntó.

—¡Hermosa! Hay todo un mundo por descubrir.

—¿Por qué?

—Porque solo leía autores occidentales. Y Oriente tiene pensadores que también… ¡te hacen pensar!

Pasaron unos años y seguí en mi búsqueda. Me interesaba y me interesa en la actualidad, enlazar los pensamientos de Occidente con Oriente, y viceversa. Y sé que muchas personas hacen lo mismo. Sucede que cada uno tiene sus propios tiempos e intereses.

A comienzos de los años 90, le pregunté a un viejo profesor de yoga —que en varias ocasiones me había invitado a presenciar el Kirtan, que es la ceremonia principal donde los Hare Krishna cantan y bailan, alrededor de un altar repleto de flores— sobre la cuestión de las enfermedades heredadas dentro de la familia.

Tulsi, que así se llamaba, me explicó:

—Las enfermedades no se heredan. Lo que heredamos son los comportamientos.

Su respuesta me dio vuelta la cabeza. Jamás esperaba una explicación así.

—¿Y cómo sabemos cuándo estamos repitiendo un comportamiento, que no es favorable? —volví a preguntar.

—Por ejemplo, una persona que vive preocupada de manera excesiva por creer que tiene una enfermedad grave cuando, en realidad, solo tiene sensaciones corporales normales…

—¡Ya sé! El hipocondríaco. Es que recordé la obra de Molière, El enfermo imaginario (1673) —respondí, rápidamente.

—Muy buen ejemplo para tener en cuenta.

—¿Entonces…?

—Entonces, si un hijo o nieto siente lo mismo que su abuelo o padre, en determinada circunstancia, estará repitiendo el comportamiento de su padre o abuelo.

—¿Le sucede porque… no observó la causa, la raíz, del comportamiento de su padre o abuelo, que le produjo la enfermedad?

—Exacto. Se siente enfermo, todos los días, de cosas distintas. Hoy le duele el dedo. Mañana le dolerá la cabeza. Pasado mañana le dolerá el estómago. Y seguirá así hasta que alguien le haga comprender que no se trata de enfermedades, sino de que siente que no es amado, y que lo mismo sentía su padre o su abuelo.

—Y si su descendencia tiene el mismo sentimiento, el mismo parecer, y no lo trae a su conciencia, repite ese comportamiento. ¿Así es el mecanismo?

—Así es. Pero comprender estos mecanismos no suplen al médico, o al psicólogo, o al especialista que corresponda.

—Tulsi, ya estoy pensando en las “enfermedades heredadas” dentro de mi familia. A partir de hoy, mi desafío es no repetir comportamientos dañinos para mi cuerpo…

—…Y para tu mente. Y para tu espíritu. Las respuestas estarán dentro de ti, siempre.

¡Oh! Esto último que me dijo Tulsi, me retrotrajo a Rubén Darío, Kabir y Tagore: “Busca la raíz. Serás feliz cuando la encuentres”.

 

En el último tiempo, me pregunto, si de la misma manera que podemos “torcer” algo para estar mejor, buscando dentro de nosotros las respuestas, ¿por qué, a veces, nos suceden situaciones no deseadas, no esperadas ni pensadas?

Al respecto, contaré algo que no tengo resuelto pero que, seguramente, habrá quienes tengan la respuesta:

Hace pocas semanas, en ocasión de acompañar a 2 treinta y uno a visitar un enfermo en Dumesnil, localidad que está a 16 kilómetros de la ciudad de Córdoba. Mientras él lo revisaba, su hermana, llamada Lucrecia, una señora de unos 70 años, me contó algo que me dejó pensando. Habló sobre el regreso, a la casa de enfrente, de un hombre de 50 años, quien había pasado 24 años en la cárcel, cumpliendo una pena por haber matado, sin premeditación, a otro hombre.

Lucrecia dijo que ella recordaba el hecho como si fuese ayer, porque conocía a ambas familias, y era amiga de la madre del asesinado y del asesino.

—Una lástima lo que pasó. Todo por pelear, por una mujer. Los dos muchachos eran buenos. ¡Peeeroooo! Alguien tenía que pagar la muerte de ese hombre, en Chile, en 1942. Y la pagó el nieto.

—No comprendo Lucrecia… Me habla de un muerto aquí y de otro muerto en Chile. Algo me perdí.

—Es que el abuelo de este muchacho, vecino mío, que acaba de salir de la cárcel, también mató a un hombre en Chile. Asesinó a quien le exigía que pagara una deuda. Planeó cómo matarlo y lo hizo a traición…

—¿Y cuánto tiempo estuvo en la cárcel?

—No estuvo preso. Ni entró a la comisaría. Fue muy vivo. Como hacía poco se había muerto su hermano mellizo, tomó los documentos de ese hermano muerto, incendió el Registro Civil del pueblo, y se fugó a Colombia. Allí estuvo cinco años. Cuando todo se calmó y sus padres le dijeron que ya podía regresar tranquilo, volvió a Chile, se casó, tuvo cinco hijos, entre ellos al papá del que recién salió de la cárcel, y un montón de nietos…

—Sigo sin entender por qué usted dice que el muchacho de enfrente pagó la muerte de un hombre al que no mató él, sino su abuelo. Cuando en realidad, fue a la cárcel por haber matado a otro hombre que vivía en este lugar…

—Mi vecino de enfrente peleó con el otro. Sí. Se dieron piñas y trompadas. Pero no con la intención de matar. Lo que pasó es que, al no saber boxear, lo empujó tan fuerte, que el otro se cayó sobre una máquina de hierro y se golpeó la cabeza, tan fuerte, que se le partió el cráneo. Lo llevaron al hospital, pero no pudieron salvarlo. “Mija”, este muchacho pagó la deuda que le dejó su anterior generación. Con algunos artilugios, la muerte se las ingenió y el castigo, también.

—¿Quiere decir que, si hago algo mal y no reparo, la generación que me sigue pagará mi deuda? —pregunté sorprendida.

—Claro, “mija”.

—… hay que portarse bien…

—Hay que pensar que, a las deudas, tarde o temprano, el destino siempre las cobra haciendo vivir la misma penosa experiencia a algún miembro de la descendencia —aclaró Lucrecia, con seguridad.

Cuando 2 treinta y uno dijo que ya podíamos irnos, Lucrecia me abrazó y me dijo al oído: “Todo lo que haga, hágalo quedándose en paz”.

2 treinta y uno le explicó el estado de salud de su hermano y la medicación a tomar. Nos saludamos todos y, una vez que ya habíamos subido al auto, Lucrecia hizo señas para decirme algo. Bajé la ventanilla para escucharla:

—De lo que hablamos, algo muy bueno para hacer, es buscar la raíz familiar —y saludó moviendo la mano, mientras nos alejábamos.

—¿De qué hablabas con la señora Lucrecia? —me preguntó 2 treinta y uno.

—Uuuuuuh… Es muy larga la historia. Comienza, allá, por 1985.

—Te escucho… —dijo 2 treinta y uno.

Así, emprendimos el regreso, con una historia para compartir, que todos los días resurge en nuestras conversaciones.

Facebook
Twitter
Reddit
WhatsApp
Telegram