abril 2025

La piedra del amor

28-La piedra del amor

María Ottaviano

Qué revolución la preadolescencia y la adolescencia. Todos pasamos por esas etapas. Y, dependiendo de la época histórica, cada una le ha agregado sus bemoles, por lo que no podemos afirmar que antes se trataba o ahora se trata de años con más o menos insensatez.

Son momentos en que el cuerpo, la mente y los deseos piden, a gritos, cambiar; al mismo tiempo que cada ser no quiere, del todo, que eso pase.

No obstante, mi finalidad nada tiene que ver con explicar cómo son esos cambios, sino contar cuáles fueron las emociones que Greta experimentó a partir de esos años.

Greta, a sus once años, se había enamorado de Mauro. Un chico de diecisiete años, alto, de ojos negros, y cabello negro, lacio y muy largo.

Era su cabello, justamente, lo que le daba un fulgor que movilizaba a las chicas, porque lo envolvía en una apariencia de libertad inconmensurable. ¿Quién no quería, sentirse y vivir libre, a esa edad?

Cada vez que Mauro pasaba por la panadería de los abuelos de Greta, ella suspiraba, se quedaba inmersa en ese esplendor que Mauro iba dejando al pasar.

—Greta, querida nieta, ¡cada vez nos visitas más! A tu abuela y a mí nos encanta— le decía su abuelo, con ironía.

—Es que me gusta venir a ayudarlos y comer criollitos hojaldrados…

Lo cierto es que ella sí, sí quería criollitos. Pero más esperaba ver pasar a ese chico que la hacía estremecer, suspirar, humedecerse y volar con sus ojos, hasta que él se perdía al dar vuelta a la esquina.

—Ahí va Mauro— decía el abuelo—. Les da bastante trabajo a sus padres.

—¿Por qué, abuelo?

—Porque no quiere estudiar. Solo le interesa tocar la guitarra, cantar, andar de un lado a otro. Ya verás cuando tenga la mayoría de edad: se irá a dar la vuelta al mundo, sin ningún objetivo.

El abuelo lo decía para desalentar a su nieta y para que dejara de esperar algo de él. Pero era una “misión imposible” ya que Mauro, para Greta, cada día se volvía más lindo.

Greta vivía en silencio sus sentimientos. Todo el entorno sabía todo, sin embargo, nadie hablaba de nada al respecto. Ella creía que su enamoramiento no era percibido por nadie…

Pasaron los años. Llegó el tiempo en que sus padres le harían la gran fiesta de quince años, en su casa, e invitaría a todos sus amigos, como también a los abuelos, tíos, primos, padrinos y vecinos.

Una tarde, en que estaba entregando las invitaciones, se encontró con Mauro en la casa de una de sus compañeras de la escuela:

—¿Ya cumples quince años, Colorada? —le dijo Mauro, haciendo referencia al cabello de Greta.

—Me llamo Greta…

—Ya lo sé. Y eres nieta de los Alcón, de la panadería. ¿Yo también puedo ir, o es únicamente para los de quince años? Me falta poco para cumplir veintiuno.

—Bueno. Si eres amigo de mi amiga, o sea… que ella te conoce y…

—Iré. Y si me dejas, te cantaré una canción.

El universo se había puesto a los pies de Greta. Sin planear nada, recibiría el mejor regalo: la presencia del chico de pelo largo, por el que daría cualquier cosa, por un abrazo y un beso.

 

Llegó el gran día. Sábado 8 de febrero de 1975. Fue una gran fiesta. Greta, de vestido rosa y largo. Una gran torta, gaseosas y nada de alcohol —ni siquiera para los adultos—, y música. Mucha música salida de discos de vinilo, puestos en el tocadiscos Wincofón.

Alrededor de las cuatro de la madrugada, cuando comenzaron a sentir el cansancio hermoso de la diversión, Greta se animó a recordarle a Mauro que cumpliera la promesa de cantar. Y Mauro —que había llevado la guitarra— se sentó y cantó, no una, sino decenas de canciones; todas las que estaban de moda en el rock argentino.

Se fueron uniendo las voces y repetían, con fervor, las estrofas de cada canción que Mauro entonaba. Pero hubo una, con la cual invitó a Greta a cantar a dúo:

—Hace unos días, te escuché cantar esta canción en la panadería. Ni me viste. Estabas en la estratósfera.

—¿Cuál?

Mauro le respondió tocando las primeras notas. Greta, enseguida, supo de qué canción se trataba y se emocionó. Cantaron “Rasguña las piedras”, del álbum de Sui Generis, Confesiones de invierno (1973).

Fueron dándose paso a cada estrofa con movimientos de cejas y cabezas, indicándose así qué parte cantarían individualmente, y qué parte cantarían al unísono.

Para Greta, y para todos, fueron tres minutos inolvidables. Se percibía la conexión entre ambos. Se percibía que él la miraba y trataba con dulzura, y también se percibía que Mauro no daría ni un paso para concretar la conquista. Es que él sabía, perfectamente, cómo era y qué quería en la vida: total libertad.

Pasaron pocos días del gran evento, y a Mauro no se lo vio más, por dos años. Es que, al cumplir la mayoría de edad, tomó su guitarra y partió con el cabello, aún más largo, a recorrer el mundo.

Greta terminó la escuela y comenzó a trabajar en la panadería de sus abuelos. Poco a poco, fue quedando al frente del negocio.

Cada tanto, Mauro aparecía, se daban un gran abrazo, se contaban sus vidas y él volvía a partir a otro extremo del mundo, con su vida hippie. Lo extraño es que ella mantenía intacto el sentimiento hacia él; aun sin haberlo besado, aunque fuera una sola vez.

Pasó el tiempo para todos… Y apareció alguien que conquistó el corazón de Greta. Dos años de noviazgo transcurrieron, con días y horarios de visita marcados por sus padres.

Un mes antes de que se casara, Mauro reapareció. Le dijo que sabía que estaba por casarse y puso una piedra en la palma de su mano:

—Sabes que hago artesanías. De esto vivo. Espero que te guste esta piedra. Prefiero que hagas hacer la joya que más te guste, con el metal que realmente luzca en tu piel.

Greta guardó esa piedra, pensando que era una simple gema, pero cargada de sentimiento. Varios años después, la hizo ver en una joyería y le informaron que se trataba de un rubí.

Su matrimonio duró quince años. Tuvo cuatro hijos y una vida muy dura, hasta que tomó la decisión de divorciarse y continuar sola criando a sus hijos.

Cuando su cabello rojizo ya se confundía con el blanco de las canas, volvió a encontrarse con Mauro, que seguía con pelo largo —al menos con los que le quedaban— y se contaron sus vidas.

En él, no advirtió muchos cambios. Fue y siguió siendo hippie. Tuvo cuatro parejas. No tuvo hijos, porque así lo había decidido.

—¿Qué bella joya hiciste hacer con la piedrita? — le preguntó a Greta.

—¿Piedrita? ¡Me regalaste un rubí! Una piedra preciosa— respondió riendo—. Y la conservo.

—Es una piedrita para la suerte.

—Mucha suerte no tuve en la vida. Ya te habrás enterado. Mi marido resultó ser un alcohólico jugador.

—La próxima vez que te cases, usa el rubí. Te dará suerte. Es la piedra del amor.

—¡Nooooo! ¿Dos veces? ¡Ya tengo cuarenta y nueve años!

Se despidieron. Mauro volvió a partir y Greta renació. Conoció a un hombre bueno. Sus hijos ya estaban grandes y la habían hecho abuela. Era el momento de apostar por otro amor; ella quería casarse “en serio”.

—Tengo un rubí al que le falta metal alrededor.

—Me ocuparé— le respondió su novio.

El día que se casaron, en el Registro Civil, su novio sacó de su bolsillo el estuche con los anillos de oro; además de otro anillo, que envolvía al hermoso rubí. Pero algo más sucedió en ese instante, que la hizo llegar al borde de las lágrimas: desde afuera, por la ventana de la sala, entraban los sonidos de la canción que la banda de una feria estaba cantando. Era “Rasguña las piedras”.

Inevitablemente, los mensajes llegan cuando estamos atentos a escucharlos. Esta vez, Greta estaba dispuesta a escuchar, ver y sentirlos. Así, por fin, conoció el amor. Esa clase de amor correspondido, despojado, sexy y sexualmente liberado.

Eso sí, desde ese día, jamás se quitó el anillo con la piedra de la suerte.

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