María Ottaviano
Los seres humanos necesitamos saber la verdad acerca de dónde venimos, nuestro origen. Así comenzó a sentirlo Aldo Bueckert, único hijo de Lea Wagner y Fritz Bueckert, en su adolescencia.
Es que jamás escapaba al comentario de las personas del lugar donde vivía, barrio Güemes, de la ciudad de Córdoba:
—Tu padre tiene apellido alemán, y tu madre tiene apellido alemán, también —le decía su tía abuela Tati.
—¿Y qué tiene que ver eso?
—¿Cómo que qué tiene que ver? —respondía ella, con seguridad—. Eres morocho. No tienes la piel de tu padre, ni de tu madre.
Aldo comenzó a sentirse muy mal. Porque, además de que su tía abuela le decía eso, se encargaba de comentarlo en el barrio:
—Yo soy tía de Aldo. Hermana de su padre. Mi sobrino vino a vivir al barrio cuando ya estaba con su señora y su hijo, así que yo no vi ese embarazo. Y el chico no se les parece, para nada.
Era doloroso para Aldo. En sí, puede resultar una brasa caliente en las manos para cualquier ser humano que le digan algo así. Y Aldo sufría en silencio. Hablaba con sus padres y ellos le daban la respuesta corta, sin entender el dolor de Aldo:
—Eres nuestro hijo, ¿por qué dudar tanto? Eres nuestro.
Como Aldo había nacido en 1953, en la provincia de Chaco, fotografías no tenía como para buscar alguna en la que pudiera ver a su mamá embarazada. Tampoco tenía fotografías de sus abuelos. En realidad, no tenía fotografías de sus familias materna y paterna. En esos años, no existía la tecnología de hoy. Y si querías una fotografía, tenías que ir a la casa del fotógrafo y posar.
Fue una de sus nietas, Luz, de veinte años, quien comprendió que su abuelo llevaba una carga en el corazón:
—Abuelo, yo estudio Psicología. Elegí la carrera porque me interesa saber qué sucede en las almas de las personas —dijo con ternura—. Te observo y veo a un hombre triste, por momentos ausente. Yo te quiero. Es más, te amo. Si me cuentas qué te sucede, estoy segura de poder ayudarte.
Luz asumió un riesgo enorme, porque era apenas una estudiante. Después se daría cuenta de que más que Psicología, lo que precisaba era curiosidad y decisión para poder brindar la ayuda que quería dar a su abuelo, una vez que él se abrió en confianza y le contó.
—Vamos a resolver tu problema, abuelo. Lo que necesito, para comenzar, es que busques el pretexto para ir a visitar a tus parientes vivos. Pero solo nosotros dos.
Aldo así lo hizo. Organizó visitas bajo pretextos absurdos, aunque el que más utilizó fue: “Mañana puedo morirme, y no quiero partir sin darte un abrazo antes”.
Abuelo y nieta entraban y salían, entraban y salían… Aldo se encargaba de hablar con los parientes y Luz era quien sacaba el tema de los antepasados. En un momento, Luz se dio cuenta de que lo que estaba haciendo, a ella también le servía. Advirtió que también quería saber sobre sus orígenes. Y allí, con lógica, empezó a buscar información de la línea paterna y materna de su abuelo. Hasta el mínimo detalle le sería útil.
Luego contó que le gustó conversar con todos esos tíos lejanos. Y, viceversa, a sus tíos lejanos, les agradó mucho conversar con ella. Luz intuyó que fue así. Ante una afirmación de ellos, ella automáticamente comenzaba a indagar. Era una fascinación mutua. Y esa fascinación le ayudaría a armar el rompecabezas.
Siguieron las visitas, hasta que un día, viajaron a la localidad de Los Zorros, en el departamento Tercero Arriba, de la provincia de Córdoba, para ver a su tía abuela Tati, a la que no veía desde hacía más de cuarenta años. Lo que Aldo no sabía era que Tati tenía una hermana, a la que llamaban “Chiquita”. Recién se enteró en ese reencuentro.
Tati continuaba siendo ácida en sus comentarios, aun con su avanzadísima edad:
—Sigues con tu duda…
—¿Qué duda? —inquirió Chiquita, mientras a Aldo se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Señora, mi abuelo tiene dudas sobre su verdadero origen —dijo Luz—. Si usted sabe algo, verdaderamente, nos ayudará.
—No te pareces a tus padres. Eres muy diferente en lo que se refiere a colores —dijo Chiquita, mientras miraba a su hermana echándole fuego por los ojos—, pero no hay secreto que se pueda esconder.
Aldo y Luz pensaron que se trataba de que había sido adoptado.
Chiquita miró a Aldo y le dijo:
—Me pregunto si hay manera de evitar tanta angustia. Me refiero a no saber sobre el origen de uno. Concluyo que sí y que no. Una es no bucear para no enterarse nunca. Otra es armarse de valor y resolver la cuestión para uno mismo y para los que vienen detrás. Y, este último, es el verdadero camino: contar la verdad con punto y coma, sin ocultamiento, ni error, ni omisión. De otro modo, interiormente, se viviría con una duda interna ocasionada por no saber por qué somos de determinada manera, en cuanto a colores, carácter, y otras cosas más. En ese querer saber, desgraciadamente, nos podremos encontrar con personas que nos disipen las dudas, pero también con otras que nos hagan sufrir por la simple razón de que tienen una pizca de perversidad —esto último lo expresó mientras giraba su cabeza para mirar a los ojos a su hermana—. Espérenme un momento, por favor.
Chiquita llamó a una señora que estaba limpiando la cocina y le pidió que fuera con ella. Entraron a una habitación de la casa. Se escuchaban ruidos de movimientos de puertas de ropero y desacomodamiento de cajas. Al rato, volvió junto a las visitas:
—Lean esta acta de nacimiento y vean esta foto —les dijo a Aldo y a Luz, mientras les ponía ambas cosas en las manos.
—No entiendo la letra de lo que dice acá —esgrimió Aldo.
—Yo no leo letra cursiva. Así se llama, ¿verdad? —dijo Luz.
—Y yo no entiendo lo que hizo la escuela en tantas décadas: ¡No enseñar la letra cursiva! —gritó Chiquita, para sí misma, y continuó hablándole a Aldo—. Esta es el acta de nacimiento del padre de tu padre, Luis Bueckert. Ahí dice que nació en Córdoba, en Colonia de la Merced. Y que era hijo de Lea Wagner y Fritz Bueckert. Ambos alemanes. Y, como los nacimientos se escribían en papel en blanco, vacío, el que anotó a tu abuelo se dio el gusto de agregar detalles que no venían al caso. Pero parece que Dios hace las cosas pensando en los próximos diez mil años, porque ese hombre escribió, sobre la madre del niño, el color de ojos, de cabello y de piel. Aquí dice: “(…) ojos azules, rubia, piel blanca”. Y sobre el padre del niño anotó: “(…) ojos negros, cabello negro, piel negra y de aspecto indio”.
Luz comprendió todo en un segundo. Aldo no lograba captar el hallazgo.
—Y aquí tienes la fotografía de ellos, cuando ya eran muy mayores. Puedes ver que te pareces a tu abuelo paterno…
—Nunca se habló de esto en la familia —dijo Luz.
—No conocí a mis abuelos paternos. Ellos habían fallecido cuando nací —dijo Aldo.
—Tus abuelos vivieron aquí hasta su muerte, cuando tú tenías unos doce años —dijo Chiquita, mientras volvía a mirar a su hermana—. A nuestra edad, hay que tener un momento de némesis en la vida para calmar el corazón de los que nos vienen detrás. ¡¿No te parece, Tati?!
—Es cierto. Nunca supimos el motivo de este ocultamiento. Pero nuestros mayores, alguna vez, nos obligaron a silenciar las características de tu abuelo paterno. Y, cuando naciste tú, ya no hubo forma de ocultarte ante los demás. Sentían vergüenza. ¡Pero era por ignorancia!
—¡Tremenda estupidez que hizo toda la familia! Y veo que a usted también la ocultaron, señora Chiquita, porque nadie sabía de su existencia. Evidentemente, usted podría haber hablado en cualquier momento.
Abuelo y nieta regresaron a barrio Güemes con la documentación que Chiquita les había entregado y la fotografía. Luz hizo algo más por su abuelo y publicó la foto y partida de nacimiento en un diario digital, como recordatorio de la muerte de su bisabuelo, Fritz Bueckert.
Al día siguiente, leyó los comentarios de la gente: “No se entiende la letra”; “¿Qué dice ahí?”; “¡Imposible leer eso!”. A todos les respondió lo mismo, mientras sonreía para sí misma: “Si a tantos nos pasa lo mismo, quiere decir que debemos aprender la letra cursiva. De lo contrario, perderemos parte de la memoria de nuestra vida”.
Y, como moraleja, debemos comprender que jamás es bueno mentir u ocultar porque nada es totalmente secreto. Siempre, por algún intersticio, aparece la verdad.