María Ottaviano
A veces me pregunto qué les sucede interiormente a aquellas personas que cambian de religión. Claro que no consigo la respuesta exacta.
De inmediato recuerdo lo que mi amigo Osvaldo dijo alguna vez al respecto: hay quienes cambian de religión por inseguridad y no consiguen quedarse en ninguna. Hay quienes se sienten más seguros ante lo nuevo, y lo toman hasta que eso nuevo les vuelve a resultar viejo.
Ante tan difícil respuesta, opto por no pensar nada. Sencillamente es algo que está ahí y que se debe respetar. Se trata de decisiones muy personales. Aunque, en algunos casos… es tan radical el cambio que despiertan curiosidad, como la conversión de Greco Bilbao.
Greco Bilbao nació en 1918 en la Provincia de Santa fe, en un lugar donde la iglesia es paso obligado de los visitantes: Pilar.
En 1943, luego de terminar sus estudios secundarios, se trasladó a la Ciudad de Córdoba para estudiar medicina.
Se declaraba no creyente debido a sus convicciones políticas. Había llegado a la ciudad docta muy cansado de tantos sermones en su pueblo por los que había que entregar el alma, y tanta seguridad de sus mayores en cuanto a cuál partido político entregar el corazón. Y así se mantuvo durante varios años. Convencido totalmente.
En 1947, cuando era Presidente Juan Domingo Perón y la Iglesia católica estaba conducida por el Papa Pío XII, Greco Bilbao se propuso como meta molestar a todo sacerdote y seminarista que encontrara, sin importar la ocasión.
Así lo fue haciendo: en la facultad de medicina, en el hospital, en los negocios, en la calle. Llevaba a cabo su propósito con tanta seguridad que se regocijaba al escuchar a los sacerdotes cuando le decían “Que Dios se apiade de tu alma”, o que los seminaristas se pusieran colorados al no encontrar palabras para responder a sus provocaciones.
En septiembre de ese año encontró otra posibilidad para llevar a cabo sus ataques: Greco jugaba al futbol y su equipo había sido invitado a participar de un torneo que se llevaría a cabo en el Seminario Mayor.
En la fecha marcada, llegó feliz con sus compañeros. Eran los universitarios versus los seminaristas. Jugaron tres partidos a lo largo del día en que se mezclaron los encuentros con almuerzo, siesta, juego y definiciones.
Greco se burló de los seminaristas a cada instante. Les decía cosas hasta irreproducibles. Y los seminaristas no lograban ponerlo en evidencia porque lo hacía en voz baja, como un fantasma al que no podían identificar.
Transcurrió el día. Su equipo estaba exultante por la victoria alcanzada y Greco doblemente satisfecho.
En el momento de la despedida, Greco buscó donde lavarse las manos. Se trataba de una metáfora para borrar cualquier huella que pudiera haber dejado tras sus tropelías. Para ello se alejó de la cancha de tierra ubicada adentro del Seminario para adentrarse en los pasillos y recovecos del Seminario. En alguna parte debía haber una canilla.
Por fin la encontró al llegar a la cocina. Se lavó las manos. Ensució con ganas el único paño que allí había colgado, y salió para retornar a la cancha y a la salida. Pero se desorientó y comenzó a caminar por espacios que antes no había pasado.
Tras minutos incontables, comenzó a agitarse. No sabía dónde estaba, ni se encontraba con alguien. La oscuridad ya había ganado todo el espacio. Solo la penumbra de la luna podía ver en retazos cada vez que llegaba a alguna ventana.
Por fin llegó al final de una galería que desembocaba en la cancha de tierra. Ahí revivió, pero solo por unos segundos porque no había nadie. Se habían ido todos: las visitas y los dueños de casa también. Caminó hacia el portón de salida y esa mole estaba cerrada con llave y un barrote atravesado.
En un abrir y cerrar de ojos ideó la manera de salir. Era muy joven y estaba lleno de energía. Fácilmente saltaría la tapia que escondía del otro lado la calle. Pero fue imposible. La altura de tres metros de la pared, más la falta de objetos que le sirvieran para ayudarse a trepar, y más la soledad, fueron el conjunto perfecto para que finalmente comprendiera que no había manera de salir.
Volvió tras sus pasos a la cocina pensando encontrar a algún sacerdote o seminarista iría. Encontrarse con alguien en la cocina sucede en cualquier hogar y debía pasar allí también.
Llegó y se quedó de pie. No podía resultar mal su plan. A la cocina alguien debía entrar muy pronto.
Pasó el tiempo y sí. Llegó sediento un viejo sacerdote que, al verlo a Greco parado junto a la mesa, lejos de asustarse le preguntó su nombre:
—¿Cómo te llamas hijo?
—Greco… padre.
El sacerdote buscó dos vasos y los colmó de agua
—Toma. Te hará bien.
Greco bebió el agua mientras el sacerdote bebía también.
—Mire padre… vine con mis amigos a jugar el campeonato. Cuando me quise ir ya no había nadie en la cancha y la puerta estaba cerrada ¿puede abrir usted y yo me voy? Le agradezco el agua, le agradezco su atención, pero necesito irme porque tengo que regresar a la pensión y estudiar porque pasado mañana, el lunes, tengo examen en la facultad. Y también tengo que llamar a mi madre… pobre, cada domingo la llamo por teléfono. Ella está en mi pueblo con mi papá, y usted sabe cómo son las madres que… si los hijos no llaman el día y la hora acordada ya se ponen mal, se desesperan… ¿Me abre la puerta por favor?
El sacerdote respiró hondo, se dio vuelta y fue hasta la alacena. Mientras sacaba algunas verduras, fideos y una olla, le dijo:
—Prepararé una sopa Greco ¿Me puedes ayudar a lavar las verduras? La verdad, me levanté con ganas de tomar sopa. Y no me gusta cenar solo.
Greco accedió como si su padre se lo hubiese pedido. Se paró al lado del sacerdote, de frente a la pileta, y comenzó a lavar las hojas de acelga, luego el zapallito y el tomate.
—Aquí hay un hueso con algo de carne Siempre le da un sabor muy especial a la sopa— dijo el sacerdote.
Greco, increíblemente entregado, lo miró buscando respuesta.
—El campeonato terminó hace tres horas. Cada joven seminarista ya está en su celda descansando. Lo mismo los sacerdotes. Soy el único que deambula por las noches buscando agua.
—¿Puede abrir la puerta padre así me voy y dejo de molestarlo?
—Primero, para nada me molestas Greco. Hacía años que no conversaba con alguien físico a estas horas. Segundo, no tengo llaves. Ya soy muy viejo para esas responsabilidades.
Greco se humedeció por completo. Aceptó la realidad: había quedado encerrado.
Tomaron la sopa y bebieron más agua tras el rezo del sacerdote al que Greco escuchó respetuosamente.
—Te acompañaré a una celda. Podrás descansar bien. Mañana te llamaré a las cinco para la oración. Después podrás irte a las siete.
—Sí padre.
Greco lavó los platos y utensilios utilizados. Luego caminaron por largos pasillos hasta llegar al lugar para dormir.
El sacerdote lo bendijo y le deseó buen descanso.
Greco volvió a encontrarse solo. Al menos eso creyó al acostarse. Apoyó la cabeza en la almohada y sus ojos quedaron puestos en el crucifijo colgado más arriba del marco de la puerta. Fue un encuentro en el que repasó su vida completa quizás durante horas, o quizás durante apenas unos segundos.
A la mañana siguiente, tal como el sacerdote le había anticipado, lo llamó. Salió de la celda y en silencio fue siguiendo al sacerdote que lo guió hasta el lugar donde se encontraron todos para rezar.
Allí estaban los seminaristas y sacerdotes a quienes había molestado el día anterior. Nadie dijo nada. Nadie lo miró molesto. Todos le hicieron sentir que era bienvenido.
Más tarde pasaron al comedor y desayunaron café con tostadas y manteca. Greco estaba entre los seminaristas. El viejo sacerdote, entre los demás sacerdotes.
Al terminar el desayuno y que cada uno se aprestó para dirigirse a sus respectivas tareas, Greco se acercó al viejo sacerdote quien se preparaba para acompañarlo a la puerta de salida.
Una vez allí, Greco le pidió si le permitía llamar por teléfono a su madre. El viejo sacerdote, sin hablar, asintió. Lo llevó hasta el escritorio del Director. Y, cuando estaba por dejar solo a Greco para que hablara tranquilo con su madre, Greco le pidió que se quedara junto a él para escuchar la conversación. El viejo sacerdote aceptó, nuevamente en silencio.
—Hola mamá. Buen día. ¿Sabes? Anoche conversé con un amigo durante toda la noche.
—¿Quién es ese amigo Greco?
—Se llama Dios, o Jesús. Aún no lo sé muy bien…
—Bueno. Dios es…
—Ya lo aprenderé mamá… Ahora escucha, por favor… En este momento estoy en el Seminario Mayor. Me quedaré aquí mamá…
—¿Vas a pasar unos días ahí…?
—Aún no lo sé mamá. Tal vez me quede la vida entera.
—Greco, es un sacrificio el que hace tu padre para que estés en Córdoba. Toda la familia hace un sacrificio… y llamas para hacer una broma así…
—Mamá, volveré a llamarte— y cortó sin mediar otras palabras. Miró al viejo sacerdote quien, una vez más sin pronunciar palabra lo llevó a conversar con el Director.
Años más tarde Greco se ordenó como sacerdote. Cuentan otros sacerdotes que en ese momento eran seminaristas, que dedicó su vida a Dios. Y que siempre, en las misas, hasta el día de su muerte en 1999, explicó quién era Dios y quién Jesús.