María Ottaviano
Ángela Justina Romero hoy tiene 72 años. El 28 de octubre de 2025, se reunió con sus amigas de la escuela secundaria, en una confitería ubicada en la calle Rivadavia, frente a la Plaza 25 de Mayo, en San Fernando del Valle de Catamarca.
Ella y sus amigas se reúnen asiduamente. Más que nada, cuando alguna cumple años. Aquella vez, fue para festejar el cumpleaños de Ángela Justina, la más admirada de todo el grupo.
Es que, desde el punto de vista de las mujeres de su época, Ángela Justina Romero logró todos los objetivos de las mujeres de sus tiempos: conocer un hombre del cual enamorarse, ponerse de novia y casarse. Seguidamente, construir su casa, tener hijos, brindarles protección, darles la libertad de que estudien lo que quieran… Y otra vez: que sus hijos conozcan a su otra mitad, se casen, y tengan hijos para que ella y su esposo los disfruten como abuelos.
Las amigas de Ángela Justina encargaron, como siempre, una torta especial en la confitería. Cantaron el feliz cumpleaños. Ángela Justina pidió los deseos y apagó las velitas. Le entregaron un regalo, y recién ahí pidieron que les sirvieran té. Era para ellas importante cumplir primero con ese rito, para luego, pasar a la conversación:
—¡Qué suerte tuviste, Ángela Justina! ¡Conseguiste todo en la vida! —exclamó Graciela Rodríguez.
—¡Es verdad! Yo me quedé “para vestir santos”. Por más que le pedí y le pedí a San Antonio de Padua, no me escuchó… —se resignó Claudia Díaz.
—Ambas tienen razón. ¡Hasta la buena salud te ha tocado, Ángela! A todas nos han operado de todo. A ti, solo de cataratas —rezongó Pasión Castro.
—En realidad, debemos estar todas agradecidas —aclaró Consuelo Gómez—. Estamos vivas. Salvo tú Claudia, y Lidia Vega, que Dios la tenga en el cielo, no lograron casarse. Pero todas las demás, ¡sí, y con qué esposos!
—Bueno. Yo preferiría que hablemos de nosotras y no de los esposos… —reclamó Carmen Espeche—. Porque recuerden que el mío se fue con quien decía ser mi mejor amiga y…
—Pero no dejó que te faltara nada, ni a ti ni a tus hijos. Se fue, sí. Pero ni una cucharita de té se llevó de la casa —le recordó Rosario Carrizo.
—Rosarito… —expresó Carmen Espeche, mientras miraba fijamente a Rosario Carrizo—. Mi esposo se fue con quien yo creía que era mi mejor amiga. Pero el tuyo, sin irse de tu casa, visitaba asiduamente a Leonor Fernández. Incluso, hicieron un viajecito juntos, allá, en el siglo XX.
—Bueno. Una debe ser inteligente. Si me quejaba, ¿qué hacía sola con mis hijos? Porque Bernardo no me hubiese pasado un peso. La empresa la heredó de su padre…—se justificó Rosario Carrizo.
—De su suegro, querrás decir —habló Ángela, por primera vez, con voz tranquila—. Cuando te casaste, Rosarito, tu padre no te dio participación de su empresa constructora. Tampoco antes ni después. “Tus” bienes pasaron a manos de Bernardo, antes de que te casaras por Registro Civil. Recuerdo muy bien a tu padre: un machista con todas las letras.
—Yo también recuerdo al padre de Rosario. Ya había fallecido la madre de Rosario y él estaba muy enfermo. ¿Qué iba a hacer Rosario con la empresa? —reflexionó Catalina Sánchez.
—Trabajar —dijo Ángela Justina Romero, muy seriamente.
Todas se quedaron mudas por unos instantes. Jamás se les hubiese ocurrido algo así.
Para romper el silencio que se había generado, Consuelo Gómez volvió a intervenir en la conversación:
—Creo que Carmen dejó pasar algo muy importante, por alto. Y es que su esposo se fue, pero regresó a la casa.
Otra vez, Ángela Justina Romero puso blanco sobre negro:
—El esposo de Carmen volvió a la casa después de que sufriera un accidente cerebro vascular y quedara con medio cuerpo paralizado ¡Vaya regreso! ¡A la amante ya no le servía!
—Pero volvió —dijo Carmen Espeche, muy tímidamente—. Para mí es importante, Ángela. Mis hijos están conformes. Ellos decidieron que así fuera. Y mis nietos disfrutan de su abuelo.
—No ha sido mi intención molestarte, Carmen —expresó Ángela Justina Romero, en tono de disculpas—. Es que, en esta conversación intrascendente, errada y estúpida, se están diciendo cosas propias de mujeres a las que no les ha ido bien en la vida. Y me incluyo.
Todas quedaron estupefactas con la declaración de Ángela Justina Romero. ¿Cómo podía ser que, a ella, justo a ella, no le fuera bien en la vida?
—No sé a qué te refieres. Tampoco sé cómo puedes estar tan segura. Cada una vive en su casa, con su esposo, con sus hijos y nietos, salvo tú, Claudia, y nuestra querida Lidia —que la Virgen la tenga en su seno—, no se casaron. Lo cual debe ser una frustración enorme que cargas, querida Claudia… —declaró Rosario Carrizo, con determinación.
—De mí, no puedes decir que me siento frustrada. La soledad de la soltería la cubrí toda mi vida cuidando a mis padres, trabajando en grandes asociaciones de beneficencia. No, no te permito, Rosario, que digas eso de mí. De los sentimientos de Lidia no puedo hacerme cargo, porque no está —respondió Claudia Díaz, con vehemencia.
—Y, justamente, porque Lidia ya no está, ni hay que nombrarla. Un muerto no puede defenderse. Mucho menos de las pavadas que se están diciendo acá— criticó Ángela Justina Romero.
—En eso te doy la razón, Ángela. Pero que niegues que a ti te ha ido muy, pero muy bien, en este paso por la tierra, suena a que eres una desagradecida. Hasta diste vuelta al mundo con tus viajes al exterior —le protestó Graciela Rodríguez.
—Y agreguemos las joyas que has acumulado. Todas, regalos de tu esposo —le envidió Rosario Carrizo.
—Y los viajes de tus tres hijas… ¿Cómo hiciste con Juan para darles esos gustos a las chicas? —recordó Carmen Espeche.
—Lo único que te resta es hacer que legalicen su estado civil —dijo Pasión Castro.
—Y que hagan valer su trabajo como esposas… o pareja. Bueno, no sé cómo llamar a los que se juntan sin casarse. Porque tus hijas trabajan todo el día. Y eso es obligación de los esposos… —expresó Catalina Sánchez.
—Catalina. No incomodes a Ángela con tus comentarios… —interrumpió Consuelo Gómez.
—A mí no me molesta ningún comentario. Dejo que hablen. Hablen de lo que quieran. Digan lo que quieran. Ustedes y toda la ciudad entera. Yo estoy tranquila de haber facilitado a mis hijas estudiar lo que eligieron. Una se tuvo que ir a Buenos Aires y las otras dos, a Córdoba, para cumplir sus sueños académicos. Ahí están, con sus títulos. Hicieron las carreras en tiempo y forma. Ni Juan ni yo tuvimos que llamarles la atención mientras estudiaban —dijo Ángela Justina Romero, con orgullo.
—¿Y ahora? ¿Por qué no hacen que se casen y dejen de vivir en pecado? —preguntó Catalina Sánchez.
—¿Te estás escuchando lo que dices? ¿Vivir en pecado? ¡Eso es del siglo pasado! ¡Claro que me gustaría verlas entrar a la Iglesia vestidas de blanco! Porque sigo creyendo en la institución matrimonial, en el compromiso entre dos personas, y me encantan las fiestas. Pero no puedo obligar a ninguna de mis hijas a que se casen. Lo harán, si quieren —se justificó Ángela Justina Romero.
—Ya de blanco no podrían… —dijo Claudia Díaz, en voz baja, y pensando cómo volver sus palabras hacia dentro de la boca.
—Solo una cosa te responderé, Claudia del Santo Socorro Díaz, la virginidad está en la mente. En cómo entregarse a un hombre con todo el amor del mundo. La virginidad no está entre las piernas ¿Entiendes Claudia del Santo Socorro Díaz? Y si tú hubieses sabido esto cuando tenías 17 años, no te habrías replegado como mujer y metido en tu casa a cuidar a tus padres como lo hiciste. Al contrario. Habrías intentado conquistar a otro hombre, y a otro, y a otro. Pero que te dejara Alfonso después de haberte hecho creer que, si le dabas la prueba de amor, él se quedaría para siempre contigo, separándose de su esposa, te llenó de culpas. Te dijiste: “¿Cómo le explicaré a otro novio mi situación?” Y te encerraste para siempre. La culpa. La culpa te invadió. Y claro. Te entiendo. Todas crecimos con culpas. Y te diré algo más, Claudia del Santo Socorro Díaz: de todas las aquí presentes, tú debes ser la única que gozó el sexo, porque Alfonso tenía 28 años y tú solo 17. Todas las demás, hemos ido a la cama con nuestros esposos por obligación. Solo por “débito conyugal”. Porque así nos educaron. Así era el mandato —se explayó Ángela Justina Romero.
—Admito que tienes razón, Ángela. Si mi esposo se fue cuando se fue, es porque no tenía mujer en la cama. En mi casa paterna, no se hablaba de sexo. Fuimos a un colegio que era solo para chicas, y tampoco se hablaba de sexo. Peor aún: creo que nos hicieron sentir miedo —declaró Carmen Espeche.
—Bueno. Si nos guiamos por lo que acaba de decir Ángela, a Claudia el miedo no la atrapó —dijo Consuelo Gómez.
—A ver si ponemos un poquito de orden y retomamos el equilibrio. Yo abrí la conversación esta tarde diciendo que, de todas nosotras, Ángela Justina era la que más suerte había tenido en la vida. De repente, parece que no es así. Que, durante sesenta y siete años, desde que nos conocemos, siempre estuvimos equivocadas en nuestras apreciaciones. Entonces, te pregunto, Ángela Justina: ¿Qué es lo que no has logrado en la vida, que te tiene tan amargada? —inquirió Graciela Rodríguez.
Todas apoyaron la pregunta de Graciela Rodríguez y miraron a Ángela Justina Romero, esperando explicaciones. Después de todo, había sido ella quien había hablado de cosas que nunca hablaban.
—Tuve una buena vida al lado de mi esposo. Sí. Buena en el sentido de que nunca me faltó nada. Tuve suerte, porque me tocó un hombre bueno y respetable. Trabajador incansable. Amoroso con sus hijas. Y comprensivo conmigo ya que, a pesar de que no hacía falta, me dejaba salir a trabajar. Y ¿en qué consistió mi trabajo? En dar clases de Física en dos escuelas secundarias. Dos clases en una escuela privada y dos clases en una escuela pública. Pero no era eso lo que yo había soñado, mientras íbamos al Secundario. Mejor dicho, desde que me acuerdo —comentó Ángela Justina Romero.
—¿Qué? ¿No querías hacer el Profesorado en Física? ¿Te gustaba otro Profesorado? —preguntó Consuelo Gómez, desconcertada.
—Yo no quería ser profesora. Al menos, no direccionar mi carrera a eso —respondió Ángela Justina Romero.
—No entiendo —dijo Catalina Sánchez.
—Yo quería ser médica —declaró Ángela Justina Romero, en voz alta.
—¿Como tu padre y tus hermanos? —expresó Pasión Castro.
—Eso implicaba tener que ir a estudiar en la Universidad de la provincia de Córdoba. Mi padre se puso feliz con mi elección. Sus dos hijos varones y su única hija mujer serían médicos como él —manifestó Ángela Justina Romero.
—¿Entonces? —inquirió Carmen Espeche.
—¿Entonces? Fue una de las tantas discusiones que mi padre tuvo con mi madre. Porque en mi casa se hacía lo que decía mi madre. Para eso, ella estaba en la casa todo el día: para criar a sus hijos, alimentarlos, vestirlos con un gran moño almidonado, y cuidar que la gente no hablara mal de nosotros —reflexionó Ángela Justina Romero.
—Y sus esposos las cubrían con joyas y tapados de piel por la tarea bien hecha. Lo mismo en todas nuestras casas —compartió Rosario Carrizo.
—Mi madre insistió en que no debía irme a Córdoba. Que sería indigno que una hija se fuera de su casa antes de casarse. Y mi padre no pudo contra eso. Tampoco mis hermanos, que estaban terminando la carrera y habían propuesto que viviera con ellos en el departamento de Córdoba —recordó Ángela Justina Romero.
—Nunca nos contaste tu más profundo deseo. No recuerdo que lo hayas mencionado alguna vez, en la escuela —reclamó Consuelo Gómez.
—Es que decirlo, era decir que me iría de casa. El mandato, en cambio, establecía que una hija salía de su casa solamente casada. ¿Ven? Habría entregado toda la vida que me tocó, a cambio de ser médica. Poder curar. Poder salvar vidas. Aún siento esos deseos, a pesar de estar cumpliendo 72 años —declaró Ángela Justina Romero.
—Pero, me parece, fuiste muy noble al no hacer pasar a tus tres hijas por lo mismo —se compadeció Graciela Rodríguez.
—Mis hijas se habrían revelado e ido. Pero no hacía falta eso —dijo Ángela Justina Romero.
—¿Cómo hiciste interiormente, para permitirles tantas cosas a tus hijas? —preguntó Carmen Espeche.
—Fue simple. Siempre recordé cómo había sido mi madre, conmigo, y decidí ser todo lo contrario —expresó Ángela Justina Romero, con seguridad.
—¿Y con tu padre? ¿Cómo fue tu padre contigo? —repreguntó Carmen Espeche.
—A él siempre le reclamé no haberse puesto en el rol de “jefe familiar”. Se lo reclamé hasta su último día: “Quería estar en el quirófano contigo, papá”, le dije siempre —reflexionó Ángela Justina Romero, casi entre lágrimas.
—Perdón, Ángela, por no haber conocido todo esto antes. De haberlo sabido… —se justificó Consuelo Gómez.
—…se lo habrías contado a media Catamarca, o a toda —comentó Graciela Rodríguez, entre risas.
Ángela Justina comenzó a reír y reír, por las declaraciones de Consuelo y Graciela. Y todas se sumaron a sus risas.
Tiempo más tarde, se volvieron a juntar. Pero para preguntarle a Claudia qué recordaba de sus encuentros con Alfonso, cerca de El Jumeal, cuando apenas tenía 17 años…