febrero 2025

Amor sobre durmientes

20-AMOR SOBRE DURMIENTES

María Ottaviano

Estoy maravillada con las maravillas que veo. Desde las simples flores llamadas “maravillas”, que inundan cada espacio ornamentado –como también los abandonados–, hasta cada uno de los más mínimos rincones, que cada día contemplo detenidamente.

Y, más aún, me ha maravillado estar en Las Juntas. Se trata de un lugar al que se llega por la Ruta Provincial Nº 4 de la provincia de Catamarca.

Hasta hace muy poco, cuando alguien me decía que se iba en pleno verano a pasear por Catamarca, exclamaba ante la sola idea de pensar en el tremendo calor reinante. Pero, claro está, luego aprendí que esto sucede en su capital. Porque, si uno se aleja, subiendo por la precordillera de los Andes, también se aleja de las altas temperaturas.

Como siempre, al visitar un nuevo sitio, ante la mínima posibilidad, busco hablar con alguien del lugar. Esta vez, reconozco, llevé el agua caliente en el termo, el mate, la bombilla, pero olvidé llevar la yerba para preparar nuestra infusión nacional. ¡Gravísimo error, para una argentina, armar de forma incompleta semejante menester! Sin embargo, mi omisión se convirtió en el pretexto justo para conversar con desconocidos. Y, como estaba una de mis “amimanas” de visita, me acompañó en la caminata hacia no sabía dónde, en búsqueda de tan preciadas hojas.

Bordeando el río, subimos la cuesta. A pocos pasos, nos encontramos con un puente sobre el río Las Trancas. Sin prestarle mucha atención, lo atravesamos para dirigirnos hacia la otra orilla. Inmediatamente, al llegar, vimos un precioso caballo, que después supimos que se trataba de uno de los tantos caballos peruanos que allí se crían.

Me paré a mirarlo. Estaba detenido. Era impactante. Sobre él, una mujer vestida con ropa criolla.

La saludamos con un “buenas tardes” y mi “amimana” le pidió que nos guiara para llegar a un almacén. En ese instante, me corrí del propósito inicial, ya que había percibido algo diferente en su rostro. Si bien no se trataba de una mujer físicamente atractiva, tenía de esas bellezas que emanan desde adentro, por felicidad.

Busqué hablarle de otras cosas, como preguntarle por qué era tan verde el paisaje; si el agua del río era fría; cuál era el origen de la raza de su caballo… A todo respondía con generosidad. Incluso, se desmontó de su peruano, para continuar la charla.

Ella, como tantísimas personas que viven alejadas de las ciudades y son dueñas de sus tiempos, inesperadamente abrió su sinceridad para decirme que se sentía muy bien por lo que había hecho la noche anterior. Recién ahí mi “amimana” se acopló al olvido de lo que estábamos buscando al comienzo, y de forma casi confusa sumó sus oídos para escuchar lo que la mujer comenzaba, diríamos, a confesar.

Nos pidió que la acompañáramos unos pasos para luego detenernos sobre el piso del puente. Se trataba de una construcción con estructura de metal y piso de tablones de madera de quebracho colorado. Ya sobre estos cimientos, nos preguntó, para ella misma responder inmediatamente: “¿Saben de dónde son estos tablones? De los durmientes del tren…”

En muchos lugares de Argentina, el tren no pasa desde la década de los años noventa. Cantidades de pueblos, a lo largo y ancho de nuestro país, con esta erradicación ferroviaria, quedaron más alejados de lo que ya lo estaban; y, en el peor de los casos, fueron devorados por la soledad.

La mujer, llamada Amancia, nos contó que su bisabuela, quien había vivido muy cerca, en ese mismo lugar, de adolescente, había conocido a quien luego sería su esposo. Él había llegado en tren para trabajar.

Se enamoraron, unieron sus vidas y, como rito recordatorio de aquella mole portadora de sueños que había producido el encuentro, cada año, en la fecha en que se habían conocido, hacían el amor, durante la noche, sobre los durmientes. Al día siguiente, el tren pasaba y sellaba, sobre esos maderos, aquellas horas de intimidad, desenfreno y deseo.

La hija de la bisabuela, es decir, la abuela de Amancia, repitió la historia… De punta a punta. Conoció a su compañero, a pocas horas de haber descendido del tren. Ella –según Amancia– lo había capturado con sus encantos. Formaron una familia. Y cada año, como su antecesora, recordando la fecha del primer encuentro, hacían el amor, durante la noche, sobre los durmientes. Al día siguiente, observaban pasar el tren…

Ellos tuvieron cinco hijos varones y una hija mujer: la mamá de Amancia. Y claro… esta última, en su adolescencia, cuando su cuerpo y sus pensamientos estaban entregados al solo objetivo de enamorarse, directamente se acercaba a las vías y esperaba que llegara el tren para ver quiénes bajaban.

Fue constante. Al cabo de un tiempo, vio descender a quien ella, desde ese mismo instante, ya estaba decidida a conquistar. Y, cada año, recordando la fecha del primer flechazo, hacían el amor sobre los durmientes. Continuaron repitiendo el rito año tras año, faltando el sellado del tren, al día siguiente, porque este ya había desaparecido…

Amancia supo de estas historias cuando su madre consideró que era tiempo de contárselas. Le inculcó que debía esperar a enamorarse, sin buscarlo. Así fue. Pero ella también se había enamorado de la audacia de sus predecesoras.

En los alrededores, durante su juventud, casi no había durmientes, por kilómetros y kilómetros, que le permitieran continuar el rito con quien había unido su vida. Cada viajero los había sacado y llevado a su casa, en un ataque furtivo de reciclaje. Sin embargo, el azar se los devolvió en el año 2021. Y, justo la noche anterior en que la conocimos, había repetido su cometido, por tercer año consecutivo: “Con mi esposo, a las tres de la mañana, atamos dos caballos en cada extremo del puente. La gente ya sabe. Conocen la historia…”

Un llamado de nuestros esposos, desde el río y reclamando la yerba tan deseada, nos regresó a nuestro cometido inicial.

Ahora, solo nos restaba conseguirla, llevarla y sonreír en complicidad, al recordar tan bella historia que año tras año Amancia y su esposo repiten y sellan haciendo un camino sobre los tablones, repletos de membrillos y nueces que cortan de sus árboles.

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