febrero 2025

Picachu

20-PICACHU

María Ottaviano

Cuando alguien llega a tu vida, viene con alguien más. Puede tocarte una suegra, un suegro, hermanos, hijos, nietos, exesposa, amante, buenos vecinos, malos vecinos… Seguramente, en este momento, cada quien estará pensando con quién llegó la persona con la que está compartiendo su vida.

En mi caso, mi esposo llegó con su mejor amigo: Picachu.

Tardó unos cuantos meses en presentármelo. Primero me habló de él. Dijo que se trataba de un ser muy compañero, inteligente, con gran agudeza mental, leal y protector.

Con la sonrisa con la que me compartía las bondades de Picachu, cualquiera hubiese pensado que describía a una persona. Sin embargo, se trataba de una “personita no humana”, un ser sintiente, al que había que cuidar, proteger y amar.

Cuando finalmente lo conocí, noté que había que ponerle algunos límites, como señalarle que desde la puerta del pasillo no debía pasar hacia la zona de los dormitorios. Y que mucho menos, podría seguir subiendo a la cama, revolcarse sobre la alfombra, o usar el cantero de flores como baño.

Al principio, costó; pero, poco a poco, fue entendiendo. Tanto es así que, se daba cuenta de que estaba por ingresar a un sector de la casa, prohibido para él, regresaba sobre sus patitas, caminando hacia atrás y manteniendo la mirada fija hacia mí.

Picachu llegó a la casa de mi esposo cinco años atrás, directo de la calle, con collar y cola cortada al nacer. Según los cálculos del médico veterinario, alguien lo había abandonado cuando tenía cinco años de vida. En ambos ojos, tiene hiperplasia de la glándula lagrimal, la cual lo hace ser fácilmente distinguible.

De acuerdo con sus características, su mamá o su papá podría haber sido de la raza Jack Russell Terrier, con pelaje blanco, en algunas partes, y marrón claro, en otras.

Picachu es un perro de ciudad, acostumbrado a dormir dentro de la casa, a tener su porción de buena comida a horario –entre sus postres predilectos está el melón, la sandía, almendras y galletas de arroz–, y a disponer de su fuente de agua, permanentemente fresca y limpia.

Es un muy buen cazador de cucarachas, que andan por el jardín. Cuando nota que alguna merodea, se pone en guardia y espera para sorprenderla. A la cucaracha, ya convertida en su presa, la lleva al césped del jardín interno, se sienta sobre ella, y luego la aplasta con su lomo, hasta asegurarse de que ya ha dejado de existir.

También es un muy buen cazador de moscas. Las atrapa estando acostado, o con movimientos rápidos, y saltando. Es decir, verdaderamente, todos los días se gana su comida.

Hasta aquí, describí a Picachu de la ciudad. Lo que no sabía es que ya tenía unos cuantos viajes largos en auto para irse de vacaciones. Lo descubrí cuando decidimos hacer un éxodo desde la ciudad debido al calor intenso que ya no soportábamos.

Claro que se dio cuenta de los preparativos, por lo que montó una vigilancia de 24 horas corridas, apoyado en el piso, en posición de alerta, con sus patitas delanteras listas para arrancar la carrera hacia el auto.

Cuando por fin llegó la mañana de la partida, ya le había preparado una almohada con funda para que utilizara como colchón, en el asiento trasero. Subió al auto, colmado de emoción. Mi esposo lo aseguró al cinturón y al rato se durmió. Excelente y calmo compañero de viaje.

Cuando llegamos a nuestro destino, a partir de ese instante, fue otro Picachu: orejitas paradas todo el tiempo, siempre atento, con un olfato y oídos extraordinarios. Además de, constantemente, sus dotes de vigilante –su masa muscular de las patitas traseras, en posición de ataque hacia perros grandes, que ni registraban su presencia–, cuidador del espacio y… un mimoso total.

Si por lo leído hasta aquí, creen que esta historia tratará solamente sobre Picachu, se equivocan. También será sobre mí. Porque el nuevo perro, con el que compartí momentos de esparcimiento, hizo que perdiera el control de la manada.

Antes de llegar a nuestro destino de vacaciones, teníamos muy clara la división de espacios para dormir. Pero la ola de calor, en el mes enero, llegó también a la precordillera de los Andes.

Por pura intuición, antes de partir, incluí un ventilador en el equipaje, a pesar de los “¿Para qué lo llevan?” o “¡No les hará falta!”. Hoy, hago memoria, y me digo: “¡Gracias, intuición femenina, o años vividos!”. Cuando notamos que fue necesario, lo desembalamos e instalamos sobre una banqueta, al pie de la cama.

La frescura nos calmó. Podíamos descansar bien. Sin embargo, la desesperación de Picachu rompió las reglas de convivencia preestablecidas, al subirse a la cama y extender su cuerpito sobre el cubrecama, interponiéndose entre nosotros y el ventilador. Cuando noté su presencia y su carita puesta justo en frente del placentero aire, no pronuncié ni una palabra, no moví mis pies, casi no respiré. Su solo acto me hizo entender, claramente, que es un pequeño ser que siente. Y que también necesita que el orden predeterminado, algunas veces, cambie.

Agradezco su compañía. Agradezco sus travesuras. Es más, me recuerda lo que el zorro le dijo al Principito acerca de que el tiempo que había pasado con su rosa, hizo que la rosa fuera tan importante. Y que no la olvide, porque era responsable, para siempre, de lo que había domesticado.

Ojalá que ese mensaje, tan simple e inmenso que escribió Antoine de Saint-Exupéry, cada ser humano lo tenga presente siempre y constantemente en su corazón, como a mí, Picachu, me lo ha hecho renacer.

 

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