María Ottaviano
Para conocer una puerta de los secretos, no es necesario realizar viajes a lugares recónditos del planeta; tampoco, verlas en cines. Quizá ya tienes una en tu casa y aún no lo sabes…
Lo que pasaré a contarles, le sucedió a Ada y a su pequeño hijo, en el año 1978, el día en que se transmitía la final del Mundial de Fútbol, entre Argentina versus Holanda.
Sin embargo, para que se comprenda el porqué de la misteriosa puerta de los secretos, será necesario que vaya más atrás en el tiempo.
Ada, siendo muy pequeña, vivía en uno de los barrios cordobeses: Los Boulevares. Su familia, los Sánchez, era vecina de los Rodríguez.
Tanto los Sánchez como los Rodríguez, y tantísimas familias más, construían sus casas poco a poco. Ahorraban dinero y cavaban los cimientos de una habitación. Volvían a ahorrar dinero y levantaban las paredes. Ahorraban mucho más tiempo, y techaban esa habitación con la ayuda de todos los vecinos quienes, en un día domingo —porque las losas se hacían exclusivamente los domingos— acudían a brindar sus brazos, fuerzas y corazones, para mezclar los materiales en el suelo, como arena, cemento, granza y cal, con agua, y armar una cadena humana para pasar cada balde con esa mezcla lograda, hasta hacerla llegar al techo y verterla sobre el encofrado de este. ¿Cuál era la paga para los solidarios vecinos? Un fantástico asado, con deliciosas ensaladas y buen vino. Más que un trabajo, era el festejo, en comunidad, por haber contribuido a alcanzar la felicidad tan deseada por el dueño de casa, quien se había esforzado por progresar. Lo cierto es que cada familia avanzaba en sus construcciones, de acuerdo con sus posibilidades.
La familia Rodríguez fue una de esas tantas. Tenían cuatro hijos varones. Ellos, al finalizar la escuela, escogieron estudiar abogacía, medicina, farmacia y bioquímica. Desde pequeños, les habían enseñado que, antes de pensar en formar una familia, debían asegurarse una profesión y, también, un terreno donde construir sus casas.
De esos cuatro, se casaron Antonio, Enzo y Jaime. Sus suegros recibieron a los respectivos recién casados, hasta que pudiesen habitar sus respectivos hogares.
Miguel, el bioquímico, fue el último en casarse ¿Saben con quién? Con Ada Sánchez.
No obstante, otra fue la suerte de esta pareja. Como sus hermanos ya se habían ido de la casa materna, Miguel pudo pedir a sus padres que le cedieran un espacio, hasta terminar la primera construcción de su vivienda.
Por supuesto que esos padres aceptaron ayudar a su hijo. Y Ada corrió una suerte distinta de la de sus cuñadas, porque le tocó vivir en lo de sus suegros y no en lo de sus padres.
Los suegros de Ada —Leticia y Rafael— consideraron que era necesario respetar la intimidad e independencia del flamante matrimonio, por lo que dividieron la casa con una prolija pared de ladrillos que revocaron y pintaron del mismo color que el resto del espacio. ¿Dónde fue construida? Justo en el comienzo de un pasillo que llevaba hacia una habitación, el lavadero, al que transformaron en cocina, baño, y otra habitación a la que le quitaron la ventana y colocaron una puerta para que tuviesen ingreso independiente. Todo un departamento que, en poco tiempo, se volvió en un lugar coqueto y acogedor.
A los dos meses de casarse, Miguel y Ada anunciaron la venida de su primer bebé, pero no fue hasta el momento del nacimiento que supieron que se trataba de un varón.
Ada, maestra de grado, quien había preparado el ajuar en color amarillo y blanco, avisó, con puro instinto maternal, que, si alguien tenía pensado regalarle ropa al futuro bebé, que se llamaría Pedro, que fuera de color celeste.
Todavía en esos tiempos se hacía la diferencia taxativa de colores: celeste para varón y rosa para mujer. Y no se sabía el sexo del bebé hasta el momento del parto, porque no existían las ecografías, tal como las conocemos hoy.
Pedro fue creciendo. Ada, una mamá muy cariñosa y de mucha paciencia, consideraba que a su hijo debía decirle siempre la verdad: “Pedro, antes de estar aquí en casa, estuviste nueve meses en mi panza”. Ada habló a su hijo desde el momento de concebirlo. Procuró tener hermosos pensamientos para transmitirle seguridad y crear un lazo de confianza. Pedro siempre quedaba conforme y tranquilo tras hablar con su madre. Crecía con la verdad, sin inquietudes internas, de esas que los niños siempre sienten porque intuyen que se les oculta algo, pero temen preguntar: ¿Seré hijo de mi mamá y mi papá? ¿Me parezco más a mi mamá o a mi papá? Mi perro, ¿en verdad se enfermó? ¿Por qué nunca lo vi mal y se murió?
Todo parecía normal hasta que, cuando Pedro tuvo cuatro años y toda la familia se reunió en la casa grande de los Rodríguez para ver el partido final del Mundial 1978, Argentina versus Holanda, el niño se acercó a una puerta cerrada y preguntó: “¿A dónde va esta puerta?”.
Se trataba de una puerta corrediza que los Rodríguez habían decidido no quitar en el momento de dividir la casa para que viviesen Miguel y Ada. Extraerla era costoso dado que, al ser corrediza, se guardaba dentro de la pared. Pensaron que, el día en que su hijo se fuera a vivir a su casa propia, podrían derribar la pared construida del otro lado y reabrir el espacio.
Ada tomó de la mano a Pedro y lo llevó al departamento para que viera el otro lado de la puerta. Le mostró que la puerta no se podía ver porque había allí una pared. Pero Pedro no se conformó. Si en el comedor de la casa de sus abuelos había una puerta, esta puerta debía tener “un otro lado” y abrirse para ir a alguna parte.
Pedro fue y volvió varias veces. Intentó, de alguna manera, ver por fin el otro lado de la puerta que estaba en ese comedor.
El partido final del Mundial transcurría, las emociones de cada uno de los integrantes de la familia iban en aumento, y a Pedro le latía el corazón, pero… por la puerta.
Su madre insistió en decirle solo la verdad: “Pedro, mira. Correré la puerta para que veas que hay una pared”. Sin embargo, Ada no pudo correrla. Estaba trabada por un pasador que su suegro había puesto del lado interior, antes de levantar la pared, como muestra de que nunca apoyaría sus oídos sobre los cimientos, para entrometerse y escuchar los sonidos de la habitación de su hijo y su nuera.
En ese momento, Ada se quedó sin palabras. Ya no tenía argumentos para decir la verdad.
En medio de un grito emocional y a coro que desplegaba un ¡goooooooooool!, Leticia, la abuela de Pedro, le hizo un guiño de ojo a Ada acompañado de un casi imperceptible movimiento de cabeza, con el que la invitaba a que la acompañara, en lo que enseguida le dijo a su nieto:
—Pedro, escucha lo que te contaré. Tu mamá y tu papá no lo saben. En realidad, nadie de la familia, excepto el abuelo y yo— expresó la abuela, en voz baja.
—¡Dale, abuela! — dijo Pedro.
—Esta puerta guarda secretos— aseguró Leticia, su abuela.
—¿Qué son secretos? — inquirió Pedro.
Leticia era una mujer que entendía que las palabras que usaba eran comprendidas por todos, por una cuestión lógica. Si las palabras existían, era porque se conocían y entendían.
—Secretos son cosas que suceden, que solo las saben muy poquitas personas y deciden no contárselas a nadie— dijo Ada, dándole un respiro a su suegra.
—Bueno. No puedo contarle a nadie… ¿Y qué secretos hay ahí? — refunfuñó Pedro.
—Los secretos que están ahí son… muchos… Cuánto pesó tu papá cuando nació…— respondió la abuela y Pedro comenzó a reír sin parar.
—¡¿Ese es un secreto…?! — se sorprendió el pequeño.
—Es que a tu papá no le gusta que se sepa. No sé por qué. Entonces, con el abuelo, no se lo contamos a nadie, pero al secreto lo guardamos detrás de la puerta, para que no se escape— le explicó su abuela.
—Abuela, busca la llave y abre la puerta, así veo todos los secretos— le ordenó Pedro.
—Solamente el abuelo y yo podemos verlos…— le susurró la abuela.
Pedro se alejó tranquilo, se unió al tumulto de gente en el comedor para hinchar por Argentina.
Ada se quedó con Leticia, en el mismo lugar, cerca de la puerta de los secretos, para dialogar con su suegra:
—Solo a usted se le puede ocurrir esta idea— dijo Ada, abriendo sus ojos y moviendo su cabeza.
—Perdón si te molesté…— expresó Leticia, preocupada.
—Para nada me ha molestado. Me sorprendió. Siempre le digo la verdad a Pedro. Pero debo reconocer que usted lo tranquilizó. En un rato, hasta se habrá olvidado— declaró su nuera.
—Se acordará siempre, querida Ada. Y más lo recordará cuando sea grande. No sé cómo explicarte. No soy una mujer instruida. Hago las cosas según me dicta el corazón. Trato de que el otro no sufra. Así crié a mis hijos. Y mi corazón siempre me ha dicho que la ilusión y la fe son dosis que todos los seres humanos precisamos. Sobre todo, en las situaciones extremas. Cuando la realidad nos indica que algo no tiene solución, acudimos a la imaginación, al deseo. Y si la imaginación y el deseo sanan, curan, calman, quiere decir que son buenos. Sé que la verdad está en primer lugar. Te comprendo y tienes razón, pero creí más oportuno generar esa curiosidad en Pedro…— explicó Leticia, desde lo más profundo de su ser.
Ada la interrumpió con un fuerte abrazo y beso. Le dijo: “Magia. Eso es lo que usted crea desde el alma. Magia”.
Finalizó el partido y ambas mujeres se unieron al festejo, porque Argentina acababa de ganar la final del Mundial. Un día mágico, en todos los sentidos.
Hoy, Pedro, a sus cincuenta y un años, tiene el recuerdo bellamente intacto de ese día. ¿Y saben qué? buscó la manera de colocar una puerta de los secretos en la casa que construyó con su esposa.