2 treinta y uno
En esto de observar a las personas que se me cruzan por la vida, e imaginarme su historia, que mucho se parecen a novelas, y que quizá nunca se escribirán ni existirán de esta manera, una mujer me llamó mucho la atención, en uno de nuestros viajes, el que realizamos a República Dominicana, en 2025.
Era una hermosa morena, que tenía la piel color ébano y brillante, lo que aumentaba su esbelta figura y su escultural cuerpo. La verdad es que era muy bonita; además, tenía la llamativa condición de vestirse elegantemente, realzando aún más su figura.
No la veía todos los días, pero, casi siempre, caminando sola por los pasillos del hotel y, aunque portaba en una de sus muñecas la pulsera que nos identificaba como huéspedes del hotel, había una particularidad, que más me intrigaba de ella: el de aparecer y desaparecer, permanentemente.
A veces, pasaba hasta más de tres días sin verla. Cuando volvía a aparecer, lo hacía en el comedor, siempre muy elegante, y almorzando con un caballero, al que acompañaba dos días, como máximo. Comía muy poco y se retiraba del lugar, sola. En algunas oportunidades, solía aparecer sola, al día siguiente, para luego acompañar al mismo caballero del mediodía anterior, pero en el desayuno.
Todo era muy enigmático. Su desplazamiento aumentaba mi intriga, además de que siempre lo hacía sola, por el hotel. No verla nunca en la zona de piscina ni en la playa; que su atuendo fuera siempre cambiante y sumamente elegante, y además la forma intermitente en que permanecía en el hotel, continuamente con la pulsera que la identificaba como huésped, era todo un enigma para mí.
Solo la había visto en dos situaciones acompañando a distintos huéspedes, pero no por más de tres veces en el comedor, y siempre retirándose sola de ese espacio.
Los huéspedes, que ella acompañaba, siempre permanecían solos más días en el hotel. No quería comentarle a María, mi esposa, lo que mi cabeza imaginaba, pues ya me conocía en las historias que fabricaba, y las veces que me había llevado verdaderos “chascos”, con lo que había imaginado.
Sin embargo, mi intriga hacía que cada vez me fijara más en la mujer color ébano. Así pude descubrir que tenía asignada una habitación en el hotel, la que ocupaba esporádicamente, ya que su permanencia en el mismo no era continua. Además, a esa habitación, solo entraba y salía ella.
Averiguando con el personal del hotel, solo pude recabar algunos datos de su vida, ya que era muy cuidadosa en sus movimientos, que hacía siempre de manera solitaria. Supe así que se llamaba Anabel, que su nacionalidad era dominicana y que se alojaba en el hotel, casi siempre en los meses de temporada alta de turismo, a pesar de tener el brazalete identificatorio como huésped. También me contaron, que desde tiempo atrás, cuando comenzó a frecuentar el hotel, lo hacía como una pasajera más en los días de franco en su trabajo ya que era azafata, y solía acumular esos días para poder estar como mínimo una semana en el hotel.
Después de los meses de pandemia, pasó casi un año más en que prácticamente no apareció, haciéndolo otra vez junto a un compañero de la línea aérea en la que trabajaba. Estuvieron diez días. Luego no regresó por un tiempo, hasta hacerlo sola, pues contó que no estaba más en la línea aérea, y desde entonces, lo hacía esporádicamente sola como ahora.
Nadie podía asegurar en qué condiciones se encontraba en el lugar, en la actualidad. Lo cierto es que estaba en determinadas ocasiones y, generalmente, por algunas horas o algunos días, acompañaba a algún pasajero que se alojaba solo. Con su acompañante, las veces que podía observarla en el comedor, conversaba mucho. Pero a la hora de comer, lo hacía frugalmente y no bebía alcohol. Después de esos momentos, nadie podía saber cómo seguía ese encuentro, pues se retiraban del lugar, cada uno por su lado.
Un día, tuve la oportunidad de hablar con un huésped que siempre vestía de saco, tanto durante los desayunos, como en los almuerzos y las cenas. La única vez que no lo usaba era en la piscina o en la playa. Ese huésped, en dos oportunidades, estuvo compartiendo la mesa con Anabel. Mi incertidumbre me animó a conversar con él, en la piscina, porque estaba solo. Allí pude saber que era de Panamá, separado, comerciante, debiendo viajar mucho, a raíz de su trabajo, y así, auténticamente, me comentó que esporádicamente venía al hotel a descansar. Primero, porque aprovechaba para “desconectarse” y, segundo, porque, solía encontrarse con Anabel, con quien podía compartir momentos y charlas muy amenas. A pesar de estar conversando él y yo, solos, no comentó nada de su privacidad, por lo que no logré quitarme todas las dudas. No obstante, nos despedimos con una sonrisa cómplice.
Me confundió mucho una vez que el encuentro de Anabel fue en el comedor con un hombre maduro, que estaba alojado con su familia en el hotel. Fueron dos encuentros: una cena y un desayuno. Después, él siempre estaba con los suyos. Realmente, esta situación me generó numerosas historias en mi cabeza, además de la que trataba de hilvanar.
Con Anabel, nunca pude hablar, ya que era muy recatada, hasta en sus movimientos. En resumidas cuentas, pocas veces la vi. Me quedé con su imagen tan enigmática, bella, esbelta y elegante, guardando su verdadera historia en un lugar muy difícil de dilucidar.
Al finalizar nuestra estadía con María, mientras nos dirigíamos al aeropuerto, sentí como que abandonaba en el hotel una historia inconclusa: ¿de amor?, ¿de pasión?, ¿de relación prohibida? Y, una vez más, siendo un enamorado del amor y de las historias románticas, la vida me dejaba con las dudas de una relación verdaderamente incierta.