María Ottaviano
Edurne, luego del sepelio de su madre a las once de la mañana, sintió la necesidad de hablar con Yukio.
Hacía varios años que no se veían. Y no por nada en particular. Simplemente, la vida los había desconectado.
—Yukio, ¿podemos tomar un café? —Edurne le preguntó por teléfono—. Hace tiempo que no nos vemos, y…
—Claro que sí —respondió Yukio—. Me dará mucha alegría verte. ¿Podrías venir a Villa Carlos Paz? Me mudé hace unos años.
—Sí. Dime a qué hora y voy.
—Termino mi trabajo a las ocho de la noche. Si te parece, te espero a las nueve.
—Pásame la dirección y allí estaré.
A Edurne, ese 15 de junio de 2021, le resultó eterno. A sus 24 años, tenía sobre su espalda el cansancio de haber velado a su madre toda la noche, más la despedida y, más aún, la ansiedad de ver a Yukio.
Edurne llegó unos minutos antes y, en la vereda, estaba Yukio conversando con sus vecinos, de los que se despidió, al ver a Edurne, para ir a su encuentro.
—¡Edurne! No te pasan los años —dijo Yukio, en voz alta.
—Quisiera decirte lo mismo, pero mentiría. Y eso quitaría el atractivo que va in crescendo en los hombres. A ti ya te está llegando —manifestó Edurne, entre risas.
—¡Te voy a creer! —respondió Yukio, riendo—. Vamos al ascensor. Vivo en el noveno piso, con vista a las Sierras Grandes.
—¡Pero a esta hora no las puedo ver!
—No te preocupes. Haré que pongan luces, allá arriba —expresó Yukio, con ironía—. ¡Qué hermosa sorpresa que me hayas querido ver! Han pasado años…
Entraron al departamento y Edurne sintió un calor que la envolvió:
—¡Qué ambiente tibio! —expresó con sorpresa—. Todo ordenado y de buen gusto. Hacía tiempo que no estaba en un hogar tan acogedor. Creo que la última vez fue en tu casa de Córdoba.
—Si así lo sientes, quiere decir que hago bien mi tarea —dijo Yukio, al mismo tiempo que la abrazó y no la soltó—. ¿Qué te trae por aquí?
—Mi madre falleció ayer y hoy la enterré.
Yukio la abrazó aún más y le acarició el cabello.
—Es la ley de la vida Edurne. Todos partiremos algún día.
—Fue de repente. Un paro cardíaco. Si hubiese enfermado, yo podría haber procesado su partida y…
—Eso se llama egoísmo —replicó Yukio—. Es más humano pensar en el que le toca irse, y que su viaje sea casi imperceptible.
Edurne se desenredó suavemente de los brazos de Yukio y lo miró a los ojos.
—Siempre con tus palabras justas —respondió Edurne—. ¿Qué es lo que tienes para lograrlo?
—Nada en especial. Solo pongo mi corazón en el otro. Algo que a los occidentales les cuesta un poco más que a los orientales.
—¡Tienes balcón! —dijo Edurne mientras corría la hoja de la ventana para salir a ver—. ¡Es maravillosa la vista! Ver así la ciudad no tiene precio.
—Por el balcón, elegí el departamento.
Ambos se quedaron en el balcón, mirando y mirando. Hasta que Yukio la abrazó otra vez.
—Vamos a entrar. Nos pondremos el abrigo y saldremos a cenar. Conozco un restaurante muy lindo.
Entraron y Edurne se percató de la biblioteca:
—¡Tienes La corrupción de un ángel, de Yukio Mishima (1925/1970)! Tantas veces me hablaste de él…
—Y te invito a que lo leas. Pero comenzarás por Nieve de primavera —lo sacó del estante y lo puso en manos de Edurne—. Es que el aire del balcón me inspiró a que primero leas este.
Se abrigaron. Salieron a la calle y, caminando, llegaron al centro de la ciudad. Tal como Yukio le había dicho, fueron a un restaurante. Se sentaron y Yukio volvió a levantarse para ir hasta el mozo:
—Por favor, a mi amiga entréguele una carta de menú que no tenga precios.
Yukio volvió a la mesa y cambió de tema de conversación:
—¿Supiste algo de tu madre biológica?
—No. Y no quiero saber más de ella. Para nada sirvió encontrarla. Mi madre es la que enterré hoy.
—Te entiendo —le dijo, mirándola a los ojos—, pero no olvides que ella está, existe.
—Ya sabes, y eres el único que lo sabe, que mi madre biológica me abandonó apenas nací —respondió con bronca.
—Comprendo tu dolor. Pero ella era muy joven y no sabía qué hacer contigo. Al menos, te dejó nacer. Y, como si eso no fuera poco, el universo acomodó las cosas para que al día siguiente de haber nacido fueras puesta en los brazos de Jem, tu madre adoptiva.
—Mi acta de nacimiento dice que Jem me parió.
—Solo para que lo pienses, te digo que medites cómo llegaste a la vida de Jem. Te hizo feliz y tú a ella.
Escogieron la cena. Comieron tranquilamente. La gente llegaba, comía y se iba. Edurne y Yukio seguían sentados a la mesa, dialogando. Luego eligieron el postre y después un café.
Cuando el mozo trajo el café, dijo muy sorprendido:
—¿Eso es nieve?
En realidad, era aguanieve. Y se la veía muy bonita, a través del vidrio de la ventana.
—Volvamos al departamento —dijo Yukio—, tendremos para observar una noche espectacular.
Regresaron al departamento y se sentaron frente a la ventana, tapados con una colcha muy suave. Efectivamente, a las 2:45 de la madrugada, comenzó a nevar. Era espectacular, para un lugar adonde no acostumbraba a suceder semejante fenómeno meteorológico.
—No esperaba esta hermosura, Yukio.
—¿Te das cuenta? La vida nos sorprende a cada momento —dijo mientras le mostraba el libro a leer Nieve de primavera—. Siempre hay señales, indicios y decisiones que nos permiten ser más o menos felices. La cuestión radica en qué hacemos con ellas.
La conversación continuó. Bebieron leche chocolatada. Y permanecieron en el mismo sillón, tapados con la colcha y muy juntos.
Yukio le contó que ya tenía los pasajes para ir a Japón para ver a sus padres de 75 y 76 años, como también a sus abuelos, de 94 y 98 años, y que aprovecharía para quedarse las dos semanas de vacaciones de julio.
—Pasarás tu cumpleaños allá, con tu familia.
—Así es. Imposible quitarme los años de encima —dijo, haciendo señas con sus manos desde la cintura hacia arriba de su cabeza.
De repente, comenzó a aclarar y vieron otro escenario de la ciudad, otro espectáculo. Estaba todo cubierto de nieve, muchísima nieve.
—Mira allá abajo, tu auto estacionado. ¿Es ese que está después del taxi? ¿El blanco?
—Mi auto es rojo.
—Pues, la naturaleza decidió ponerle todos los colores juntos y quedó blanco, je, je.
Rieron mucho. Yukio le pidió que se quedara hasta que la autopista fuera más segura para andar. Porque, para las personas que no están acostumbradas a la nieve, conducir puede tornarse algo peligroso.
Edurne aceptó y cocinaron juntos una rica sopa de verduras.
Después de comer, Edurne dijo que partía hacia Córdoba y que, al llegar a su casa, llamaría a su madre biológica “por unos minutos”.
Yukio esbozó una sonrisa, la miró tiernamente y la abrazó:
—Sabes que siempre estoy.
—Lo sé. Además, volveré para devolverte el libro y llevar el otro.
Yukio la acompañó hasta el auto y se quedó parado en la vereda hasta que ya no la vio. Volvió a su departamento pensando, como siempre, que nada era casual, sino, por lo contrario, todo era una ilación de acontecimientos que se nos presentaban, incluso, la nieve en invierno, donde nunca nevaba.