julio 2024

Abuelo Francisco

ABUELO FRANCISCO-

María Ottaviano

Hace dos meses atrás, hubiesen saltados los techos de la Terminal de Ómnibus de Córdoba de no haberse acercado alguien a ver qué pasaba.

Mientras caminaba Anita con su hermana y dos primas, junto al abuelo Francisco, por el interior de la Terminal y subían las escaleras, el abuelo se tropezó y cayó arrodillado.

Las primas de Anita, Gloria y Susana, atinaron ágilmente a movilizarse y ayudarlo mientras que Anita, que aún no llega ni a medio metro de estatura, dio un fuerte alarido de desesperación por el que las personas corrieron a ayudar al abuelo y consolarla a ella.

Fue muy fuerte para Anita la imagen de su abuelo arrodillado involuntariamente. Es que todos los días está de pie, camina a pie, se desplaza a pie. Y ahora, que se iba tres meses a Brasil y ninguna estaba contenta, el susto entró fácilmente por toda la piel. Hasta las margaritas dibujadas en el vestido corto y amarillo de su hermana parecieron marchitarse en un santiamén.

Sucede que el abuelo, como hace de abuelo, es un ser humano increíble tomado de un libro de cuento fantástico. Avisa que va a pescar y los nietos enseguida alistan las cañas para ir caminando a la acequia o al rio. Quizás, alguna mojarrita entra en el juego de morder el anzuelo, o alguna anguila aparece enojada echando chispazos de luces por lo que rápidamente la devuelven al agua mientras saltan de sus bocas las migas de pan con picadillo.

Es el encuentro, el rodearlo dando vueltas en él lo que los adentra en su aura. El abuelo Francisco es un motor inmóvil que los mueve como la miel a las abejas. Son las charlas, los juegos de peluquería en los que él es el único cliente y víctima de las tijeras de los nietos. Es el amigo y cómplice de proyectos inverosímiles.

Aunque alguna vez las nueras están molestas con el suegro, nunca hay desaprobación por parte de ellas. Simplemente los niños avisan que estarán con él, tan solo porque es rutina avisar, pero no para solicitar permiso. Quizás alguna madre en ese momento refunfuña y entre los dientes sostiene la negativa que no pronuncia, por lo que los hijos no sienten la necesidad de escapar para ir hacia el destino del día.

En realidad, se trata de una cadena en pequeñas dosis de humanidad llevadas a cabo por los adultos, que están dirigidas a que disfruten del vínculo nietos-abuelo, lo que los ayuda a moldear la mirada, porque al permitir el encuentro entre las puntas de la vida, una punta está sembrando a la otra punta todos esos sentidos imposibles de adquirir en un instante: la paciencia, la espera, la templanza, la medida y la ecuanimidad. Y luego en el tránsito de la vida, cuando no se está en ninguno de los extremos, se mira así también, aunque, quizás, los momentos para brindar todo eso sean diferentes.

Tal vez, hasta inconscientemente, los mayores actúan de ese modo. A la distancia del tiempo, habrá que preguntar si sirvió. Es muy probable que sí, más en este caso, por el hecho de que el abuelo Francisco solamente hace de abuelo.

Con él no hay intercambios de cosas materiales. Los nietos lo ven porque quieren verlo. Están con él porque quieren estar. El abuelo Francisco nunca hace de sus nietos un plazo fijo para después.

¿Tienen a su abuelo, a su abuela? Vayan a darle un abrazo. Y si ya partieron, envíen un beso al cielo.

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