María Ottaviano
Andrés salió del supermercado cuando el sol ya empezaba a caer sobre el estacionamiento caliente. La bolsa que llevaba en la mano era tan liviana que el plástico se inflaba con el viento
Se detuvo en el estacionamiento. Abrió la bolsa. La miró y habló en voz alta:
—Un paquete de arroz. Dos sobres de sopa. Un aceite pequeño.
La volvió a cerrar.
A unos metros, Osvaldo empujaba un carrito casi vacío. Al pasar cerca, miró la bolsa de Andrés y sonrió apenas, esa sonrisa leve que usan los desconocidos cuando ya saben algo del otro.
—Así es, señor. Antes venía con las dos manos ocupadas —dijo, acomodándose la gorra—. Ahora, si compro jabón, dejo el queso. Si llevo queso, dejo la carne.
Andrés bajó la vista hacia su bolsa.
Cerca de ellos, una mujer apoyó las compras sobre el capó de un auto viejo:
—Amarga los paladares, al mediodía, en que a los platos le ponemos la nada —dijo Gretel, una señora que no conocía a Andrés, ni a Osvaldo, pero escuchó los comentarios de ambos—. Trato de decir que, con lo poco que pude comprar, no sé qué haré en el mes.
A esa altura, varias personas se habían detenido sin darse cuenta. Como si el estacionamiento hubiera empezado a retenerlas.
Los autos reducían la velocidad para pasar entre ellos.
Iris, quien no conocía a los presentes, pero los escuchó, abrió su bolsa. Miró adentro. Fideos. Arroz. La volvió a cerrar, como si alguien pudiera quitársela, y gritó:
—Con mi esposo, solo fideos y arroz podemos comprar, después de haber trabajado toda la vida.
—Té. Solo eso tomamos a la noche —acentuó Felipe—. Al mediodía, con mi esposa, también comemos fideos o arroz. Otras veces, arroz o fideos. Pero a la noche, solo un té, preparado con un saquito para los dos.
—Esto que nos está pasando trae enfermedades. Hace que un niño sienta necesidad de agua. Lleva hacia la muerte —remarcó Sofía, quien se sumó con su bebé en brazos—. Ruego poder alimentar a mi hijo con mis pechos por mucho tiempo. Porque, después, ni fuerzas para llorar tendrá.
—Creo que es el momento propicio para exigir que aquellos que toman decisiones con las que nos guían a todos, experimenten la experiencia de sentirlo también —dijo Emma, una señora de edad avanzada—. Deberíamos exigirlo con un decreto. ¡Que vengan y lo hacemos!
Nadie respondió.
Cerca de los contenedores, un hombre flaco revolvía bolsas negras con una paciencia antigua. Sacó media naranja mordida. La observó unos segundos. Le quitó con los dedos la parte oscura y guardó el resto en el bolsillo del saco.
Se produjo un silencio. Ni siquiera los chicos que corrían entre los autos hicieron ruido en ese momento.
Tras esa escena, alguien se animó a hablar:
—Nunca mejor dicho, señora —le dijo Mauricio a Emma—. Todas esas personas, ordinarias y simples, que han llegado a posicionarse ante situaciones extraordinarias, y por esto dejaron de ser como la mayoría, o sea, nosotros, deberían estar acá, en este momento, y sufrir igual.
—Exacto —intervino Enzo, mientras a pocos metros de donde estaban agrupándose, continuaba el hombre flaco revolviendo el contenedor de basura—. Porque parece que se han olvidado de que son personas, originalmente ordinarias y simples, que se encuentran inmersas en lo extraordinario.
—Cada uno se ha expresado al salir del supermercado con una bolsita de compras que casi no se ve —elevó la voz Enzo—. Hemos hablado de lo simple, lo extraordinario y de “esto” también —expresó golpeando su estómago y prosiguió—que se apagará el día en que esas personas se encierren todas juntas en una habitación, sin comida, sin agua y permanezcan solamente acompañados entre ellas mismas y sus salivas. Y cuando comprendan todo lo que produce, —volvió a golpearse el estómago— tomarán conciencia del valor de lo extraordinario. Después del tercer día, una de ellas empezará a lamer la pared.
Catalina asintió sin hablar y se acercó un paso más al grupo, mientras un auto intentaba estacionar en el espacio donde todas las personas que habían salido del supermercado, se habían agrupado en un ágora improvisada:
—Quienes están en situación extraordinaria, por decreto, deberían pasar quince días sin comer para conocer lo que es. Así, evitarían descarrilarse.
—Me uno a todos ustedes —gritó Bruno y tocó la bocina de su auto, pero nadie se movió de ese espacio—. Porque cada acto de corrupción, se traduce en hambre para muchos y muerte para otros. El hambre entra así. Primero en silencio. Después, no se va más.
La misma escena coral se repite, desde hace mucho tiempo, en el estacionamiento del supermercado, todos los días, pero con distintos personajes.