mayo 2025

Arqueóloga de frutos secos

30-Arqueóloga de frutos secos

María Ottaviano

Alejarse de la Ciudad de Córdoba, de cuando en cuando, es muy positivo. Creo que, para todo ser humano, tomar distancia con la ciudad es bueno. En mi caso, como acompaño a mi esposo, toda vez que es posible, me escapo junto con él, como sucedió hace dos semanas.

Nuevamente, fue hacia la provincia de Catamarca, pero con un destino distinto: La Calera. Está en las afueras de la Capital, a espaldas del río El Tala, que provee de agua a la ciudad, entre los cerros del Ambato.

Fue un viaje con experiencias nuevas e inesperadas. La primera –aunque parezca ingenua– fue ver, al costado de la Ruta Nacional N° 60, llegando a la localidad San Martín, un perro cuidando a unas treinta cabras. Se trataba de un can del tamaño de nuestro Picachu, sin raza distinguible, pero con una “carita” de responsabilidad, increíble. Ninguna cabra podía arrimarse a la ruta, porque él le llamaba la atención. Me enterneció verlo, ya que parecía un ser humano al comando de un ejército. Lo veía y pensaba en mi Picachu, que duerme todo el día, dentro de la casa; le canto “Noni, Noni” todas las noches al irnos a dormir, y lo tapo para que no pase frío.

La cuestión es que me quedé con esa imagen del perro que comandaba las cabras en mi mente, como martillando mi cerebro. Y se sumó que, en el camino que va de la localidad San Martín a Sumalao, después de haber recorrido unos ochenta kilómetros, apareció un paisaje de olivares en pie: por un lado, verdes; pero, por el otro lado, totalmente secos. No algunos, sino campos repletos de ellos, en esas tristes condiciones.

Aspecto de haberse incendiado, no tenían, pero sí de haber sido abandonados. Y esto es algo que me rebeló porque, más allá de que es muy sabroso comer pizzas con aceitunas, si los olivares se secaron, quiere decir que miles de porciones de posibles comidas se perdieron.

A esas alturas, ya había dos cuestiones que me hacían ruido en la cabeza: una, animal; otra, humana. Con estas inquietudes, dándome vueltas, llegamos a La Calera catamarqueña, sobre la Ruta Provincial Nº 4. Un lugar precioso, imbuido en un paisaje otoñal, con sol tibio y cielo despejado.

El ruido que producen las hojas secas cuando las pisas… ¡Es precioso! Es ruido de otoño. Sin embargo, de esa acción de pisarlas, solamente esperas que produzcan justamente eso: ruido. Y no que el reflejo plantar se active, como consecuencia de pisar algo duro que, incluso, te puede hacer perder el equilibrio.

Con mi esposo movimos las hojas del suelo para comprender qué había allí y… ¡sorpresa!, había nueces. Algunas envueltas con la cáscara del fruto.

Más movíamos las hojas, más nueces aparecían. Algunas ya en estado de putrefacción.

Preguntamos a la gente del lugar si tenían por costumbre recoger las nueces y nos respondieron que no les interesaba hacer esa tarea. Entonces volví a la pregunta que ya me había hecho: ¿Por qué dejar que se pierda? O, más bien, ¿cuál es el sentido de tirar comida?

Inmediatamente, mi esposo y yo improvisamos herramientas para juntar los frutos: un escobillón, un palo secador de pisos, un balde y una palangana.

Movíamos hojas y aparecían las nueces. Venía un viento fuerte y del árbol caían más nueces.

A la tarde siguiente, momento en que pudimos sentarnos al sol para tomar mate, cayó sobre mi cabeza algo extraño, redondo, seco, cubierto de espinas. Miramos hacia arriba y hacia abajo, y descubrimos que… estábamos sentados bajo un árbol de castaños.

El suelo, que también estaba invadido por un colchón de hojas secas, estaba lleno de esas cosas redondas. Se trataba de las cáscaras de las castañas. Dentro de ellas estaban, justamente, las castañas.

También había frutos caídos, cuyas cáscaras ya estaban casi abiertas. En otros casos, las castañas sueltas esperaban ser descubiertas.

Reiteramos la pregunta sobre si alguien se encargaba de juntar las castañas y nos respondieron, también, que no les interesaban. Como consecuencia, volvimos a reclutar las herramientas, pero tuvimos que incorporar un cuchillo y un par de guantes para que las espinas no nos lastimasen.

De pronto, me sentí una arqueóloga buscadora de castañas y nueces, porque la búsqueda era de centímetro a centímetro.

Sin imaginar que el viaje nos depararía una experiencia así, que te lleva a poner los seis sentidos en lo que haces: la vista, el tacto, el oído, el olfato, el gusto y el sentido espiritual, regresamos a Córdoba con kilos de nueces y castañas en el baúl.

Se trató de una meditación hermosa y amorosa. Se trató de una recolección que precisó de esfuerzo y dedicación. Me quedo con la sensación de haber hecho algo positivo, ya que estos frutos, prontamente, estarán en varias mesas familiares, acompañando desayunos, almuerzos, meriendas y cenas.

Fue un viaje en que pusimos en práctica algo que hemos aprendido desde pequeños y lo defendemos hasta de adultos, y es que, la comida no se debe tirar.

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