María Ottaviano
Que actualmente alguien tenga o sienta tedio, es común. Es más, desde hace mucho viene sucediendo.
Pero una cosa es estar al tanto de que sucedió y sucede, y otra es tener a un conocido que lo experimenta.
Tal es el caso del amigo de Alonso, llamado Fausto.
—Nunca supe de un nombre tan justo, como el que te pusieron tus padres —le dijo Alonso a Fausto—. Parece que Goethe te conoció primero y después escribió Fausto.
—¿Lo dices por mi erudición? —preguntó Fausto—. Johann Wolfgang von Goethe (1749/1832) comenzó a escribir el Fausto en el siglo XVIII. Incluso, la segunda parte se publicó después de que murió…
—No me refiero a tu erudición —respondió Alonso—, sino al poco uso que haces de ella.
—Justamente. El Fausto es un erudito insatisfecho…
—Insatisfecho con su conocimiento —interrumpió Alonso—, y hace un pacto con el diablo. Y parece que tú también pactaste con él porque… Mira cómo tienes la casa: humedad por todas partes, ya no hay césped; es todo yuyo…
—Acabas de torcer una conversación de alto nivel para pasar a un simple comentario mundano.
—Es que me preocupa, justamente, tu vida cotidiana —le expresó Alonso, mientras recibía el mate que cebaba Fausto—. A una de las habitaciones, ya no se puede ni entrar. Y no se trata de que seas un acumulador. Se trata de que no limpias. ¿Para qué tienes tantos y tantos papeles? Si los vendes, te tendrán que pagar, no por kilo… ¡sino por décadas de guardados!
—Te noto algo alterado, Alonso…
—No estoy alterado, Fausto. Estoy preocupado. Estás solo. No haces nada…
—Te agrego —dijo Fausto—. Me despierto a la noche y no puedo dormir.
—Lógico. ¿Cómo vas a dormir si no juntas cansancio durante el día?
—Es que no sé qué hacer durante el día —le manifestó Fausto, en tono de confesión—. Mis hijos están ocupados. Los fines de semana, alguno que otro me llama. Cada uno tiene su familia. Eso sí, cuando les digo que los preciso para algún mandado, ellos vienen. Son muy serviciales.
—Pero estás solo —repitió Alonso—. Podrías desarrollar alguna actividad. Yo comenzaría por limpiar la casa, pero…
—¿Para qué? Limpias y se ensucia otra vez. ¿Qué sentido tiene?
—Podrías hacer un viaje.
—Soy jubilado. ¿Te olvidaste de ese detalle?
—Podrías participar de algún grupo. No sé, ajedrez, canto, teatro… Algo que haga que te reúnas con gente.
—En los grupos, hay mujeres —le hizo notar Fausto—. Y las mujeres solo se acercan por el dinero.
—¡Pero eres jubilado! ¿Qué te pueden sacar?
—Tengo la pensión de mi amada Teresita.
—¡Entonces sí puedes viajar! —sonríe Alonso.
—¿Adóóóndeee? ¿Solo? Nooo…
—Mira, Fausto. Hablar contigo es como hablar con la pared —reflexionó Alonso—. ¿Y si te traigo unos pinceles y acuarelas para que comiences a pintar? Teresita pintaba muy lindo. Podrías…
—Jamás lograré pintar como ella…
—En eso, te doy la razón —Alonso controló su risa—. Esos cuadros, que parecen que les han tirado tallarines con salsa de tomate al lienzo, son únicos…
—Teresita se inspiraba en la obra de algún pintor que hubiera pintado lo que ella sentía en ese momento. Y decía que la sanaba. Cuando se sintió gorda, imitó al colombiano Fernando Botero (1932/2023). Es ese que está arriba del modular. Tres mujeres gordas en nuestro jardín.
—Pensé que eran tres jarrones apoyados sobre un banco —respondió Alonso.
—¡No digas groserías! Es una obra de arte lo que hizo mi Teresita. Después de terminar esa pintura, bajó seis kilos.
—¿Y si te inspiras como lo hacía ella? —pensó Alonso, en el momento—. Podrías inspirarte en Edvard Munch… Tal vez…
Fausto miraba fijamente a su amigo, mientras sostenía el mate. Mordió un criollito y llevó la bombilla a su boca, para tomar el último sorbo:
—El grito (1893), de Munch… Una gran obra expresionista…
—Sería interesante que comiences con esa —insistió Alonso.
—El grito… Es angustia. Es aislamiento. Es hastío. Es vacío, desesperación… En fin, es el tedio…
Los amigos continuaron la conversación. Esta vez, Fausto abrió su corazón y le contó a Alonso su estado de angustia permanente, del cual Alonso ya se había dado cuenta, desde hacía mucho tiempo.
Fausto le agradeció que todas las semanas lo visitara y le dedicara tiempo. No prometió pintar. Tampoco limpiar la casa ni hermosear el jardín:
—No puedo hacer nada, Alonso. Advierto que tengo tedio. Y no sé si la obra social me cubrirá los medicamentos para el tedio. Ni siquiera sé si habrá “tediólogos” que me puedan atender. Porque como ahora, según el malestar, es el especialista al que tienes que ir…
—Al tedio se lo ahuyenta con proyectos, Fausto.
—Tengo setenta y cinco años. ¿Qué puedo proyectar ahora?
—¿Cuál fue tu proyecto hace diez años atrás?
—Mmmm… Esteee… ¿Sabes que era Teresita, quien hacía todo?
—Sería interesante que tu proyecto fuese generar un proyecto, a esta edad.
Alonso tomó el último mate y le dijo “Gracias”, en señal de aviso de que no tomaría otro. Y Fausto le preguntó si regresaría la próxima semana, a lo que Alonso le respondió que sí, y que deseaba verlo mejor a su regreso.
El tedio es fuerte. Difícil de derribarlo. Pero no imposible, cuando aceptas que, lo que te sucede, es eso.