julio 2026

Lo de Etelvina

74-Lo de Etelvina

María Ottaviano

Durante mucho tiempo, en el barrio, se recordó mi casamiento con Facundo, “como una curiosidad”. Incluso, escuché que alguien escribió sobre nosotros, bajo el título “De ese virus no se habla”.

Es que, en los barrios como el nuestro, donde todos se conocen, las noticias caminan más rápido que las personas…

Bastaba con que alguien dijera una palabra en la puerta de un almacén, para que, antes de la noche, todos la estuvieran repitiendo.

Aquella mañana, acompañé a mi madre a comprar papas y cebollas, a la verdulería, que estaba dentro del almacén. No entré. Me quedé afuera, junto a una ventana de dicho negocio. Desde allí, escuché la voz de Nicasia, la madre de Facundo:

—Se va a casar.

Me alejé unos pasos. No quería oír. Pero seguí escuchando igualmente. Las voces de tantas mujeres salían del almacén, como si el frío de ese día en el aire las trajera de un lado a otro.

—¿Facundo se va a casar? ¡Tiene dieciséis años! —exclamó.

Me ardieron las mejillas y tuve que alejarme de la ventana. Era tal el calor encerrado en mi cuerpo, que sentí que todos podían verlo. Y me alejé todavía más de la ventana.

No era la primera vez que alguien hablaba de la edad de Facundo. Y no sería la última.

Después, preguntaron por mí. Estaba acostumbrada a que llegara el momento de que hablaran de mí. Y llegó.

Preguntaban quién era la novia; la edad de la novia; si era verdad que había tenido varios novios, previamente…

Pronunciaron mi nombre, decenas de veces: Etelvina. Etelvina Mamaní.

Hasta comprobé que algunas personas recordaban historias que yo había olvidado desde hacía tiempo, como promesas que no se cumplieron y nombres que se me habían borrado.

—Y los padres de la Etelvina, ¿qué opinan? —preguntó Gladys.

—¿Qué van a opinar? —respondió Nicasia—. Desean la felicidad de su hija.

Yo seguía mirando hacia la calle, mientras dentro del almacén continuaban hablando. Pero escuché lo que decían sobre mí:

—La novia de Facundo agarró un virus —afirmó.

—¿Qué virus? —preguntó.

No sé quién hizo la pregunta. Sí recuerdo que todas parecían interesadas en el tema. Preguntaban cosas como si era contagioso; si podía contagiar a otras personas, o si debía permanecer aislada.

—Escuché que se contagió en el hospital.

—No. Dicen que lo trajo de otra provincia.

—Mi cuñada asegura que no tiene cura.

Bajé la cabeza. Decirles la verdad no habría servido de nada. Cuando cierran el entendimiento, no hay manera de que lo vuelvan a abrir. Acomodé una mano sobre mi vientre y salí caminando, sin mirar a nadie.

La verdad estaba ahí, delante de todos. La tenían delante de los ojos y seguían inventando otras versiones. En cambio, Facundo sí la veía. Por esto no se había apartado de mí, e iba a casarse conmigo. Por eso me tomaba de la mano, como siempre, cuando salíamos a caminar, mientras hablábamos de nuestro futuro.

Fui hasta la casa de Facundo. Me quedé en el jardín esperando a que terminara una conversación con su padre, dentro del comedor:

—Todavía eres un chico —dijo Jacinto.

—Para algunas cosas sí —respondió Facundo—. Para hacerme cargo, no.

En ese momento, entré. Vi en sus zapatos tierra y pasto, recién cortado.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Solo asentí. No le conté sobre lo que había escuchado. Se sentó y nos quedamos en silencio, mirando la profundidad de nuestros ojos.

Esa misma tarde, Elba, la almacenera, vio pasar a los Mamaní. Él llevaba un traje envuelto en una sábana y ella, una caja de zapatos:

—Ya falta poco —les dijo Elba.

Y los Mamaní asintieron con un leve movimiento de cabeza.

Finalmente, nos casamos el sábado 25 de junio de 1982, a las siete de la tarde. Fue una ceremonia con misa y la capilla, llena de gente.

Días después, mi hermana me contó que, cuando el sacerdote nos pidió que nos acercáramos al altar, mi madre se quedó observándome. Solo a mí. No miró el vestido. Tampoco a los que allí estaban. Ni a Facundo. Solo a mí. Y se secó una lágrima con sus dedos.

Recuerdo el arroz que nos tiraron al salir de la capilla. Y también a las mujeres que miraron el vestido blanco y mi cuerpo, como intentando resolver una suma con comas.

Ese mismo día, a última hora de la noche, me mudé a la casa de los padres de Facundo.

Al día siguiente, a la mañana temprano, escuché una conversación entre mi madre y la madre de Facundo:

—Gracias por recibir a mi hija en su casa.

—Ahora es hija nuestra también.

Y escuché que las dos quedaron en silencio durante unos segundos. Después, comenzaron a hablar de cortinas, muebles y espacio para una cuna.

También vi a mi padre con el padre de Facundo. Estaban sentados en la galería. Ambos miraban a Facundo, que trabajaba en el jardín:

—Es un buen muchacho mi yerno.

Jacinto movió la cabeza indicando que sí.

Desde el día siguiente al casamiento, nadie volvió a mencionar el motivo de nuestra boda.

Nicasia me enseñó a coser. Así es que las mañanas transcurrían entre telas, agujas y moldes.

Por las tardes, esperaba a que Facundo regresara del trabajo, para cebarle unos mates. Y, por las noches, lo acompañaba hasta la vereda para darle un beso, antes de irse a la escuela.

—Voy a la escuela con tu beso en mis labios.

—¿Y si te lo ven?

—Mejor que lo vean. Así verán que voy contigo a todas partes.

Los meses pasaron. Y una noche de diciembre, mientras esperábamos que se hiciera medianoche, para recibir la Navidad, Nicasia me vio y gritó:

—¡Etelvina rompió la bolsa de las aguas!

De pronto, me encontré acostada en la cama, sobre sábanas blancas.

Llegaron dos mujeres que dieron instrucciones de cómo respirar y hacer fuerza. Y escuché un llanto que me hizo llorar, también.

Nicasia fue la primera en tomarlo en brazos. Después entró Jacinto. Por último, Facundo. Que lo tomó en sus brazos y se puso a llorar en silencio, mientras sonreía.

Así, de golpe, me olvidé de los dolores que recién había sentido en todo mi cuerpo. Y también miré al niño dormir, entonces, ya no pensé ni en el almacén ni en las preguntas de aquellas mujeres.

El supuesto virus respiraba. Movía sus manitos. Lloraba con fuerza y pesaba tres kilos y medio en la balanza, recién traída, a préstamo, por la almacenera.

A los dos días del nacimiento, lo bautizamos. Y las mismas mujeres que habían hecho preguntas en el almacén, asistieron a la ceremonia. Las vi sonreír. Las vi acercarse a conocerlo y mirarlo con dulzura. Las vi inclinarse sobre la cuna.

Ninguna volvió a hablar del virus. Yo tampoco. Y Nicasia, mucho menos. Hasta se olvidó de su historia armada.

A cambio, comenzaron a llamarlo por su nombre: Facundo Etelvino.

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