María Ottaviano
Hace tiempo que escucho decir que a los niños hay que decirles siempre la verdad. Y comparto totalmente la idea. Más que nada, cuando se trata de sus orígenes, como lo planteé en el encuentro llamado “Un largo ocultamiento y una precipitada revelación”.
Al mismo tiempo, hice referencia, en “La puerta de los secretos”, a la magia que algunas personas crean para explicar algo a alguien pequeño, que no logra entender una situación, si no es a través, justamente, de la magia.
En esta ocasión, les traigo una historia que sucedió hace casi treinta años, de manera accidental.
Juana fue a visitar a su hermano Rodolfo, quien vivía en Villa Allende, Gran Córdoba. Pasó a verlo un día de semana. Tomaron unos mates, hasta que llegaron Alejandra, esposa de Rodolfo, y sus hijos más un sobrino, hijo de Mateo, otro hermano de Rodolfo y Juana.
Este sobrino, Ciro, estaba pasando unos días en casa de los tíos para jugar con su primo Teo. Ambos, de cuatro años.
Todos se saludaron. Los niños le dieron un beso con abrazo a la tía, que estaba de visita, y Alejandra le comentó a Juana y a su esposo:
—Lamento haber ido hasta el Centro de Córdoba con los niños, en el auto. Es que la lluvia era muy fuerte. Y el viento, un horror —dijo, afligida.
Tras expresar lo que la tenía preocupada, tomó un sorbo del mate y preguntó a su esposo:
—¿Llovió mucho por acá?
—Llovió. Sí. Pero no tuve en cuenta cuánto, ni cómo —respondió Rodolfo.
—¿Y por tu casa? —le preguntó a Juana.
—Por mi casa, “Llovieron milanesas” —respondió Juana, en tono serio.
Alejandra y Rodolfo no se sorprendieron por la expresión de Juana, debido a que decir “Llovieron milanesas” es una frase muy usada en Argentina, para manifestar, metafóricamente, que llovió en demasía.
Pero los niños, Ciro y Teo, que parecían no estar prestando atención a la conversación, sí la captaron, e intervinieron rápidamente, para agregar:
—En mi casa, cuando llueve, caen quesos —dijo Ciro, riendo.
—En la mía, caen naranjas —intervino Teo, también riendo.
Nadie aclaró nada. Los niños se fueron a jugar al cuarto y los adultos continuaron conversando sobre otras cosas.
Cuando Juana regresó a su casa, le contó a su madre lo que ella había dicho sobre la lluvia y lo que los niños habían inventado. Luego se quedaron hablando sobre la ternura que emanaban los más pequeños, ante situaciones como la acontecida.
Pasaron los días y, como era común en la familia, tanto Rodolfo como Mateo, pidieron a su madre si podían dejar a sus hijos en su casa, el día sábado a la tarde, hasta el domingo, ya que ellos irían a almorzar pastas caseras, como todos los domingos. Su madre, es decir, la abuela de los niños, aceptó con mucho placer. Era común que los nietos se quedaran en casa de los abuelos e hicieran a la noche “cama redonda”, en el living, junto a los demás primos.
Ese sábado, Ciro y Teo fueron a lo de su abuela, quien estaba amasando tallarines de espinaca para el día siguiente. Después de un par de horas, comenzó a llover.
La lluvia era cada vez más intensa. El viento no se apiadaba de nadie. Y, como si fuera poco, también granizó.
La abuela de los niños buscó una bandeja y se dirigió a su freezer, donde guardaba comida, como para tres regimientos.
Le hizo un gesto en silencio a Juana. Y esta última llamó a Ciro y Teo:
—¡Ciro! ¡Teo! ¡Vengan a la cocina! ¡Está lista la leche chocolatada!
Los niños entraron a la cocina. Y la abuela, que estaba esperando afuera, en el patio, abrió la puerta y entró a la cocina trayendo una bandeja con sus dos manos.
Los niños se paralizaron. Abrieron muy grandes sus ojitos.
—Juana —dijo la abuela—, ayúdame, por favor, con la bandeja. Está muy pesada. Pude juntar todas estas milanesas. Y las patitas de pollo vinieron con el granizo.
—¡Era ciertooooo! —exclamó Ciro, mientras Teo permanecía inmóvil, sin poder pronunciar una palabra.
Los chicos recordaron la expresión de su tía Juana, “Por mi casa, llovieron milanesas”, que había dicho días atrás. Vieron que, de verdad, en la casa de la tía y la abuela, sucedía eso.
Simplemente, la abuela había aprovechado un momento de distracción de los niños para sacar esas comidas freezadas, que guardaba con separadores. Las puso en una bandeja y salió al patio para volver a entrar como si las hubiese levantado de ese suelo.
Al día siguiente, Ciro y Teo no paraban de contarles a sus padres y madres lo que había sucedido. Y abrían el freezer para mostrarles la cosecha.
Ningún adulto les dijo que eso no era real. Todos quedaron en silencio, aprobando el gran evento.
Lógicamente que, con el tiempo, Ciro y Teo hicieron “clic” y se dijeron a sí mismos que era imposible que llovieran milanesas y patas de pollo en la casa de la abuela.
Cuando tuvieron 25 años, más o menos, y su abuela seguía cocinando, durante sus visitas, pero de manera más lenta, la vieron que batía huevos para ponerlos en una fuente y mezclarlos con ajo y perejil. Aprovecharon y le preguntaron:
—Abuela, ¿qué vas a preparar?
—Milanesas, mis amores —les respondió.
—Pero ¿ya no esperas a que caigan del cielo con la lluvia? —dijo Ciro.
—Esas me gustaban mucho. Tenían sabor a nubes —aportó Teo.
—¿Aún se acuerdan de eso? —se sorprendió la abuela.
—Abuela —dijeron los dos nietos—, cuando nos dimos cuenta de que eran de tu freezer, nos encantó seguir creyendo que en tu casa llovían milanesas.
Ambos nietos abrazaron a la abuela. Y ellos siguieron preparando las milanesas mientras la abuela les cebaba mates.
Rogaban que comenzara a llover, porque ese mediodía, irían a almorzar sus hermanos con sus hijos, para que visitaran a la bisabuela. Ciro y Teo ya se habían convertido en tíos y querían continuar con la tradición de la lluvia de milanesas…