agosto 2024

Bahía que penetra hacia el poniente

12--Bahía que penetra hacia el poniente

María Ottaviano

Un día del mes de julio de 2018, Luis conducía su auto por las calles de Ushuaia sin saber cómo detenerlo cuando era necesario debido al hielo pegado en el asfalto que lo hacía desplazar sin control. Al mismo tiempo le temblaban las rodillas. Cuando al fin lo lograba, desembocaba en una carcajada.

En un momento se detuvo y descendió del auto al sentir la necesidad de tomar un café. De repente, quiso caminar por la orilla del Canal de Beagle, y así lo hizo. Su mente se alejó de la posibilidad de enfriar sus músculos con el frío al que estaba desacostumbrado y al viento que lo obligaba a abrazarse de los postes.

Luego de una hora, volvió a subir a su auto. Continuó el andar sin rumbo por la ciudad y notó que debía detenerse para dar prioridad al que venía desde arriba de la montaña hacia abajo.

Por cada situación nueva soltaba carcajadas. Pero eran carcajadas llenas de ansiedad y de temores de no encontrar lo que buscaba sin rumbo.

Tuvo que detenerse en una esquina al ver hombres que hacían señales para que todos los vehículos pararan en ese lugar. Esta vez quien se acercaba no era otro auto venido desde la montaña, resbalando como los demás. Se trataba de una casa a la que trasladaban metro a metro. Luis miró entre la sorpresa, el entusiasmo, al mismo tiempo que captaba lo que había leído en el periódico: «Vendo casa sin terreno»; y otro: «Vendo terreno y no la casa».

Admirado por costumbres tan diferentes, intentó hacer marcha atrás para salir por otra calle, pero no pudo. Eran demasiados los que estaban detrás suyo.

Quién diría que el tránsito de una casa torcería el camino de Luis para hacer que viera a aquella mujer a la que estaba buscando sin saber dónde encontrarla.

No la dejaría ir. Bajó del auto y caminó hacia ella debajo del cielo partido en dos por los colores de la noche y del día: una mitad oscura iluminada por la luz del día. Debajo de ese maravilloso techo natural, como si estuvieran metidos dentro de una pintura de Magritte, la tomó en sus brazos, la miró con dulzura y la besó.

Fue tanta la miel que él emanó, que ella se entregó como si ese hombre hubiera caído del cielo.

Los abrazos no alcanzaron. Para continuarlos, siguieron sus instintos buscando calor en algún espacio del fondo de la bahía, en algún sitio de donde los nacidos Yaganes llamaron a Ushuaia ‘Bahía que penetra hacia el poniente’. Destino de dioses y pasiones en el fin del mundo, al pie del Martial, rodeado por lengas, donde la Cordillera de los Andes al llegar, gira abruptamente y continúa su andar dividiendo la isla para después sumergirse en el mar.

Luis solo sabía que desde que había visto a esa mujer por primera y única vez, solo quería fundirse en su cuerpo apasionadamente.

Cuando la luna se ocultaba en el horizonte, amanecieron aun en la oscuridad, con sus piernas enredadas, sus brazos entrelazados y sus pieles pegadas. Todas las palabras que ella dijo fueron que debía partir y olvidarla. Y Luis en silencio así lo hizo.

Desde entonces nunca más regresó a esa ciudad. Pero… si le escuchas decir «Ushuaia»… lo hace con suspiros.

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