María Ottaviano
Elvira había enviudado hacía dos años y medio. A sus cuarenta y dos años, vivía entre el dolor y el enojo. Mucho enojo. Su esposo, Tomás, había tomado la decisión de suicidarse ante la imposibilidad de afrontar las deudas. Tal vez habría pensado que, de ese modo, se liberaría él y liberaría a su familia de los compromisos a los que no había encontrado una manera de enfrentar.
Lo cierto es que, en el matrimonio, así como se heredan los beneficios, también se heredan las deudas. Las economías separadas son solo poemas. Algo que Tomás no tuvo en cuenta.
A Elvira solo le restó concentrar su mente y todas sus energías para seguir adelante, criar a sus cuatro hijos adolescentes y pagar hasta el último centavo que Tomás no había sido capaz.
Envejeció hasta quedar sus cabellos blancos y su rostro arrugado, como si cuarenta años le hubiesen caído sobre sí en cinco segundos. En ese estado, la tristeza la invadió como mujer, hasta el último de sus poros. Su compañero de vida, aquel que su padre había señalado como el “adecuado” para ella, resultó ser un blef.
Ya no tenía tiempo para volver atrás. Al menos… así lo percibía.
Una mañana, más exactamente el 5 de mayo de 2024, el cartero llamó a su casa. Y fue insistente. Golpeó las manos, una y otra vez. Elvira lo veía desde la ventana de su cocina, y pensaba que solo podría traer malas noticias; de lo contrario, si hubieran sido las boletas para pagar, las habría dejado arrojadas en la galería.
El cartero insistió. Esta vez con una llamada fuerte: “¡Telegrama!”.
Fue peor para Elvira. ¿De qué otra deuda más se enteraría, después de haber sufrido tanto para pagar las que ya conocía?
Ante ese insistente llamado del cartero, salió de la casa Susana, la vecina de al lado. Y firmó la recepción de dicho telegrama.
El cartero se fue y Susana entró a la casa de Elvira, por la puerta de atrás:
—¿Te sirve de algo esconderte? Jamás lo has hecho— le dijo Susana a Elvira.
—Ya no tengo fuerzas para “algo más” en mi vida— le respondió Elvira, con lágrimas en los ojos.
—No siempre todo es negativo en la vida. Ya has demostrado tus fortalezas. Seguro, esta vez, es una noticia alentadora.
—Noticia alentadora, ja, ¿por telegrama?
Susana, dada la confianza que la unía a Elvira, abrió el telegrama y leyó en voz alta: “6 de mayo. 18 horas. Thays. Reloj.”
—¡No entiendo nada! —exclamó Susana—. Mucho menos que te lo haya enviado un tal Francisco Narciso de Laprida… Nombre raro, aunque me suena… ¿de dónde me suena?
A esas alturas, Elvira estaba resucitando. En su interior, ya había entendido de qué se trataba. Y no podía creer que esa persona se había acordado de ella y la había contactado.
—¡Cuéntame! Sabes de qué se trata. Tus ojos brillan como cuando estabas enamorada de Julio Carlos Sandoval…
—…
—¿Es él? Pero… no. ¿Para qué cambiaría su nombre? A ver, préstame ese telegrama, ¿desde dónde lo envía ese viajero incansable? Desde San Juan…
Elvira se sentó. Lloró de alegría. Susana la abrazó. Y le dijo:
—Soy tu amiga. Lo que sea que te haga feliz, cuentas conmigo. Porque esto, que no comprendo, veo que te desborda de felicidad.
Entre sollozos, Elvira trató de explicarle:
—Es Julio Carlos Sandoval quien me lo envió. Firmó como Francisco Narciso de Laprida, que es el nombre de uno de los integrantes de la Junta que declaró la independencia argentina, en Tucumán, allá por 1816. Fue el presidente de dicha Junta y era proveniente de San Juan.
—¿Así, tantas vueltas para decir que es él? — reclamó Susana.
—Es que, como mi papá no lo quería, siempre inventábamos cosas así para vernos. Nos enviábamos mensajes escritos haciendo alusiones a nombres y situaciones de la historia argentina.
—Eran niños simples, por lo que veo…— ironizó Susana, entre risas.
Elvira comenzó a reír sin parar…
—¡Esta es mi Elvira! Así te quiero: contenta, con ilusiones… Y… ¿por qué tu papá no quería a Julio Carlos y sí quiso a Tomás? — inquirió Susana.
—No lo sé. Hasta me pegó una cachetada un día que me vio con Julio Carlos. Lo odiaba. Pero Julio Carlos, con el tiempo, demostró que era muy trabajador. Debo haber sido el pago de una deuda de mi padre— dijo Elvira, a manera de broma. Y Susana asintió con su cabeza.
—Después de haberme casado con Tomás —prosiguió Elvira—, supe que él había logrado una preciada posición económica y estaba por casarse con una francesa, muy bonita.
—Y las francesas también se mueren. O también, a las francesas, sus maridos las engañan. Bueno. No sabemos nada. Solo hay certeza de que Julio Carlos está en San Juan y te quiere ver. ¿Puedo saber dónde?
—En el parque 9 de Julio, de San Miguel de Tucumán…
—Aaaaah… ¿Y cómo deduces el lugar?
—Porque en el telegrama ha escrito: “Thays. Reloj.”
—Ahora entiendo: es en la casa de un tal Thays. Pero lo del reloj…
Otra vez, Elvira rió sin parar.
—Thays fue quien diseñó varios parques en Argentina. Y lo del reloj, me indica que es en Tucumán. Allí hay un bello reloj hecho totalmente con flores.
—Muy romántico. Bueno. Tenemos poco tiempo: peluquería, uñas, lencería, ropa nueva, zapatos y, lo principal: pasajes. Porque de Córdoba a Tucumán, no irás caminando, ¿no?
—Susana… sabes que…
—Yo sé todo. Y también sé que tengo ahorros para casos de emergencia. Y esta es una emergencia, que puede resultar un cambio de vida para ti. Después de todo ¿para qué existe el sentimiento bello de la amistad?
—Imaginas muchas cosas. Estoy fea. Sin nada que ofrecer…
—El amor llega cuando menos lo esperas, y de la manera que menos la esperas. Seguramente, Julio Carlos jamás te olvidó. Y de esto se trata. ¡Vamos, amiga querida! Sí eres bella. Solo hay que hacerte unas cuantas “decenas” de arreglos. Voy llamando a mi hijo para que vaya a comprar el pasaje. Sales esta noche.
Elvira se entregó a ciegas. Se puso en manos de Susana, quien la llevó a la peluquería, a la maquilladora, a la manicura… Le compró ropa, calzado. Le armó el bolso y la acompañó hasta la terminal de ómnibus de Córdoba.
—Elvira, si no llega a ser Julio Carlos Sandoval, ni le dirijas la palabra a quien se presente. Huye del lugar— le imploró Susana.
—Tranquila. Sé que es él.
—Y pídele que, la próxima vez, se comunique por WhatsApp…— expresó Susana, abriendo los ojos y moviendo su cabeza.
Al día siguiente, a las 18 horas, Elvira se encontró con Julio Carlos en el reloj de flores del parque 9 de Julio, en San Miguel de Tucumán.
Ambos viudos. Con mucho para hablar. Y con todo un camino nuevo para recorrer…