María Ottaviano
Los viajes hacen que redescubramos muchas cosas: lugares, paisajes, climas, costumbres, y al mismísimo amor.
Eso me sucede todos los días, aunque la travesía sea a tres calles de casa. Porque, siempre, en los caminos, te encuentras con todo lo que mencioné recién… y más. Y, aunque lo veas a diario y te parezca que nunca cambian, sí atraviesan transformaciones constantes. El cielo cambia, el aire cambia, las personas cambian, ya que cada día les suceden situaciones distintas y eso las torna más felices o más tristes.
Por supuesto que, si el viaje es hacia un lugar lejano, las sorpresas crecerán, el disfrute será diferente, y las expectativas serán inmensas.
En diciembre de 2024, mi esposo me invitó a un viaje que hoy lo recuerdo como haber entrado a un libro de cuentos. Fuimos a Samaná —que está en Santa Bárbara de Samaná— desde Santo Domingo de Guzmán, capital de República Dominicana.
El camino para llegar fue increíble. Me hizo pensar en los helechos que había dejado en Córdoba, y que tanto demandaban de mi cuidado. Allí son endémicos. Cubren a las montañas y penden como hilos a tocar tras el paso de cada kilómetro.
En cuanto a los lugareños, llegan al corazón, rápidamente, mediante su calidez y la manera de hablar al ritmo del merengue. Es imposible no prestarles atención, porque emanan dulzura. Y es imposible no cantar. Así me sucedió al recordar la vieja canción “María Cristina me quiere gobernar”, que habla de la capacidad de una mujer para manipular a un hombre. Fue imposible no cantar y no mover el cuerpo, imitando el ritmo del conductor del vehículo que nos llevaba a nuestro destino.
Con él también aprendimos que los dominicanos inventan los nombres de pila para sus hijos. Escogen sílabas y las componen de tal manera que el antropónimo (nombre propio de una persona) queda armado a gusto y medida de cada uno. Lo hacen para que el nombre de pila de sus hijos sea único.
Llegamos a Samaná y atrás quedaron todos los recorridos de nuestras vidas. Fue como entrar en otro universo. La calidez y dulzura de las personas de allí fueron únicas. Días después, al mencionar esto con uno de ellos, al que apodamos “87” —haciendo referencia a su nombre Maxwell, igual que el del Superagente 86, pero nacido en 1987— nos dijo: “Lo sienten así porque ustedes son muy chéveres”.
Y lo más importante —claro que sí y por eso estábamos ahí—, fue el mar que, increíblemente, mucha gente se lo pierde, ya que prefiere sumergirse en la piscina. En palabras de mi esposo, que es un eterno buscador de la naturaleza: “El mar de Samaná es agua y es vida. Transmite en sí mismo innumerables sensaciones, físicas y espirituales. En el mar encontramos todo: la mismísima profundidad de la vida, al mecernos suavemente en sus olas. La paz que transmite su entorno verde, acompañado de la dulce melodía del susurro de las olas, entre la arena y las piedras, acompañado de la fresca brisa, nos acaricia la piel y nos enamora cada día más de la vida”.
Fue en las largas y seguidas caminatas por la orilla del mar, que le hice un pedido a mi esposo. Primero le expliqué mi punto de vista sobre él y su vida: un médico de familia, ginecólogo y obstetra; un conocedor de la gente que pasa por momentos de felicidad al traer hijos al mundo, pero también de las angustias de quienes no pueden lograrlo. Un observador detallista y nato de lo que los otros sienten y que, muchas veces, se consideran enfermos, cuando en realidad, lo que les pasa es totalmente espiritual. Un profesional que siempre le ha dedicado —y dedica— como mínimo, una hora a cada paciente, en cada encuentro. Un oidor de felicidades y angustias. Un compañero de cada alma que acude a su encuentro, en la búsqueda de calmar sus dolores. Un hombre así, como lo acabo de explicar, no es posible que se distraiga y no comparta sus vivencias con los que están a su lado, con los que vienen detrás y con el mundo entero. Porque la vida le concedió ser un cuenco ancho y hondo para tantas personas, a la misma vida le debe devolver algo y plasmarse en el tiempo. Por todo esto le hice un pedido: “Escribe tus vivencias, tus experiencias, tus sentimientos. Dedica parte de tu tiempo para hacerlo”.
Sabiendo que escribir exige, por sobre todas las cosas, tiempo, lo dejé pensando, con mi propuesta.
Días después, la encargada de personal nos buscó en el comedor del hotel. Elisa Matius venía trayendo algo que mi esposo le había pedido que, por favor, le consiguiera: un cuaderno.
—Señor Guillermo, me preguntó dónde podría conseguirlo— dijo mientras se lo entregaba— Busqué en mi oficina y encontré este.
Lo vi precioso. Totalmente rojo y con un rótulo que decía “231”
—¿Qué vas a hacer con este cuaderno? — le pregunté.
—Voy a hacer lo que debí comenzar, hace tiempo— me respondió.
Después de salir del comedor, como llovía, fuimos a sentarnos en la galería para ver el mar y algunas embarcaciones que pasaban.
Al rato, observé que mi esposo había abierto el cuaderno y miraba fijamente la primera hoja. Seguramente, en ese momento, la vida le debe haber pasado por su mente. Solo era cuestión de esperar a que maduraran la propuesta y el propósito.
Pues, sí, mi esposo abrazó mi pedido amoroso, y todo tomó forma con el tiempo.
La escritura, evidentemente, lo estaba esperando a que se decidiera a prestarle atención, y a que se sumergiera en la navegación de todos los sentimientos existentes y por existir que se sienten al escribir: desde felicidad hasta el llanto.
2 treinta y uno ya existe. Y la semana que viene estará con ustedes…