abril 2026

Dime cuánto te duele

66-Dime cuánto te duele

María Ottaviano

“Lo que nos sucedió fue muy feo. Aún nos duele y no podemos asumirlo”. Estas palabras las reproducía Sonia. Aunque, en realidad, las habían dicho Cintia y sus hermanos. La madre de Cintia había fallecido a los 91 años y, dos meses después, su padre, a los 93.

Sonia trataba de entender el dolor de su amiga Cintia o, más bien, de medirlo. Porque convengamos que, 91 y 93 años, eran muy buenos promedios de vida. Ella no podía comprender que Cintia lo estuviese viviendo como algo extremo.

Como Sonia conocía a Cintia y a toda la familia desde que eran pequeñas, poco a poco fue entendiendo que Cintia, a lo largo de sus 59 años de vida, nunca había vivido una experiencia traumática. Sí había enterrado a dos gatos y tres perros, que murieron, todos, siendo muy viejitos y rodeados de su amor. Lo mismo sus hermanas y hermanos. Ninguno había pasado por un momento doloroso.

Así, Sonia pudo comprender el estado de su amiga. Y, la verdad, lo estaba razonando muy bien. Porque, si creemos que al dolor lo podemos medir poniendo en una escala a cada acontecimiento que cada uno vive, nos equivocamos.

Sonia perdió a su bebé a los cinco meses de gestación. Y, como ella misma describía:

—Cuando mi madre murió, claro que lo sentí mucho. Pero no pude llorar porque fue un dolor menor al que tuve cuando perdí a mi hijo. Mi madre nació, vivió, disfrutó de la vida y partió cuando le llegó la hora. Mi hijo, en cambio, ni siquiera pudo llegar a ser.

¿Qué pérdida duele más, o cuál duele menos?, también depende de cada persona.

Está el hombre que pierde a su esposa y el dolor que siente es inmenso. Pero, si pierde un hijo, se vuelve loco.

Existen personas que sufren mucho ante la muerte de sus plantas ¿Y por qué no? Las plantas eran su compañía. Cada una representaba el recuerdo de determinada persona que se la había regalado.

Otras personas no toleran tener que mudarse. Es un duelo enorme y largo, después de que lo hacen, porque se habían aquerenciado de un lugar y ahora extrañan a la gente que estaba a su alrededor. O sienten temor de tener que hacerse conocer con otros, para no sentirse solas.

¿Que no es creíble que alguien no aguante tener que cambiar de empleo? Todo lo contrario. Es totalmente cierto que un porcentaje, aunque el cambio sea a su favor, lo viva como insoportable, porque tiene por delante la vivencia de la adaptación.

Que los hinchas de fútbol no resistan si su club pierde, es real. Algunos hinchas no lo soportan y mueren, incluso.

Que toda una familia se desespere porque le han secuestrado a un ser querido, es tremendo, hasta para aquel que no tiene lazo familiar con ellos.

Y si pensamos en todos los que perdieron a sus seres queridos en una guerra, tenemos toda la historia de la humanidad para llorar.

Qué le duele más, o qué le duele menos, a cada ser humano, no entra en una escala de medición. Por esto, no juzguemos. Y, mucho menos, no deseemos que alguien pase por algún dolor. Porque, posiblemente, ese, a quien vemos tranquilo, y nos exaspera su tranquilidad, ha experimentado todos los dolores existentes e inimaginables. Y por esa nefasta experiencia, un dolor más ya no le hace mella.

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