marzo 2024

La tecnología y yo

6

María Ottaviano

Pertenezco a la generación de donadores de capacidad de adaptación. Para que esto se comprenda, les cuento…

Allá por los años ’80 buscaba la manera de conservar mi primer empleo. Para ello tenía que aprender a operar una computadora y dejar de escribir en la Remington. En las máquinas de escribir había que mantener quietas las manos sobre la línea media del teclado y desde allí, apretar con los dedos correspondientes cada letra.

La Q, la P, la A, la Ñ y la Z eran las que más trabajo daban porque se hacían con los dedos meñiques que, por supuesto, resultaban más cortos que la distancia a recorrer en esos pocos centímetros de teclado.

Ese lugar en el mercado laboral lo había conquistado, justamente, por saber escribir a máquina estando bien sentada y sin mirar las teclas, sumado a mi título de escuela secundaria.

Duró poco más de un año la tranquilidad del empleo seguro. A mis 19 años de edad, los cinco años de escuela podían terminar en la basura si no enfrentaba al monstruo: la computadora.

En mi casa, así como años atrás me habían provisto de un teclado de cartón para iniciar las prácticas de mecanografía, me animaron rápidamente a dar el gran paso y hablar por teléfono a alguna academia de computación de la Ciudad de Córdoba.

El problema era que en mi casa no poseímos teléfono. Mi padre guardaba celosamente la constancia de haberlo solicitado hacía 32 años. Entonces, desde la oficina en la que trabajaba, le solicité la comunicación a la operadora de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones y me la otorgó para ese mismo día.

Mientras hablaba con la persona que me atendía desde la escuela de computación, a cada momento la operadora intervenía preguntado:

—¿Hablaron ya?

—Aún estamos hablando operadora. Por favor, no corte la comunicación.

En todos los años que existió ese sistema no conocí a una sola operadora que no se inmiscuyera en las conversaciones.

Al día siguiente decidí ir a la Ciudad de Córdoba para conocer la institución que resolvería el problema que me estaba quitando el sueño.

Llegué y le expliqué a la secretaria que me atendió, que precisaba aprender, operar, usar… en fin, encender una computadora. Le manifesté mi desconocimiento total. Pero me vendió un curso para aprender a programar en lenguaje COBOL. ¡Huyendo me fui a la semana siguiente con una cuenta que recuerdo hasta el día de hoy lo que me dolió pagar!

A duras penas y con la ayuda de mis amigos que estaban en mi misma condición fui aprendiendo.

Inmediatamente vino la etapa universitaria y agradezco a ella haberme encontrado con computadoras hasta en la cafetería. Buenos vientos llegaron a mi vida al ver que todos los estudiantes, como yo, no localizaban en el teclado aquella tecla distintiva portadora de la letra que marca nuestro acervo e identidad, aquí, en estas lejanas tierras hijas de la madre patria que cientos de años atrás había dejado, entre otras cosas, la “ñ”.

Varios fueron los casos de diván que se suscitaron… de verdad… no es broma. Y además del diván por la “ñ”, eran las lágrimas de impotencia por no lograr estirar los dedos. Nuestras manos estaban acostumbradas a mantenerlos en ángulo recto sobre la máquina de escribir. En cambio, en la computadora, había que recorrer con ellos el teclado expandido ¡y se lo podía mirar! Estirar los dedos fue un cambio antropológico. Y el hecho de mirar las teclas al escribir, fue una acción liberadora, un pecar sin remordimiento.

Claro que se presentaron otras dificultades. Por ejemplo, poner las tildes en las vocales implicaba mantener apretadas dos teclas con los dedos de la mano izquierda mientras se digitaban tres números con los de la derecha. Y en el monitor las tildes no se veían, por lo que rezábamos veinte veces en todos los credos para que en las impresiones aparecieran bien puestas porque de ello dependía la aprobación de la materia.

WordStar −que corría bajo el Sistema Operativo DOS− fue el procesador de texto que me hizo donar mis más sinceros pensamientos. Lloré por él y al mismo tiempo le tomé cariño luego de que llegase Windows a movernos el piso una vez más y exigirnos que donáramos el alma.

Fue una experiencia compleja y al mismo tiempo maravillosa. Definitivamente comencé a amar a ese bicho llamado computadora y decidí dar otro gran paso tecnológico en mi vida. Adivinen… por supuesto que debía ser último modelo.

Movida por el que no falte la falta, muchas gaseosas no bebí y muchas veces a bailar no fui con el único objetivo de comprar mi propia computadora.

Cuando alcancé el sueño, el living fue el lugar para instalarla. Era enorme… la computadora y no el living. La coloqué sobre un escritorio armado con ladrillos de cemento y dos pedazos de madera de estantería de almacén. Tanta tecnología de repente era cosa para mostrar a las visitas ¿no? A los dos meses apareció otro modelo y mi mente me acompañó para no volverme loca y no entrar en esa vorágine de renovaciones. Me conformé con estar muy feliz con mis aprendizajes y avances. Hasta pude ayudar a otros chicos que buscaban empleo y precisaban saber cómo encenderla.

Transcurrió muy poco tiempo para que comenzara a sentar sobre la falda a mis sobrinos y hacer que descubrieran tan hermoso objeto y percibieran lo que algún día podrían llegar a hacer. ¡Qué dulzura poner mi espíritu docente al servicio del conocimiento de los niños! Era bello observarlos cómo experimentaban con cada ícono… Juro que no me daba cuenta que estaba formando monstruitos tecnológicos.

Una tarde, por unos segundos, dejé solo a uno de ellos. De repente dijo que tenía que irse. Había dado vuelta la imagen. En el monitor las letras se veían al revés. Y él no tenía ganas de pensar de qué manera retroceder. Cuando me percaté y vi que no lo podía resolver, me desesperé:

—¡Carmelo! ¡¿Qué hago ahora?!!!

Pasaron algunos años. Una tarde llamé por teléfono -ya teníamos teléfono en casa porque la nueva empresa prestadora del servicio había ofrecido la oportunidad de comprarlo con el pago de sesenta cuotas- ¿Qué estaba contando? ¡Ah! Sí. Llamé por teléfono a otro de mis sobrinos pidiéndole que viniese urgente a casa porque precisaba de su ayuda. Llegó rápidamente y con el pedido que paso a contar enseguida, sentí que me volvía sobrina de mi sobrino. Le dije:

—Diogo, compré un celular… ¿Cómo lo enciendo?

No se rían de mí, por favor. Estoy segura de que a más de uno de ustedes le sucedió lo mismo. Y no entremos en nimiedades como narrar cuando intentamos escribir con punto y aparte en WhatsApp ¿Okey?

Le pregunté cómo encenderlo, y al mismo tiempo caí de rodillas admitiendo que dependía de él para entender a ese nuevo y preciado objeto tecnológico. En ese instante visualicé mi futuro, por lo que año tras año les propuse a Carmelo y Diogo que vivieran conmigo así tendría a mano a quienes pudieran manejar el control remoto, el horno microondas; pusieran el pendrive en el puerto USB; me tradujeran el significado de DVD; me explicaran qué hacer con el Smart TV y el Smartphone; me indicaran el funcionamiento del reproductor MP3 y sus descendientes; me enseñaran a tomar una selfie para subirla a Instagram y enviar mensajes a la radio por WhatsApp;  y, por último, cerraran el portón automático mientras desactivaran la alarma al llegar a mi casa guiada por el GPS.

Sin duda, jamás logré mi cometido porque siempre sus padres los tuvieron de rehenes en sus casas por las mismas razones que pretendía tenerlos yo.

Hoy me dicen mis colegas que soy muy empática con los estudiantes. En general procuro serlo con todos, principalmente con quienes no cruzaron las primeras décadas. Son ellos quienes hacen que todos los días recuerde que debo seguir estirando los dedos de mis manos.

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