junio 2024

Full life

5-FULL LIFE

María Ottaviano

Todo el desenfado estaba instalado en Amelia para decidir ir sola al encuentro de no sabía quiénes, que hablaban de vivir de una manera que no conocía cómo y que se reunirían en un lugar que desconocía dónde.

Le bastó el consejo y recomendación de un profesor para entregarse ciegamente a un viaje al que comenzó a imaginar como una transgresión.

Lo transgresivo en ese momento era ir a otro país en febrero de 2017, tocar esa tierra e inmediatamente saltar de una gran ciudad a un medio totalmente natural, sin conocer a nadie, para hablar de la vida y solo con la confianza entregada a sus creencias.

Una vez en el lugar, como ella, fueron apareciendo otras personas de distintos sitios y profesiones como médicos, filósofos, sociólogos, psicólogos, docentes, ingenieros, abogados, comerciantes… Y esperando estaban el coordinador, los traductores y the cook, como llamaron desde ese primer día al cocinero.

En medio de presentaciones informales, descubrimientos de idiomas, rostros, pieles y aromas, entraron en escena los profesores que llevarían adelante los encuentros. Eran japoneses oriundos de distintos países: dos de Japón, dos de Australia, una de Estados Unidos y otra de Italia.

Cuando Amelia los vio, se dio cuenta de que lo que allí sucedería a partir de ese instante, sería por única vez en su vida. Al mismo tiempo que intimaría con algo que parecía muy serio.

Discutió consigo misma acerca de cuál transgresión había ido a buscar, convencida de que para quebrantar algo y aclamar su novedad, los criterios debían partir de mentes acobijadas en cuerpos jóvenes. Pero esos asiáticos desparramados por el mundo y juntados para llegar a Atibaia tenían otra cuestión en común, y es que eran de edad muy avanzada.

Por alguna razón en ningún momento se sintió incómoda. Al contrario. La amabilidad se respiraba y el respeto era el punto de partida. Así quedó demostrado a la mañana siguiente en que compartieron el primer desayuno todos juntos. Se sentaron luego de acercarse a la gran mesa y servirse cada uno lo que deseaban comer y beber.

Los profesores los miraron y seguidamente quedaron con sus ojos puestos en las tazas. Todo el grupo pensó que se trataba de un rito, una oración, que por respeto imitaron. Nadie se animó a dar el primer mordisco ni el primer sorbo. Así, inmutables, con the cook parado en un extremo del salón, se sucedieron en silencio cincuenta interminables minutos que recién se interrumpieron al incorporarse a la mesa el único integrante del grupo que faltaba. Solamente los profesores se habían percatado de su ausencia. Rápidamente iniciaron ellos el diálogo y el primer mordisco. Luego los demás se plegaron tomando las infusiones ya frías que ninguno se atrevió a rechazar y ni the cook invitó a cambiar.

Amelia nunca pudo ponerle palabras a eso que emanaban aquellas personas de avanzada edad. Solo cuenta que todos los escuchaban y que en los momentos libres se sentaba en silencio junto a ellos para observar los arcoíris con sus sonidos escondidos.

Nada se complicaba. Los diálogos fluían y Amelia recibía los elogios y los retos, más que nada retos, y luego agradecía haciéndoles una reverencia que tampoco se daba cuenta cómo le surgía, y a continuación un beso y abrazo mutuo.

Después de varias jornadas compartidas, Amelia fue descubriendo que la ancianidad disfruta del conocimiento que solamente el acontecer de la vida otorga. Entendió que los millares de experiencias, o de libros y lecturas a cuestas de cada persona, precisan indefectiblemente de la madurez que solamente da el devenir del tiempo.

Comenzó a intuir que asociar la acumulación de décadas con la lentitud en el raciocinio, con el desgaste físico, las enfermedades y las fatigas, era un error. Y rápido advirtió que la vejez es un asunto sobre cómo los hombres y mujeres transcurren sus vidas y sus acciones, y no una cuestión de edad.

Todas esas personas que, como Amelia, se encontraron allí, aprendieron entre muchas otras cosas acerca del valor que algunas comunidades aún les dan a sus mayores. Son sociedades que cuidan lo bien producido en el pasado y para ello siempre ponen en resguardo a sus mayores para que formen a los más jóvenes. Son sociedades que comprenden que el paso de los años es sinónimo de mayor entendimiento de los hechos y las conductas. Y también mayor la aptitud para decidir sobre las vidas y destinos de otros seres humanos cuando éstos últimos se han equivocado porque, si de algo goza la vejez, es de juzgar desapasionadamente.

Amelia aún guarda muy fresco el recuerdo de ese encuentro maravilloso que pronto se transformó en un viaje para toda la vida.

Cada día, observando la fotografía en donde están los viajeros rodeando a esos ancianos y a the cook, le parece que recién acaba de volver. A cada momento le resuenan las palabras de esos abuelos venidos de distintos puntos cardinales del planeta que aterrizaron para mostrarles que sí existe un camino para vivir full life, y que esa vida plena puede acabar mucho después de los 100.

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