María Ottaviano
Los niños son sinceros. Tan sinceros que, a veces, pueden resultar crueles al momento de decir las cosas, porque, simplemente, las dicen:
—¡Se va mi globo, tía! —gritó Diego, al momento de no poder alcanzar el piolín atado a su globo.
Cuando me di cuenta del aviso que me estaba dando, no pude alcanzarlo. El globo ya se había ido volando, volando, hacia arriba.
—Diego, el globo se fue, porque no lo inflamos con el aire que sale de nuestra boca. Lo compramos. Y, como el vendedor vende tantos, pero tantos globos, para no quedarse él sin aire dentro de su cuerpo, los infla con gas.
—No puede ser. Porque… los sifones… ¡también volarían!
Quedé perpleja con la relación que acababa de hacer un niño de tres años. Y me era difícil explicarle que los globos se inflan con un gas llamado helio, que es más ligero que el aire, por lo cual, ascienden. Y que, al agua de los sifones, se les pone dióxido de carbono para convertirla en agua gasificada.
—Ahí están los sifones en el cajón— me dijo, señalándolos—. No vuelan.
—Es que… son pesados— trataba de explicarle la diferencia de alguna manera más fácil—. Los sifones son botellas de vidrio muy grueso y pesado…
Diego quiso cambiar de tema, rápidamente. Se sentía engañado:
—Bueno, bueno —dijo—. Mi mamá dice que no discuta con los abuelos, porque están viejitos. Y veo que con las tías, tampoco. Ya estás “viejita”.
Me dolió lo que dijo y le pregunté:
—¿Te parece que estoy vieja?
—Eres más alta que yo…
—Lógico. Tienes tres años. Y yo tengo…
—Tía, estás grande.
Me quedé pensando. En ese momento, me quedé mal, y durante mucho tiempo…
…Pero, debía enfrentar la realidad y averiguar cómo era mi rostro:
—Tienes ojos claros. Cambian según el tiempo. Tu cabello es, desde la raíz, del mismo color que puedes ver aquí, en las puntas —me dijo mi amiga Raquel mientras tomábamos té, en su casa, con criollitos y mermelada de frutillas—. ¿Y yo? ¿Cómo luzco?
—Tus ojos son negros. Siempre los veo del mismo color. Tu cabello es negro, igual en toda tu cabeza. Te arranco uno para que lo veas, porque al tenerlo tan corto, seguro, no lo puedas ver.
—Le pedí a mi mamá que no me lo corte todos los cuartos crecientes. Cuando por fin crece algo, ya me lo vuelve a cortar. Dice que, en esa luna, el cabello crece más. Pero, al final, no puedo conocerme con cabello largo. A ti, tu madre no te lo corta siempre…
—Sobre mi frente, sí. Dice que no debe tapar los ojos.
—Se llama flequillo. Y te queda horrible —rió Raquel, sin parar.
—¿Y mi piel? ¿Cómo es?
—Blanca. Tienes pecas, y eso es por tomar sol con colador.
—Nunca me pongo un colador en la cara para tomar sol. Ni siquiera tomo sol.
—¡Pero tienes pecas! Y yo no.
—¿Cómo sabes que no tienes pecas? ¿Quién te lo dijo?
—Mi maestra— respondió Raquel con seguridad.
—Mi maestra no nos dice cómo nos vemos. Nos lo decimos con la compañera de banco…
—A las compañeras, no les creas. Siempre mienten para hacer creer que son más bellas que las demás.
—Es un problema esto de tener que acudir a los otros para que te cuenten cómo eres, qué aparentas, como luces. Verse solo desde los hombros y el pecho para abajo, es cansador. Y no saber nada de tu espalda, tu cola…
—Los chicos dicen que tu cola es linda y que los pantalones te quedan muy bien.
—Los chicos dicen… ¡No me conformo, Raquel!
—¡Yo tampoco! Debería existir algo que nos independizara de las madres, las maestras y las amigas. ¡Siempre mienten diciéndote que luces bien!
—Y mienten tanto que, incluso, no te avisan si te has puesto sombras, en los párpados, de colores distintos…
—Estaba a contraluz. Ese día no vi bien— se defendió Raquel.
—Ese día no viste bien… ¡Qué casualidad! Justo cuando íbamos al cumpleaños de Manuel. A ver… ¿Cómo dijiste?
—Que ese día no te vi bien. La luz no era perfecta…
—No. No… Me refería a eso que dijiste que debería existir algo que nos independizara de las madres, las maestras y las amigas.
—Ah, sí. Debería existir algo— respondió Raquel.
—Raquel, ¡deberían existir los espejos!
—Falta mucho. Nos falta evolución… ¿Qué son los espejos?
—Son cosas que reflejan lo que se le pone delante.
—¡Lo quiero ya! Vería mi cabello.
—Verías la realidad— le remarqué.
—Y me volvería vanidosa.
—O reflexiva.
—Enmascararía la realidad. Todo lo que no me guste de mí, lo modificaría.
—Raquel, te propongo que se inventen los espejos y, automáticamente, estás pensando en corromper lo que el espejo reflejará.
—¿Y por qué lo tienen que inventar otros cuando la idea sale de tu cabeza? ¡¿Eeeeh?!
—¡¿Eeeeh?! ¡¿Eeeeh?!
—Tía, tía —me decía Diego, ya con 40 años, mientras me tomaba de los brazos y me hablaba.
—¿Qué sucede, Diego?
—Estabas soñando y decías: “¡¿Eeeeh?! ¡¿Eeeeh?!” ¿Fue una pesadilla?
—Casi… Es desesperante vivir en un mundo sin espejos.
—¿Ese fue el sueño? Depende de a qué espejos te refieres.
—De esos como el que tienes en el baño y te miras para afeitarte.
—¡Uuuh! Sí. Debe ser feo. Pero también es fea la falta de otros espejos, esos que reflejan las almas— dijo Diego, riendo.
—¿Recuerdas cuando se te voló el globo?
—¡Hace como cincuenta años de eso! ¿Aún te acuerdas, tía?
—Por algún motivo te acuerdas, también— le hice notar.
—¡¿Cómo no me voy a acordar?! Era chico y ya me planteaba problemas filosóficos y de la física cuántica, ¡ja, ja, ja!… ¿Tomamos unos mates?
—Dale. Y seguimos la charla— le respondí entusiasmada.
—Quiero que me cuentes ese sueño de la vida sin espejos.
—Te adelanto que es desesperante…
—Me encanta la ciencia ficción. ¡Ja, ja, ja!