diciembre 2025

Bucle maravilloso

54-Bucle maravilloso

María Ottaviano

Salir de la ciudad. Salir de la rutina. Salir de la hostilidad del tránsito. Salir del calor ardiente que anticipa el verano. Y salir de tantas otras cosas, es un mimo que todo ser humano merece hacerse. Aunque días después se vuelva a la ciudad, a la rutina, a la hostilidad del tránsito, al calor ardiente que anticipa el verano, y a tantas otras cosas…

Hay quienes salen del frío constante en busca del sol. Pero vuelven al frío. Otros, salen del encierro de una oficina en busca de estar, simplemente, en pantuflas. Sin embargo, también vuelven a la oficina.

Salir y volver, sabiendo que podemos salir nuevamente, es un bucle maravilloso.

Hace pocos días, en noviembre de este año, salimos con 2 treinta y uno en la búsqueda de conocer un lugar que él sí había conocido siendo muy joven, pero en el que yo no había estado nunca. Se trataba de La Cumbrecita. Un pueblo que está a 120 kilómetros de la ciudad de Córdoba.

Aunque repita el verbo “salir”, digo que salimos de la ciudad con cuarenta grados de temperatura, y llegamos al pueblo de La Cumbrecita, que nos esperaba con once grados. En nuestros cuerpos, se produjo una calma impresionante. Y nuestros ojos se maravillaron con el paisaje, los colores y los aromas. Entramos a “otro mundo”.

Hacía mucho tiempo que no advertía tanta cordialidad en la gente: el respeto y la amabilidad con la que tratan a los visitantes, hasta “descoloca”. Luego, sientes que, evidentemente, hay acuerdos entre los habitantes para que el pueblo funcione así. Y eso, hoy, es muy extraño que suceda. Percibes que lo blanco es blanco, y lo negro es negro. Por lo contrario, en las ciudades, cada uno avanza hacia donde más le conviene, particular e individualmente.

Toda esa atmósfera tranquila que estábamos viviendo a 1450 metros de altura sobre el nivel del mar, era muy pura. E, inevitablemente, mi mente retrocedió intempestivamente, a un momento sin tiempo exacto de mi memoria, porque, no sé por qué, recuperé una frase que había leído hacía muchísimos años, pero no la recordaba, seguramente, porque nunca había podido aplicarla a una situación real. Esa frase era: “Nada es más difícil de soportar que una sucesión de días hermosos”. Fue escrita en 1774 por Johan Wolfgang von Goethe (1749-1832), en su novela Los sufrimientos del joven Werther.

Yo estaba lejos de la ciudad, lejos de los problemas que pueden originar disquisiciones entre las personas. Estaba admirando la naturaleza. De repente, al pasar los días y sentirme siempre bien, temí acerca de qué manera sostener en el tiempo la felicidad que estaba sintiendo. Y, justamente, esa era la preocupación de Werther, el personaje principal de la novela de Goethe. Por eso recordé la frase.

Es decir, entré en un bucle de apenas 251 años. ¿Por qué? Porque recordé que había leído esa novela, más o menos, a los 20 años.

Todo el planteamiento que me hice, y la solución, se sucedieron en una porción de segundos. Por suerte entré y salí indemne de ese bucle novelístico.

Después, conversé con 2 treinta y uno sobre los sentimientos que había experimentado momentos antes, y la conversación derivó en la reflexión que siempre hago, y que él mismo también me llevó hacia ella: Lo que no podemos explicar con la absoluta realidad, lo explicamos con la ficción.

Seis días después regresamos a la ciudad de Córdoba. E ingresamos a todo lo que habíamos dejado atrás.

Otro bucle maravilloso, seguramente, pronto vendrá. Y otro. Y otro. Todos los que la vida nos permita…

 

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