agosto 2026

Cuando Aurora llegó

78-Cuando Aurora llegó

María Ottaviano

Correr, para mí, nunca fue un problema. Pero sí lo es si tus adversarios lo hacen sobre cuatro ruedas.

Esa mañana, el auto ya estaba sobre la ruta cuando tomó la curva sin tocar el freno.

Salieron cuando todavía el aire de Niquixao conservaba algo de frío entre los árboles. La luz recién empezaba a bajar por los cerros y el camino tenía ese color gris, que absorbía el paisaje antes de calentarse.

Corrí por las curvas de la Ruta N° 4. La bajada favorecía mis pasos, pero el calor me incendiaba la garganta. Corría con la lengua seca mientras el auto se hacía cada vez más pequeño.

Cuando el auto salió de la casa y dobló hacia la ruta, me lancé tras él, levantando polvo hasta con los ojos. Los Vargas se iban. Llevaban a Lucía y a Aurora.

Mientras corría tratando de alcanzarlos, volvieron las escenas en la casa, los silencios cortados cuando yo llegaba. Detalles… como cuando yo entraba a la cocina, y los Vargas dejaban la frase a la mitad y se miraban. Ellos tan blancos y yo, tan negro. ¡Un negro que dormía en la cama con su hija!

Sí les gustaba que si Lucía daba un paso hacia el patio, yo salía detrás de ella. Antes de que llegara al segundo paso, ya caminábamos juntos. Y, en cierta forma, soltaban el aire, despacio, cada vez que me veían seguir a Lucía hacia donde ella quisiera ir.

Al mismo tiempo, veían que, si Lucía me hacía una demostración de afecto, yo la seguía incluso hasta el baño. Pero mi color, sumado a mi contextura física marcada por músculos desarrollados, hacían que el padre me mirara de arriba abajo, después a Lucía, y buscara sus cigarrillos para fumar uno tras otro.

Cuando me acercaba a Lucía, ese señor apretaba la mandíbula y desviaba la vista.

Yo dejaba pasar todo eso. Seguía acostándome con ella; seguía durmiendo junto a ella, incluso cuando el padre apagaba un cigarrillo y encendía otro.

Pero un día llegó Aurora a la casa donde estábamos vacacionando, y Lucía dirigió toda su atención hacia ella.

La madre sonrió por primera vez en varias semanas cuando vio a Aurora dormirse junto a Lucía. Sostuvo la mirada sobre Aurora durante unos segundos. Después volvió a mirar a Lucía, y la sonrisa permaneció en su rostro.

Lucía, todo el tiempo, abrazaba y besaba a Aurora. Entonces, yo empecé a quedarme fuera de la habitación. Dormía en el sillón.

Y el lunes 2 de febrero, después de haber estado allí desde la Navidad, armaron sus valijas; las cargaron en el auto, y partieron hacia la ciudad de Catamarca, pero sin mí.

Algunos autos disminuían la velocidad. Desde las ventanillas asomaban rostros inmóviles que me seguían con la mirada mientras yo intentaba alcanzar el auto, que cada vez se alejaba más.

Las curvas terminaron tragándose el último reflejo del parabrisas. Nadie volvió la cabeza. El auto desapareció en la distancia. Y yo seguí mirando la ruta vacía.

Les pregunto: ¿Es justo que una familia abandone a un perro por ser negro y grande, a cambio de una gata blanca con dos manchitas marrones?

Nunca regresaron por mí.

Ese día en que corrí y corrí tratando de alcanzar el auto de los Vargas, quedé agotado, tirado a un costado de la ruta. Y una mujer que viajaba sola en su auto me vio.

Se detuvo.

Abrió la puerta y me llamó con una voz tranquila.

Ahora tengo a alguien que adora mi color. Me ama. Y duermo con ella.

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