2 treinta y uno
Si recorremos los lugares por donde transcurre la vida, día a día, últimamente veremos muchísima gente sola, y muy pocos de ellos transmiten felicidad, alegría o tranquilidad, en su rostro.
Hace poco, una oportunidad de la descripta en el párrafo anterior, me tocó de cerca, cuando estando de luna de miel, hace casi un año, viviendo momentos de intimidad y de amor pleno, en el hotel donde nos encontrábamos, un lugar único en el Caribe, cerca del mar, mi caprichosa forma de ver a las personas e inventar o crear en mi mente una historia, motivado por su rostro o por su forma de comportarse, me llevó a percibir numerosos huéspedes solos; sobre todo, uno a quien más seguí con mi mirada. Me intrigó a tal punto de que no pude sustraerme a escribir varias historias, sobre él, ya que, según lo veía, cambiaba su semblante y esto me obligaba a imaginar su vida, desde otro punto de vista.
El primer día en que llegamos al comedor, a desayunar, allí estaba él, vestido de una forma totalmente informal y descuidada, con un cabello apenas acomodado y una mirada taciturna, sentado a una mesa apartada, solo, frente a una taza de café que saboreaba, lentamente, acompañándolo con algunos productos de panificaciones, que también ingería con lentitud. Pero lo que me llamó mucho más la atención fue que no poseía un teléfono celular. Esto aumentó, en mi mente, ese pensamiento de soledad en el que lo percibía envuelto.
Al preguntarle a uno de los empleados del hotel sobre si sabía algo de esa persona, solo me contestó que estaba desde el día anterior y que no hablaba casi con nadie; más aún, que salía muy poco de su habitación, y agregó que casos como el de él eran muy comunes en el hotel.
Todo esto me sirvió para que mi mente comenzara a elaborar una historia, llevándome a tratar de cruzarme con él, o encontrarlo en otras situaciones, lo que me resultaba muy difícil.
Esa primera noche me imaginé algo poco común, una separación, pero ¿por qué motivo? Quizá una desavenencia matrimonial…
Cuando los huéspedes nos reuníamos en el lobby del hotel, después de cenar para escuchar música, él no asistía.
No obstante, su ausencia, seguí creando historias con mi mente; las veces que nos cruzábamos era en el comedor. Me parecía que ni utilizaba otra vestimenta; es más, siempre igual y solo, sin comunicarse con nadie.
Un día, estando en la playa solo, me le acerqué y aproveché la oportunidad, para hablar con él. Comencé diciéndole mi nombre, a lo que él me respondió, cortésmente, con una voz inexpresiva y tono centroamericano:
—Yo, Augusto. Encantado.
Como seguramente él me había visto acompañado de mi esposa, continué la conversación, preguntándole por la suya, a lo que, con profunda tristeza, me respondió que la había perdido no hacía un mes, de manera inesperada. Prosiguió explicándome que, al no haber tenido hijos en común, decidió aislarse y vivir este viaje que había planeado junto a ella. Y agregó, como para dar un final a nuestro diálogo:
—Mira, Guillermo, comprendí, con esta experiencia, que solo somos un instante —mientras sus ojos se empañaban por las lágrimas.
Fue muy duro, para mí, escuchar esa frase. Atiné a guardar silencio y despedirme, diciéndole que contara conmigo, si deseaba compartir su soledad.
Regresé a la zona de pileta, donde había quedado mi esposa y, sin comentar nada del encuentro, traté de disimularlo, conversando sobre otros temas con ella. No obstante, no me cabe ninguna duda, que ella me notó distinto, pero calló.
Esa noche no lo vi a Augusto en el comedor, y en mi interior no dejaba de darme vueltas esa frase: “Solo somos un instante”.
Ya en el lobby, me senté muy juntito a mi amor y hasta me atreví a bailar un tema interpretado, exquisitamente por un saxo en vivo. Me sorprendí al ver pasar a Augusto, por encima del hombro de mi esposa, quien, al verme, me realizó un ligero saludo con su mano, mientras subía a uno de los ascensores.
Esa noche, tardé mucho en dormirme. En mi vida laboral, fueron varios los momentos en que viví experiencias que me hicieron reflexionar sobre esa frase: muchos partos en donde los bebés solo vivieron horas; muchas pacientes en donde también la vida se les fue entre los dedos, y así, recuerdos y más recuerdos de amigos, conocidos y familiares, que se fueron en un instante. Entonces, la vida se me hacía tan importante y merecía ser vivida a pleno. Entre la penumbra de la habitación, vi el rostro de mi esposa, me pareció más luminoso que nunca y, con esa imagen, me dormí.
Al día siguiente, cuando bajamos a desayunar, Augusto ya se iba del comedor, y no dejó de saludarnos con su mirada inexpresiva y la tristeza de su voz. Yo estaba tan inmerso en su problema, que me olvidé de otros huéspedes que también me habían llamado la atención por encontrarse solos, y a los cuales ni siquiera intenté buscar con mi mirada.
No volví a dialogar con Augusto, hasta 48 horas después. Por mi parte, algo ya había hablado con mi esposa; es más, le había pedido que, si llegaba a darse la oportunidad de poder dialogar con Augusto, tratara de dejarme solo. Justamente esto se dio, una noche, cuando estando sentados en el lobby Augusto se acercó a nosotros y respetuosamente le dijo a mi esposa que le permitiera hablar conmigo unas palabras, a solas, ya que, al día siguiente, viajaba. Nos fuimos a un balcón, solos, pero yo dispuesto a escucharlo intrigado.
Así pude saber más de él: del largo noviazgo que había tenido con una compañera de trabajo, pero que finalmente había fracasado, y por el que sufrió en soledad y de su miedo a iniciar otra relación. No obstante, me habló de su relación más importante, con una clienta de su negocio, con la cual se casó, disfrutando del amor solo tres años, sufriendo por no poder tener un hijo, y de la enfermedad que tuvo su esposa, la cual se la llevó de su lado, dejándolo solo. Lloró en silencio. Yo respeté su silencio. Enjugándose los ojos, me agradeció mi escucha. Solo atiné a decirle que solo la misma vida era la que nos podía dar otra oportunidad, que se mantuviera siempre con el corazón abierto, esperando ese momento. Además, le agradecí el haberle dado sentido, en mi vida, a esa frase: “Solo somos un instante”, lo que me proyectaba a vivir un futuro, pero disfrutando cada minuto. Me dejó solo después de darme un abrazo y de dejar saludos para mi esposa.
Al día siguiente, el destino hizo que viera a Augusto en las escaleras del hotel, con la misma ropa, su cabello desaliñado, pero con un ligero brillo en sus ojos, saludándome en su partida, con su mano en alto. Le respondí de la misma forma, mientras escondía mi mirada, bañada por las lágrimas.