Limones, vino y botellas rotas
María Ottaviano
Cuando los gritos se escuchaban desde lo lejos, era porque ya no podía mantenerse en pie.
Salgado era un hombre solo, nacido en un pueblo del interior de Córdoba en 1954. Vivía de sus trabajos ocasionales y constantes en la cantera de arena gruesa. Tomaba la pala con sus manos a las seis de la mañana y la dejaba algunas veces por la tarde, otras veces al mediodía. En realidad, el término de la jornada era determinado por su cuerpo.
Su patrón ya sabía cuánto podía esperar de él y no le imponía ninguna exigencia. Tenían un pacto de palabra celebrado muchos años atrás: uno trabajaba y el otro le pagaba. Ambos sabían que cada día siguiente volverían a verse.
Salgado diariamente, al salir de la cantera, ya estaba sumergido en el alcohol. Montaba su caballo y libre de toda obligación, retomaba el mismo recuerdo de los últimos tres años. Recordaba que un vendedor ambulante no le había querido fiar un limón, siendo que él era un hombre pagador. Se lamentaba largamente: “¡El limón! ¡El limón!” y seguía su camino como podía. O bajaba del caballo y quedaba tirado en medio de la calle, debajo de la lluvia, entre sapos que saltaban en el aguacero. Los niños se acercaban, tironeaban de sus piernas y brazos arrastrándolo hasta la vereda para que nadie lo pisara. “Vamos a ayudar a Limón” decían.
Por las mañanas estaba sobrio. Trabajaba y, mientras iba regresando a su casa, pasaba por el almacén y retiraba su cuarta o quinta botella de vino.
Al envase de vidrio siempre lo llevaba a cuestas su caballo. Bajaba. Saludaba. Compraba algo para comer, y volvía a subirse al caballo con la botella en la mano.
Era muy respetuoso. Nunca una palabra de más. Entre sus tembleques de rodillas -a los que procuraba dominar- hacía el esfuerzo para sostenerse erguido delante de las mujeres, manteniendo la distancia como señal de respeto.
Así, mientras transcurrían las horas para terminar el día, pasaban por sus manos botellas y más botellas, hasta que se caía. Podía sucederle en la cantera, en la calle o en el bar. Caía desplomado y entregado al sueño. Ahí, los hombres lo cargaban y subían a su caballo. Todos sabían que Salgado llegaría a su casa gracias a la nobleza del animal.
El caballo emprendía su andar y hacía el recorrido diario, parando en cada lugar donde su amo acostumbraba a desmontar. Se detenía y, al notar que no lo desmontaba, retomaba el andar y repetía tantas veces el rito como fuera necesario. Finalmente, el caballo llegaba a la puerta de su hogar y de allí no se movía. Algún vecino bajaba a Salgado, y mientras lo introducía dentro de la casa, el caballo iba solo hacia el patio donde dormía. A la mañana siguiente, Salgado volvía a erguirse, y repetía lo que en él era rutina.
El caballo comía en los baldíos o en las veredas donde veía algo verde. Parecía entender que su amo apenas podía ocuparse de sí mismo y que había olvidado su existencia. También presenciaba todas las debilidades. En una ocasión, Salgado fingió haberse lastimado con alambre oxidado y fue hacia la sala de primeros auxilios a pedir que le dieran alcohol para desinfectarse. La primera vez pudo engañar a la enfermera y galopó para esconderse lejos. En otra oportunidad, se le resbaló la botella entre las manos. La botella se estampó contra la tierra de la calle, saltando los vidrios como formando un círculo en el aire. Salgado abrió los ojos -que ya estaban muy rojos- y se lanzó contra el suelo, llevando muy apurado su boca hacia él, con la pretensión de absorber el líquido derramado en una lucha cruenta con la tierra. Cuando, a pesar de su insistencia, pudo darse cuenta de que al vino se lo había tomado la tierra, se dio vuelta para quedar tirado boca arriba, llorando y gritando: “¡El limón! ¡El limón!”
Así tendido, aún guardaba respeto hacia las mujeres que querían ayudarlo, y suavemente no se dejaba tocar. Les pedía que se alejaran porque eso no era para ellas. Y allí quedaba, hecho un despojo, custodiado por la generosidad de su caballo hasta que venían los hombres que otra vez lo cargaban sobre su fiel amigo. Y el animal retomaba el camino.
El alcohol marcó la vida de Salgado. No pudo salir de ese infierno. Le faltó que alguien le ayudara a comprender que podía tener otra vida. Diariamente se perdía en su tristeza y se entregaba al sueño. Hasta que, el día en que el caballo murió, lloró desconsoladamente y pronto se durmió para siempre a sus 42 años.
Cuentan quienes fueron niños en esos tiempos, que el patrón de la cantera se ocupó de que tuvieran sepultura Salgado y su caballo. Y que, por iniciativa de las mujeres, toda la gente del lugar -incluso el vendedor de limones- caminaron hasta el cementerio llevando entre sus manos arena embebida en vino. Y agregan que fue un momento tan especial que jamás probaron el alcohol.