María Ottaviano
La tarde en que volvíamos de visitar a Niní, una vecina del pueblo llamado Niquixao, allá en la precordillera, con mi esposo no paramos de reírnos al recordar la queja que Niní sostuvo durante toda la conversación:
–Este tránsito es insoportable– expresó muy molesta, mientras tomábamos unos mates con ella y sus amigas Nora y Susy.
Niní tiene una amplia galería en su casa. El techo termina al ras de la línea de la vereda. Desde allí, se bajan tres escalones y ya se posicionan los pies sobre la ruta.
–A mí me hace trinar los oídos– respondió Susy.
–Yo siento que me sacude todo el cuerpo– acusó Nora.
Apenas subimos al auto, al salir de la casa de Niní, con mi esposo comenzamos a reír, al revivir la situación. Es que… el tránsito “insoportable”, al que se habían referido las tres amigas, había sido un auto y una moto. Solo esos dos vehículos. Ninguno más.
Por supuesto que fue tema de conversación y risas, entre nosotros dos, durante días y días.
Después de vivir experiencias nuevas, nos ponemos a razonar sobre ellas. Y es muy posible que la primera impresión que se obtuvo de lo vivido, cambie. Así me sucedió.
A estas tres mujeres les molestó el ruido de dos vehículos. Umberto Boccioni (pintor y escultor italiano, 1882-1916) se asustó al observar cómo crecían las ciudades y esto hizo que pintara, en 1911, un óleo sobre lienzo al que llamó Los ruidos de la calle invaden la casa, previendo a comienzos del siglo XX, que esos ruidos invadirían a las urbes.
Es consabido que las invasiones llegan, en distintos tiempos, a cada rincón del planeta. En esto es preciso detenerse a pensar, para no juzgar a los otros. Lo que es insignificante para algunos, puede ser insostenible para otros. En todos los planos de la vida.
Quien ha perdido un hijo, es difícil que llore ante la muerte de un amigo, o un hermano. Porque el grado de su dolor está en un nivel que, si lo pones en la balanza, es lógico que reaccione de esa manera. Y no se trata de que la muerte de un amigo o un hermano sea insignificante. Se trata, simplemente, de que las experiencias personales dolorosas ubican a las heridas, en una escala, que resulta distinta para cada ser humano.
Lo importante es qué le sucede a cada quien y en qué circunstancias.
El ruido, en cierta manera, es un tipo de muerte. Pensándolo así pude comprender a las tres amigas de Niquixao. Y ahora me da ternura al recordar ese momento, ya que, seguramente, estaban acostumbradas a escucharse entre ellas, sin interferencias que apagaran sus voces.
Mientras más las recuerdo, más las entiendo, sobre todo, en estos días, en que la heladera de mi cocina comenzó a hacer un trep, trep, que interfiere y rompe el silencio al que estoy acostumbrada para trabajar.
Escribo y escucho los latidos de mi corazón, la respiración de Picachu que permanece a mi lado, acompañándome sentadito sobre otra silla. Escucho los pájaros, el viento, la lluvia. Percibo el aroma de las rosas que cultiva mi esposo con tanta dedicación. Escucho mis pensamientos. Todos estos detalles bellos y simples me envuelven, porque así lo elegí y me acostumbré. Pero, inoportunamente, el trep, trep, de la heladera, rompe la armonía.
Ojalá el técnico en heladeras se compadezca, se ponga en mi lugar, comprenda y decida venir a quitar el trep, trep, para retornar mis oídos, a lo elegido.
Siempre se está a tiempo para retomar el camino de la naturaleza y no dejar que te apabullen ruidos como los trep, trep, u otros peores.