junio 2026

Los pasos en el pasillo

73-Los pasos en el pasillo

María Ottaviano

Dora escuchó que alguien había entrado por el largo pasillo, que había desde el portón de entrada de la casa hasta la puerta de la cocina.

Hacía calor. Ella y su esposo estaban acostados y dormían la siesta.

Dora apenas levantó la cabeza de la almohada, siguiendo el ritmo de los pasos. Hacía veinte años que no escuchaba esos pasos resonar, secos, en las baldosas del pasillo.

—Armando… escucha…

—¿Qué cosa? ¿Los gatos? Es lo de siempre.

—No. Alguien está entrando por el pasillo. Diría que es…

—¡Imposible! “El que se fue a Sevilla, perdió su silla”.

Al mismo tiempo que Armando dijo el dicho, salió del dormitorio y se dirigió a la cocina. Dora fue por detrás.

—¿Tener a mi hijo conmigo…? —Armando se llevó la mano al pecho y se quedó quieto.

El picaporte de la puerta de la cocina comenzaba a bajar, y Dora dijo:

—¡Es tu sangre!

—También la tuya. ¿Y qué hiciste? ¿Hiciste algo? —respondió, tranquilo.

—No me lo permitiste…

—Aun así. No hiciste nada. Y no regresó —cada vez, Armando bajaba más la voz.

El picaporte permanecía girado hacia abajo.

—¡¿Quién te puede entender?! —dijo Dora, a los gritos—. Lo echaste cuando tenía 14 años. ¿Y yo tengo la culpa de que se fuera?

—Tu culpa es que no haya regresado. Si hubieras movido un dedo, ¡un solo dedo!, lo habrías traído de regreso al día siguiente. Pero, en vez de ayudarme a reparar mi error, te ocupaste bien de crucificarme en él —gritó Armando.

—Tú naciste crucificado. ¡Pero crucificado en la brutalidad! —Dora avanzó un paso y sostuvo la mirada sin pestañear.

—A ti, en cambio, tus padres te amaron. Te abrazaron. Te mimaron —dijo Armando en voz baja, mientras bajaba la vista hacia las baldosas.

Dora iba acercándose a la ventana:

—¡Odiabas que Miguel no supiera manejar herramientas! Le quitabas el martillo de las manos, antes de que pudiera sostenerlo. ¡Era un niño de 14 años! —le reprochó Dora.

—Al que eché de esta casa, como castigo. Dejé la luz del patio encendida hasta el amanecer. Lo eché, ¡sí! Y no se fue a lo de tu madre. No se encerró en su cuarto… Se fue… Y no regresó —declaró Armando.

—Ya no te miraba cuando hablabas. Se ponía de espaldas —le recordó Dora.

—A ti tampoco te miraba. Se quedaba detrás de ti sin decir nada. Lo único que has hecho, ha sido decir habladurías, para que todo el mundo me señalara con el dedo —se quejó Armando.

—¿Sabes que pasaron veinte años? ¿Pensaste alguna vez de lo que me privaste por no saber ser madre? —gimió Dora.

El picaporte volvió a su estado inicial.

Los pasos resonaron secos, otra vez, y su sonido fue disminuyendo hasta que no se los escuchó más…

—Voy a acostarme. Quiero dormirme y que mi corazón no despierte más —dijo Armando.

—Duerme. Duerme. Yo continuaré despierta.

Dora se mantuvo parada en la cocina. De espaldas a la ventana que daba a la calle.

 

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