María Ottaviano
Otra vez en Niquixao. Hablé de este lugar en nuestro relato “Ladrón de tunas”.
Por suerte, pudimos llegar a Niquixao, a fines de enero de 2026. En la ciudad de Córdoba, estábamos sufriendo extremadamente los calores. Más que nada, yo. A 2 treinta y uno le gusta el calor, tomar sol y broncearse. En cambio, a mí, el sol del verano me tiene que buscar.
Apenas llegamos a la casa, nos dimos cuenta de que no estábamos solos. En el porche, justo donde está el cable que contiene el portalámparas para el foquito de luz, un colibrí hembra, con talento para la arquitectura, había construido un nido de unos tres centímetros de diámetro. Allí estaba su bebé. Uno solo. Y su madre iba y volvía, trayendo el alimento.
Para nosotros, el bebé tenía ya unas tres semanas, porque se le veían las plumas de un color marrón oscuro. Y su madre, era de color azul brillante. Ella regresaba al nido cada veinte minutos, más o menos. Traía néctar o insectos muy pequeños, como larvas, en su largo pico, que regurgitaba y luego depositaba, con mucho cuidado, en el pico de su cría.
Ante este panorama de tener que compartir la casa con semejantes inquilinos, la primera precaución que tomamos fue alejar del sector a Picachu y Sansón, nuestras entrañables mascotas, para que no asustaran a la madre. Al menos, así lo razonamos. Pero el sonido que producía el colibrí hembra, moviendo sus alas unas 80 veces por segundo, para mantenerse en suspenso en el aire, era imposible de no escucharlo, por lo que Picachu y Sansón estaban muy atentos. Quizá, si esa presa caía al suelo, se hacían un banquete.
Pasaron dos días. Todo seguía igual. El bebé, en el nido, y su madre, alimentándolo.
Al tercer día, al levantarnos, vimos que el nido estaba ahuecado por debajo. Eso nos dio la señal de que ya se había ido la cría.
Después de que desayunamos, 2 treinta y uno salió a hacer compras y yo, comencé la tarea de poner en orden la casa.
Decidí empezar por el pasillo. Cuando casi posé el escobillón en el piso, para barrer, algo oscuro que estaba allí, me sorprendió. Prontamente me di cuenta de que se trataba del colibrí bebé.
Quise tomarlo con mis manos, pero ¡Zasssss!, voló hacia el dormitorio y se posó en la pared de piedras, cerca del marco de la ventana de nuestra habitación. De haber sido una pared lisa, muy probablemente, no habría tenido esa posibilidad.
Yo no podía bajarlo. No llegaba hasta donde estaba. Por lo que decidí esperar a 2 treinta y uno quien, al llegar, lo primero que hizo fue quitar de la ventana el bastidor de tela mosquitera, para que el colibrí bebé viera la posibilidad de salir de nuestro dormitorio.
Luego de almorzar, fuimos a dormir la siesta y… aún estaba. Se encontraba en otro sector de la pared, más alto.
Decidimos ayudarlo para que se reuniera con los suyos; que encontrara la salida.
Cerramos la puerta de la habitación. Picachu y Sansón estaban en la otra, escuchando que algo sucedía, por lo que pretendían entrar.
Buscamos un montón de utensilios y objetos para hacer que se moviera de la pared. Era un cuerpito de 3 centímetros de largo, contando desde la cola hasta el pico, y de unos 4 centímetros, desde la punta de un ala hasta la punta de la otra.
Una larga caña de pescar fue la mejor opción. Desde arriba de la cama, le ponía la punta de la caña a su lado, para que se subiera. Y subió. Así fui moviendo la caña, lentamente, para llevarla hacia la ventana abierta. Casi lo logro. Pero ¡Zasssss! Voló hacia la parte superior del placard, que no tenía puertas. Es decir, se metió entre las cosas. ¿Dónde estaría?
Con otro palo largo, movimos una reposera rota que estaba allí:
—¿Qué hace esto acá? —pregunté mientras mantenía el equilibrio para no caerme de la cama, poder llegar con los brazos y que no cayera esa reposera sobre nuestras cabezas.
Luego seguimos con las demás cosas, por lo que volvimos a usar la caña de pescar. Nada debía caerse bruscamente. Ningún movimiento debía lastimar al colibrí bebé. Por lo tanto, sacamos un almohadón. También una colcha de lana.
—¡Peeerooo! ¡Acá estaba la frazada que buscaba en el invierno! —dijo 2 treinta y uno.
Y continuamos bajando cosas, con mucha delicadeza, porque no sabíamos dónde estaba nuestro huésped fugitivo.
De repente… ¡Zasssss! Salió de ese lugar y voló hacia otro extremo de la habitación, ubicándose sobre otra piedra, muy alto.
Otra vez, con la caña de pescar, hice todos los intentos. Finalmente, ¡Zasssss! Voló y se subió a la mesita de luz. Esta vez 2 treinta y uno logró tomarlo con sus manos y posarlo sobre los antepechos de la ventana. Y rápidamente colocó el bastidor para que no reingresara a la habitación.
Ahí tomamos dimensión de su pequeñez. Y, así de gurrumino, comenzó a llamar a su madre. Nosotros creímos que lo hacía en vano, ya que la llamaba desde el extremo opuesto del porche. No obstante, su madre sí lo escuchó. Y nosotros oímos su aletear veloz que, al hacerlo dentro del marco de las paredes, se volvió más estruendoso, como si sonaran turbinas.
El colibrí bebé voló otra vez, pero cayó al pasto. Es que estaba aprendiendo a volar. Y, desde el piso, enredado en el césped, no podía remontar.
Salí de la habitación. Lo busqué. Lo tomé entre mis manos y lo llevé al porche.
Como no teníamos manera de subirlo al nido, a 2 treinta y uno se le ocurrió que podríamos dejarlo en un hueco de la pared, donde hacía muchas décadas, su madre le había indicado al picapedrero que pusiese una piedra menos ancha para generar una profundidad, que le permitiera luego depositar la imagen de alguna Virgen. Y ahí lo puse. El colibrí bebé, subido en mi dedo, viajó hacia ese espacio.
Cuando descansó y pudo volar, se subió a un cable, luego al dintel de la puerta y, más tarde, volvió a su nido roto.
Y apareció la madre. Inmediatamente, lo asistió con alimentos. Nosotros, recién en ese momento, tomamos conciencia de las horas que habíamos pasado tratando de salvar a esa pequeñez.
Al día siguiente, desde temprano, su madre retomó los ejercicios de vuelo. El bebé iba de un lugar a otro dentro del porche.
Por la tarde, la práctica fue diferente, porque la madre volaba marcando círculos desde la altura del nido y hasta casi el piso.
Quizá se fueron esa misma noche. O, tal vez, muy, muy temprano, al día siguiente.
Nosotros dos, más Picachu y Sansón, volvimos a sentarnos a la noche en el sillón del porche, a contemplar la luna en cuarto creciente, que se veía en una posición maravillosa en la quebrada, por donde pasa el camino hacia el pueblo La Puerta.
Más excelso, imposible. Cerrar tantas horas y días de dedicación a la pequeñez, de esta manera, era un regalo del universo.
Después vino otro momento: el de pensar para qué el colibrí bebé había entrado a nuestra casa. Las respuestas fueron apareciendo poco a poco.
Primero, si somos capaces de cuidar lo pequeño, podremos cuidar, entonces, lo grande. A propósito de esta idea, un ejemplo para quien quiera ahondar, es una escena de la película Siete años en el Tíbet (1997). Y vale la pena detenerse un momento para recordarla:
En la historia, Harrer conoce a Dalai Lama, quien es un adolescente, y ambos se hacen muy amigos.
Dalai Lama le pide que construya un cine en el Tibetan Holy City de Lhasa, y Harrer comienza a hacerlo. Cuando cavan los cimientos, a Harrer se le presenta el problema de que pierde mucho tiempo en la construcción, porque los monjes budistas detienen el trabajo para separar las lombrices de la tierra —las cuales estaban excavando—, para llevarlas a otro lugar y depositarlas, nuevamente en la tierra, para que así puedan seguir viviendo.
En esa escena se ve, claramente, el respeto y el cuidado hacia los animales. Y esto tiene un doble sentido: por un lado, proteger las distintas especies, de las cuales muchas están en riesgo de extinción. Y, por otro lado, si a algo que podemos ver como “insignificante”, como por ejemplo una lombriz, la respetamos, estaremos cuidando “lo otro”.
Eso “otro” también pretende vivir. Y si logramos que así sea, podremos respetar a otras especies, incluyendo la humana. Es todo un hábito que se adquiere con la práctica. Sucede que, generalmente, no nos detenemos a observar cuál es la función de cada animal en la tierra que habitamos, y cuál es la relación que tiene con nosotros. Lo mismo sucede con las plantas. En síntesis: con toda la naturaleza.
Retomando nuestra enumeración de respuestas, tras la visita de la familia “colibrí”, en segundo lugar, pueden remitirse a otro de nuestros encuentros literarios, llamado “Pregúntale a la naturaleza qué quiere”, donde hablo sobre el Feng Shui. Porque este fue un caso en donde no solo el colibrí hembra anidó, sino que su bebé entró a la casa. El Feng Shui observa todo lo que acontece en el espacio que habitamos. Por esto, la visita mencionada del colibrí bebé, es también para pensar.
Por supuesto que la respuesta a lo segundo, no es una sola. La respuesta responde a la vida particular de cada uno, y a las circunstancias que está viviendo en el momento de tan grata visita…