María Ottaviano
“¡Oh, Dios!” fueron las últimas palabras de un hombre que a veces dudamos que haya habitado este mundo. Un ser totalmente modesto, austero, autoexigente y, por sobre todo, incapaz de doblarse. ¿Existió? Sí, existió.
India, un país que desde antes de la era de Cristo ya pasaba de mano en mano por creencias y por países extranjeros, llegó a un momento en que el fruto de la política que se podía recoger allí era el de la corrupción.
Mohandas Karamchand Gandhi, hombre muy sencillo, directo, con gran sentido del diálogo y del humor -así se muestra en sus escritos- ya había ido a occidente movido por la búsqueda del conocimiento de ese hemisferio y retornado con el secreto que había transformado en poseedores de la sabiduría a los hindúes. Su mayor preocupación era la liberación de la India, por lo que durante su estadía en occidente fue dándole forma a las armas de lucha que más tarde utilizaría en su país.
La entrada y desarrollo suyos en el papel político de la India comenzó después de dejar titilando los sueños de ser el abogado bien vestido al ver que la aprobación de la Ley Rowlatt instituía la censura y fijaba penas durísimas para todo aquel que se opusiera a los designios y caprichos de los mandatarios del momento en su pueblo.
Gandhi, más tarde llamado ‘Mahatma’ (alma grande) -nombre que le da el poeta bengalí Rabindranath Tagore- vio que la salida para liberar a la India era la introducción de un valor que estaba depreciado ya por ese entonces: la ética. Lo hizo con la prédica y el ejemplo, porque vivió en una pobreza extrema, sin conceder ningún tipo de beneficios a sus familiares, y obligándose siempre a rechazar para su persona el poder político, antes y después de la liberación de su país. Justamente, fue esa rectitud hacia sí mismo de no aceptar nunca el poder, lo que lo hizo ser un líder único, extraordinario, fuera de la regla del común que se desesperaban y desesperan por llegar a obtenerlo y luego se anquilosan, se sueldan, para nunca soltarlo. Acrecentando tan gran determinación, se sumó su decisión también de extraer del hinduismo todos aquellos elementos que mejor pudieran servir para lograr sus propósitos políticos y sociales. Por ejemplo, usó su estilo propio de ‘ahimsa’ transformándolo en una forma de resistencia pasiva.
‘Ahimsa’ significa no impedir la vida progresiva de ninguna entidad viviente. Es la negativa a causar daño de pensamiento, palabra y obra. Al mismo tiempo, designó su doctrina de la resistencia no violenta a la injusticia y la opresión con ‘satyagraha’ que quiere decir fuerza de la verdad. El Satyagraha se basa en la creencia que la bondad es inherente del humano; es el poder moral y la capacidad de sufrir al oponente.
Gandhi y sus seguidores eran despreciados por no subordinarse a las decisiones de sus por entonces gobernantes, lo cual desencadenaba en terminar en la cárcel; sin embargo, nunca levantaban la mano ni se resistían al castigo impuesto. Mahatma era encarcelado, y la mayoría de las veces su familia iba con él y se quedaban todos encerrados. El objetivo de Gandhi era que los británicos se cansaran y se fueran de la India. Que se fueran definitivamente, porque esa era la manera en que la India llegaría a gobernarse con poder, y no en cambio, gobernar sin poder bajo la presencia de esos otros.
Gandhi mantuvo de esa manera, durante años y años, la desobediencia, la no cooperación y la insumisión. Acercó la ética a la política. Se trataba de una ética entendida con ‘ahimsa’ (no matar); con ‘sarvodaya’ (bienestar de todos); con ‘swarai’ (autodeterminación y autogobierno); y con ‘swadeshi’ (autosuficiencia). Y otro detalle no menor, es que muy lejos de empujar a la gente hacia cualquier tipo de desbordes o riesgos, varias veces en su vida recurrió a los ayunos como medio de presión contra el poder, como forma de lucha vivaz y conmovedora para detener la violencia o llamar la atención de grandes conjuntos de personas. Lo hacía él mismo. Lo hacía sobre su propio cuerpo. Comenzaba y transcurrían los días y semanas enteros sin que nada probara. Recién cuando cesaban los conflictos emprendía su recuperación.
Gandhi murió el 30 de enero de 1948, en manos de un fanático hindú que le disparó hasta dar fin a su cuerpo de 78 años de edad. El motivo del asesinato, según lo explicó su propio victimario, es que Gandhi desaprobaba los conflictos religiosos que siguieron a la independencia de la India, por lo que defendía a los musulmanes en territorio hindú.
El pueblo sufrió la muerte de Mahatma Gandhi porque en su paso por la vida política había sembrado en cada corazón la esperanza, dejando de lado el descreimiento e instalando el valor fundamental de la ética en la política. También por esto es que el mundo guarda el recuerdo de este hombre extraordinario que luchó para dar por cierto el ideal de la verdad. Buscaba la verdad y demostraba que era el único camino sin violencia para ser libres. Mostró lo absurda y engañosa que es la propuesta de hacerse investir de poder para hacer algo por los demás y que es innecesario asumir un cargo simple u ostentoso para ser escuchado o para cambiar aquello que provoca dolor y desata injusticias.
Gandhi es el espejo de que cuando partimos, no nos llevamos nada, sino que, muy por el contrario, dejamos todo, y en ese todo el recuerdo.
Mahatma luchó durante 39 años para unir a su pueblo y estuvo lejos del resultado esperado, al mismo tiempo que los años de previsiones para la retirada británica tampoco fueron los óptimos. Sin embargo, Gandhi asistió a la cita que la historia le había preparado. Respetó la cita. Puso su esfuerzo, honestidad, inteligencia y sus limpios harapos de líder para abrazar la angustia y opresión de su pueblo.
Dejó a la humanidad completa la enseñanza de la búsqueda de la verdad, comprendiendo que la verdad siempre hace bien. Que, aunque a veces duela, hace bien. Hizo lo necesario y más para encontrar la verdad sin agresiones hacia el otro, sin tirar culpas al otro, sin humillar al otro y, más que nada, sin armas de fuego, porque jamás tocó una ni indujo a los otros a que lo hicieran. Por el contrario, las armas que usó fueron la paciencia, el oído y la palabra, la buena palabra… en el momento justo.