mayo 2026

El lugar equivocado

68-El lugar equivocado

María Ottaviano

—¡¿Cómo vas a administrar una escuela, si ni siquiera recuerdas pagar la luz a tiempo?! —grita Sergio.

Rosa no responde. Su bolso se desliza de su silla y golpea en el suelo. No hace el menor intento por recogerlo. Sergio lo levanta y lo ubica en el lugar que estaba.

—Estás buscando mejorar tu trabajo, en el lugar equivocado —prosigue Sergio.

Rosa levanta la cabeza con los ojos cansados y pregunta:

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que eres docente, no administrativa. Y estás insistiendo en algo que te aleja de lo que sabes hacer.

Rosa aprieta los labios. El bolso cae al suelo, otra vez, sin que ella lo note. Sergio lo levanta nuevamente y lo coloca en su silla.

—Puedo aprender —dice, casi en susurro.

—¿Para qué? —insiste Sergio—. Si no tienes tiempo ni para pagar la luz…

Rosa baja la mirada. Aprieta la mesa con los dedos hasta que se le ponen blancos.

Rosa, desde la mirada de Sergio —que es su amigo—, suele proponerse metas a alcanzar, en un solo paso. Otras veces, quiere estar en otros espacios lejanos a su profesión.

Es profesora de Física, egresada de la Universidad Nacional de Córdoba, con un promedio de 9,55.

De lunes a viernes, el despertador suena a las cinco. Lo apaga sin abrir del todo los ojos. Media hora después, camina apurada cuatro cuadras hasta la parada, con el café todavía ardiéndole en el estómago.

Llega a una escuela Secundaria diez minutos antes de comenzar su clase, por lo que no cuenta con el tiempo para conversar con sus colegas.

Termina esa clase y parte, de inmediato, a tomar otro ómnibus que la lleva a otra escuela, que la deja sobre una ruta, por lo que debe cruzar y caminar cinco cuadras para llegar a ese establecimiento, y dar la clase de cuarenta minutos. Luego viaja otra vez en la semana, a ese mismo lugar, para completar las dos horas cátedra faltantes.

Cuando por fin toma el ómnibus, saca una manzana del bolso. La muerde mirando por la ventanilla. Es la primera vez en el día que come algo.

—Hasta te alimentas sin cuidados. Hay días que ni siquiera comes.

—Porque no me alcanza el tiempo. Doy clases en ocho escuelas.

—¿Ocho? ¿No eran tres?

—Eso fue hace mucho tiempo. Cuando tomé suplencias de dos docentes que estaban enfermos. Fue entre el 2015 y 2020. ¡Una delicia poder estar varias horas en la misma escuela! Pero, cuando regresaron, perdí más de la mitad de las horas cátedra.

—Más que perder, volviste a tu estado anterior.

—Digamos que sí. Y, ahí, además de horas, perdí las ganas de luchar.

—¿Luchar? Estabas tan alegre cuando cursaste la carrera. El ímpetu con el que estudiaste durante ese tiempo, parece perderse ante el contexto laboral —le dice Sergio—. Te llamo por teléfono para preguntarte cómo estás y me respondes que te sientes cansada, cualquiera sea el día de la semana. ¿Disfrutas de tu elección profesional?

—Sergio —dice Rosa, mientras apoya la frente contra la mesa y deja caer, otra vez, el bolso al piso—, paso más tiempo viajando de un lado al otro, que estando en el aula.

—Comprendo. Terminas la semana con un agotamiento que parece que no te alcanza el fin de semana para reponerte.

—Me entiendes. Lo cual no es comprensible para mucha gente que considera que los docentes hacemos poco…

—… y que creen que regresan a su casa y se terminó. Pero no es así, porque los docentes tienen que corregir, preparar clases, asistir a cursos y un montón de tareas más, fuera de la escuela…

—Lo tienes claro. Y es por esto que acabas de decir, es que hace años intento hacer un cambio y lograr un cargo administrativo en alguna escuela. De ese modo, tendría muchas horas juntas en un solo lugar. Pero no lo logro. Siempre me gana otro docente. Nunca los astros se alinean para favorecerme.

—Tal vez los astros no se alinean, como dices, porque no sería favorable para tu vida profesional…

—¿Cómo que no lo sería? Hace veintidós años que ando por toda la ciudad y más allá de sus límites.

—“A veces, no conseguir lo que deseamos…

—…puede ser un maravilloso golpe de suerte”. Siempre me lo repites.

—Rosa, varias veces me has comentado que te cortaron la luz por falta de pago.

—Porque tengo tantas cosas en mi cabeza, que me olvido de ir a pagar.

—Lo podrías resolver de varias maneras, para no tener esas obligaciones en la cabeza.

—Es que no tengo tiempo.

—Mira, soy tu amigo y te quiero mucho. Te quiero bien. Y por esta razón puedo ser directo en decirte lo que observo.

—Dime.

—Estás buscando mejorar tu trabajo en el lugar equivocado. Porque eres docente y no administrativa. Y antes que docente, te has formado en Física.

—Pero puedo aprender cuestiones administrativas de una escuela.

—¿Para qué aprender algo que te alejará de aquello para lo que te preparaste con tanto esfuerzo? Cuentas con una formación mudable que te da las posibilidades de, además de ser docente, trabajar en sectores industriales y tecnológicos, que son espacios con bajo índice de desempleo. Además, si no logras administrar tus propias cosas personales, como es pagar la boleta de luz, ¿cómo administrarás una escuela o parte de ella?

Rosa, esta vez, deja caer la vista y se queda mirando una mancha en el suelo sin moverse. De sus ojos, brotan algunas lágrimas. Y expresa:

—Dices lo que piensas.

—Peor sería mentirte. Te observo y me doy cuenta de que has ido construyendo un sufrimiento. Por eso, siempre te recuerdo que no conseguir lo que deseamos, puede ser un maravilloso golpe de suerte.

Sergio ubica sus manos sobre los hombros de Rosa. La mira e insiste:

—Retoma tu camino, que es la Física. Cuando hacemos lo que nos gusta, nos va bien. Así estarás cómoda en tu trabajo y serás feliz. No quiero verte volver cada viernes, como si hubieras corrido una maratón.

Sergio le da un abrazo y se va. La deja con sus pensamientos. Será la última vez que le hablará al respecto. Porque los ojos de Rosa ya le han respondido, desde mucho tiempo atrás, cómo quiere ser, estar y sentirse.

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